¡Qué importante es entender nuestro pasado y qué difícil lograrlo! Un caso propio de octubre lo suministra el descubrimiento de América. ¿Fue un acontecimiento digno de celebrar, o más bien, como dijo el presidente Maduro, un día funesto porque de allí partió “un terrible holocausto”?
El hecho que las repuestas entre los historiadores sean tan divergentes no evidencia tanto la dificultad en obtener datos fidedignos, como el peso que juegan los valores del observador al enjuiciar lo ocurrido. Un cristiano, convencido que nada supera en valor conocer a Jesucristo, posiblemente juzgará positivo que con las carabelas de Colón haya arribado la fe en El Salvador o la luz de las naciones. En él podrán pesar mucho los abusos y tropelías cometidas por los conquistadores, pero tenderá a pesar aún más el hecho de que los frailes que los acompañaban libraron a los indios de la oscura sumisión a cultos idolátricos y sangrientos.
Por otro lado, un convencido que la fe en Cristo es un mito, y su iglesia una institución oscurantista, empeñada en transmitir supersticiones y error, se inclinará a pensar que la llegada de la nueva religión solo hizo suplantar unas creencias falsas por otras. En su apreciación de los hechos posiblemente pesen más los abusos de los conquistadores que su pretendida labor civilizadora.
Ambas visiones pueden distorsionar la historia. La primera puede ignorar o minimizar los aspectos negativos de la colonización española. La segunda puede exagerar lo negro. Esta última es el caso de buena parte de las interpretaciones vigentes en Latinoamérica. Sus primeros expositores fueron los liberales anticlericales del siglo XVIII y XIX. Les siguieron los marxistas en el siglo XX, quienes con su visión del mundo como un campo de batalla entre oprimidos y opresores, idealizaron las sociedades indígenas, exageraron lo negro de la colonización, y negaron méritos al legado europeo.
Conciliar estas posiciones es muy difícil. Se puede sin embargo trascender estas disputas examinando el impacto que la cultura traída por España tuvo en la conformación de la nueva sociedad. Porque independientemente de que tan avanzados o salvajes hayan sido los indígenas, o de que tan cruel o benévolos fuesen los conquistadores, con el descubrimiento llegó no solo una religión, un imperio y la viruela, sino también la un germen civilizador que amplió tremendamente el horizonte cultural y mental de los aborígenes: la civilización occidental cristiana.
Creyentes y no creyentes pueden reconocer en ella aspectos de gran valor. Uno de ellos es el sentido de universalidad, que contribuyó a superar la mentalidad tribal. Otro es la racionalidad, que ayudó a superar la visión de un mundo regido por la arbitrariedad de dioses caprichosos. Otros fueron la conciencia de la responsabilidad personal, así como el de la dignidad de todos los seres humanos. Esta última, vinculada con la visión cultural católica, contribuyó al mestizaje que no se dio en el mundo protestante-anglosajón.
Es cierto que occidente, integrado por hombres de todo talante moral, practicó el racismo y realizó masacres. Pero esto contradecía sus propios valores, lo que provocó precisamente la denuncia de los frailes y las incesantes presiones en defensa de los derechos de los aborígenes y de la igualdad-presiones que no procedían de inquietudes o valores de otras culturas, sino de la misma matriz judeo-cristiana.
Incluso los mismos que hoy denuncian holocaustos y abusos contra los indígenas, lo hacen por un prurito moral cuyas raíces más hondas proceden no del Popol Vuh indígena, sino de la Biblia hebrea. Negar los valores de esa cultura es negarnos a nosotros mismos y lo más valioso de nuestra herencia.
El autor es sociólogo, fue ministro de Educación.
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