La aceptación de la reelección indefinida, propuesta en las nuevas reformas constitucionales, ha confirmado que Ortega buscará su cuarta presidencia —la tercera en forma consecutiva— en el 2016. Y si Dios le da vida y salud, antes de completar ese nuevo cuarto período que culmina en 2021, Ortega habrá roto desde el 2018, el récord de 16 años como presidente que acumularon los dos dictadores más prolongados de la historia nicaragüense: Anastasio Somoza García —a quien se le imputa 20 en el poder, aunque cuatro de ellos los ejerció desde su puesto de director de la Guardia Nacional (GN)— y José Santos Zelaya.
El hecho de que Ortega parezca decidido a imponer nuevos récords de permanencia en la silla presidencial, obliga a reflexionar sobre sus posibles implicaciones; para el país y la familia gobernante.
Aunque no hay forma de saber cómo se escribirá el futuro —la historia es una caja de sorpresas— sí sabemos que los riesgos de conflictos aumentan en la medida que los poderosos prolongan su mando. En Nicaragua ninguno de los tres presidentes de mayor duración ha terminado bien. Zelaya, tras 16 años plagados de revueltas, cayó por las armas. Somoza García terminó asesinado el día que celebró su candidatura para un cuarto período. Somoza Debayle, tras doce años y medio en el poder —diez y medio como presidente y dos como jefe de la GN— fue derrocado antes de terminar su segundo período y murió después asesinado.
En el resto del mundo se observa la misma tendencia. Si bien no todos los dictadores colapsan o terminan acribillados —Castro en Cuba y Franco en España son ejemplos de caudillos que terminan tranquilos— el número de los que terminan mal excede con mucho a los que terminan bien. Por cada Franco hay varios Trujillos, Marcos, Gadafis, Somozas, Ubicos, Batistas, etc.
El fenómeno tiene sus razones. En una democracia, cuando el pueblo se cansa o desilusiona de sus gobernantes lo cambian por otro en las urnas. Por eso dicho sistema político tiene el mejor récord de paz y estabilidad. Mas cuando los canales institucionales no funcionan, y el pueblo, sectores, o individuos del mismo, llegan a la conclusión que no hay forma pacífica de cambiar, suben las probabilidades o tentaciones de recurrir a procedimientos violentos.
Es importante observar que la desilusión hacia el gobernante no es función únicamente de factores económicos. La prosperidad continuada puede contentar a buena parte de la población y aumentar la tolerancia por el jefe que no se baja. Pero no es suficiente. La dinastía somocista fue derrocada en 1979 tras casi treinta años de alto crecimiento y expansión de los servicios sociales. Pan y circo distraen a las masas. Mas no solo de pan vive el hombre. En los seres humanos existe también una sed inextinguible por la verdad, la justicia y la libertad.
Cuando los gobernantes por aferrarse al poder ignoran este aspecto, y recurren a la trampa, la mentira, el atropello de los derechos, o usan del control del estado para enriquecerse, generarán entre los personas de principios una creciente resistencia moral. Estos serán siempre minoría, pero con el potencial de convertirse en fósforo incendiario. Ortega y sus compañeros de lucha recordarán cuando se arriesgaban combatiendo a Somoza. No lo hacían por prebendas sino por indignación moral, o por idealismo, y la mayor parte del tiempo fueron muy pocos.
Si Ortega, en lugar de caminar hacia el relevo político y el estado de derecho, sigue más bien los pasos de Somoza, tarde o temprano encontrará nicaragüenses que también seguirán los pasos de aquellos, que desde sus principios y sentido de dignidad, decidieron enfrentarlo.
El autor es sociólogo, fue ministro de Educación.
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