AFP
De baja estatura, cabello bien recortado y sonrisa amplia, el aspirante del Partido Nacional (PN, derecha) tiene una leve ventaja de 28 por ciento contra 27 por ciento de la candidata del izquierdista Libertad y Refundación (Libre), Xiomara Castro, según la última encuesta.
En el país más violento del mundo, con 85.5 homicidios por cada 100,000 habitantes, “JOH”, como abrevia su nombre, centró su oferta de campaña en el combate militarizado contra el narcotráfico y las pandillas.
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Un sombrero blanco sobre su cabello castaño anudado al cuello muestra la omnipresencia del marido en su candidatura por el partido Libertad y Refundación (Libre), fundado por Zelaya en 2011 al volver del exilio tras el golpe.
“Nadie puede desconocer que tengo 37 años de compartir mi vida con él”, dijo a la AFP al justificar que Zelaya, luciendo siempre un sombrero a lo vaquero a tono con su bigote negro, sea su principal asesor, el coordinador de Libre y candidato a diputado.
Pero “Xiomara”, como la llaman sus seguidores, defiende haberse ganado a pulso la popularidad que la tiene en empate técnico (27 por ciento contra 28 por ciento) con el candidato del gobernante Partido Nacional (PN), Juan Orlando Hernández, según la última encuesta.
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Al pie de una montaña de basura donde dos niños engullen trozos de embutidos disputados a los buitres. La madre de esos niños, Elisa Vásquez, pide al gobierno que elegirá Honduras mañana domingo ver esa desgarradora realidad: “Hay hambre y no hay trabajo. Hay que venir aquí”, dice mirando a sus hijos.
Desde muy temprano, cada día y desde hace tres años, Elisa, de 35 años, hurga con sus niños en las camionadas de desechos que descargan en el Crematorio Municipal de Tegucigalpa, buscando cartones, botellas y harapos para vender…, y algo para comer.
“Nadie del Gobierno ha venido, no hay ayuda. Cuando uno se halla atribulado, porque no se consigue trabajo, uno tiene que venir aquí”, dice a la AFP esta mujer pequeña, que intenta protegerse del sol enfundada en una sudadera marrón. Un gorro cae sobre su rostro sucio de mirada infinitamente triste.
Va con sus dos hijos más grandecitos, de 12 y 14 años. “Si vengo sola no hago nada en el día. Tengo que venir con ellos para poder llevar algo a la casa”, dice. A los más chicos los deja con una vecina en Campo Cielo, uno de los barrios que forman los cinturones de miseria colgados de las colinas de Tegucigalpa.
Unas 400 personas, muchas familias enteras, se rebuscan la vida en ese deprimente y maloliente lugar, de donde con suerte sacan unas 150 lempiras al día (5 dólares), disputándose el espacio con docenas de perros y vacas famélicas que llegan a alimentarse de los desperdicios.
“Ni por uno ni por otro”
A través de un tapabocas que improvisó con un trozo de tela blanca enmugrecida, Estéfany Berríos, de 20 años, abre grandes sus ojos pardos y expresa con seguridad: “Necesitamos trabajo, ya estamos hartos de tocar puertas. Han pasado varios gobiernos y mire este lugar, ni agua nos vienen a dar”.
Honduras es uno de los cuatro países más pobres de América Latina, junto con Haití, Bolivia y Nicaragua: Un 71 por ciento de sus 8.4 millones de habitantes vive en pobreza, un 53 por ciento en miseria y el desempleo alcanza niveles del cuarenta por ciento, según la ONG local Foro Social de la Deuda Externa y Desarrollo (Fosdeh).
Pese al tétrico panorama, los ocho candidatos presidenciales dejaron en el segundo plano la lucha contra la pobreza en sus ofertas electorales, y se concentraron en el combate al crimen organizado. Este es el país sin conflicto bélico más violento del mundo, con 85.5 homicidios por cada 100,000 habitantes, diez veces la media mundial.
De los dos favoritos, el oficialista Juan Orlando Hernández promete fogones, letrinas y techos de zinc para mejorar las casas de los pobres; la izquierdista Xiomara Castro, esposa del derrocado presidente Manuel Zelaya, proyectos de seguridad alimentaria y estímulo a la agricultura.
“Ojalá el que salga sea un gobernante que mejore la comida y acabe la delincuencia, ya uno no puede ni salir de su casa porque da terror. Hay mucho ladronismo (corrupción)”, dice Jesús Turcios, sonando la campana de su carrito de helados que vende para saciar la sed de los popularmente llamados “pepenadores”.
María Moreno dice que no va a votar “ni por uno ni por otro”. Trabaja desde hace 18 años en el basurero y así ha mantenido a sus 14 hijos: “Siempre es la misma pobreza. Son lo mismo, el que sale o el que entre. Mire cómo estamos”, se queja la mujer, de 52 años.
“Primero los pobres”
El ganador de las elecciones heredará del gobierno de Porfirio Lobo un país endeudado y asfixiado por el déficit fiscal. “Habrá mucho más sacrificio para los pobres, dice a la AFP el analista Jaime Flores, de la ONG humanitaria Casa Alianza.
Carmen Castro, de 38 años, llega con sus cinco niños al Crematorio, ella no llegó a cursar ni el sexto grado de primaria y dice no tener la mínima esperanza de dar estudio a sus hijos.
“Cuando miro que casi no me ajusta para comer, aquí vienen a botar restos de pollo y me los llevo para mis hijos”, contó mientras cargaba a su niño de un año y un plato plástico con arroz y frijoles que acababan de llevar los misioneros de la ONG “Honduras Help”.
Al estadounidense Mark Tindall y su grupo todos allí les llaman “los gringos”, portadores del único auxilio que llega al lugar, cada miércoles y desde hace cinco años.
“Los políticos prometen cosas, pero nadie cambia nada. Es una vida muy difícil aquí. Ellos tienen hambre. No tienen identidad, no terminaron la escuela, y este es el único lugar para trabajar. Es su vida”, se lamenta Tindall con la AFP.
Algunos allí juegan al futbol, otros cantan, unos platican o juegan con los perros. Suenan con fuerza unos motores y un tumulto se abalanza, esperando conseguir lo “mejor”.
Toneladas de desechos caen al abrirse la compuerta del gran camión azul, que lleva un letrero lacerante en la puerta del conductor: “Primero los pobres, trabajamos por usted”.
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