El libro, Después de la crisis (2011), del reconocido sociólogo francés Alain Touraine, plantea la necesidad de reconstruir estructuralmente la sociedad destruida por el capitalismo financiero y la especulación, lo que conduciría a la creación de un nuevo modelo de organización social, pues considera imposible el regreso a las formas anteriores demolidas por el sistema financiero.
En su análisis hace ver en forma categórica que la crisis que la humanidad vive actualmente, debe ser planteada en forma adecuada ya que sus consecuencias trascienden al plano económico al afectar de forma significativa todo el sistema de organización y convivencia mundial. En este sentido sus efectos “se ven multiplicados por los efectos de la globalización económica y financiera que destruye todos los vínculos entre la economía y la sociedad. Ya no hay una posible solución interna a la crisis. Esta ya no puede ser superada mediante reformas y mejor control de las operaciones financieras”.
Ante una situación semejante producida por la especulación financiera en el plano del mundo globalizado solo percibe dos salidas: “la catástrofe”; o “la creación de una nueva vida social, basada ya no en una redistribución de la renta nacional, sino en la consolidación de los derechos universales del hombre como única arma posible contra el aparente triunfo de la economía globalizada”.
Basando su análisis en el pensamiento económico de varios premios Nobel como Amartya Sen, quien estuvo recientemente en Nicaragua participando en un congreso internacional de Desarrollo Humano, Joseph Stiglitz y Paul Krugman, conduce su reflexión a lo que constituye el núcleo de su razonamiento y propuesta que consiste en la necesidad de construir una nueva sociedad a partir del reconocimiento central del sujeto, la persona y los derechos humanos universales que la protegen y permiten preservarla en su identidad y naturaleza.
El debate pues, no es ya solamente económico sino de manera esencial ético y filosófico. Desde esa perspectiva considera ineludible reconstruir el sistema institucional para proteger a los sujetos y actores individuales mediante la aplicación de las normas jurídicas y morales de carácter universal, como condición imprescindible para la salvación global y planetaria. “Es necesario —dice— reconstruir todas las instituciones sociales y ponerlas al servicio de la subjetivación de los actores y del salvamento de la Tierra y ya no del beneficio”.
Es así que el conflicto actual viene caracterizado no por la confrontación de clases sino entre el modelo económico y los derechos fundamentales que protegen al sujeto en su dignidad, libertad e integridad. Se trata, expresa, de “la sustitución de los conflictos entre los actores sociales (que se pueden llamar clases) por un debate entre el sistema económico, sobre todo cuando está guiado por objetivos puramente financieros, y los actores que se oponen al dominio del dinero en nombre de principios más morales que sociales (como el derecho de todos a la vida, a la seguridad y a la libertad), que deben ser salvaguardados o redescubiertos”.
A partir de esas consideraciones el proyecto de nueva sociedad, en cuyo debate el autor está inmerso, se caracteriza por la reafirmación del sujeto y por la pluralidad de expresiones sociales producto de la interculturalidad, que deja al margen el concepto y práctica de una sociedad hegemónica, en este caso la sociedad mundial financiera.
“El espacio de lo social ya no es el espacio de las sociedades, sino el espacio de las relaciones entre individuos y colectividades, en la medida en que todos intentan combinar el universalismo, que nos permite vivir juntos, con el respeto de las diferencias que, si se niega, abre la vía a la conquista del más fuerte”.
El debate mundial contemporáneo se sitúa en el plano de la pluralidad de culturas desde el cual reafirmar los derechos universales de cada persona singular. No es más la idea de la uniformidad propia del capitalismo financiero de la globalización, sino el de la unidad en la diversidad a partir del reconocimiento de valores universales y múltiples que reafirman la dignidad de la persona y la pluralidad de las culturas.
Lo verdaderamente universal es lo que se unifica en su propia heterogeneidad dentro de una articulación determinada que permite no solo que las culturas diferentes coexistan, sino que también sean capaces de retroalimentarse. Esta es una de las labores fundamentales para el pensamiento crítico: construir una ética de la racionalidad, del desarrollo y de la democracia, para adaptar críticamente los maravillosos alcances de la revolución tecnológica y cuestionar los dogmas financieros que han pretendido establecerse como normas universales.
Parte de nuestra crisis es, como dice Enrique Bonete Perales, “vivir con las pautas económico morales de la sociedad de consumo, sin haber llegado a la economía de consumo”. Es imprescindible, de acuerdo con el mismo autor, “recuperar la actitud moral partiendo de los problemas concretos (como el de la injusticia en el mundo, las desigualdades económicas, el problema de la guerra, el de la violencia, el problema de la corresponsabilidad de los hombres de ciencia, de los intelectuales, de la universidades, etc. Es necesario no dejar la responsabilidad moral a la tecnocracia”.
Es inmoral adoptar, o simplemente aceptar pasivamente la lógica del consumo por el consumo, según la que, como dice José Luis Aranguren, “el despilfarro es exaltado psicológicamente como símbolo de pertenencia a un status superior, signo de ascenso social, éxito y triunfo. Del puritanismo se ha pasado al hedonismo, a la moral del puro bienestar, que se hace consistir en el mayor consumo posible de todos los bienes posibles”.
Alain Touraine en su libro expresa que “únicamente una moral de la convicción, reforzada por la pasión de la vida y de la libertad, puede destruir todas las barreras que se oponen a la creación de una nueva sociedad”.
En la medida en que el pensamiento crítico sea capaz de generar esas alternativas filosóficas y éticas, estará contribuyendo significativamente en la construcción de opciones que permitan superar la crisis global que enfrenta el mundo contemporáneo, y que exige no solo una reformulación económica y financiera, sino una redefinición de la economía y del sistema financiero, una reelaboración de las categorías que sustentan la función del Estado, una reorientación del papel de las instituciones y sobre todo, una reafirmación del sujeto individual y colectivo sobre la base de los valores y principios universales de carácter ético, filosófico y jurídico. El autor es jurista y filósofo nicaragüense.
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