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Pantasma
El 18 de octubre de 1983, unos 700 contras bajo el mando de Mike Lima entraron a sangre y fuego a Pantasma. Literalmente. Barrieron con la poca resistencia armada que encontraron, mataron a más de cien hombres, quemaron edificios, asaltaron un banco y fusilaron públicamente a dos de los prisioneros. Los contras, por su parte, se fueron de ahí con 14 muertos y el Ejercito en persecución. Fue uno de los eventos más crueles de esa guerra fratricida que vivimos en los años ochenta. Sucedió en Pantasma. Sucedió hace 30 años.
Tempestades
Pantasma conoce el horror de la guerra. Y no es casualidad que treinta años después, el 19 de octubre pasado, haya ocurrido, precisamente en esta zona, un combate en el que murieron dos personas. Hay una generación que creció con esa guerra. Miles de campesinos fueron empujados a tomar un fusil, como única solución a sus problemas. Y es de esperarse que muchos reaccionen de la misma manera si se vuelven a ver en las mismas circunstancias. Podríamos decir que esta fue una escaramuza, podrá seguir el Ejército diciendo que son “grupos delincuenciales”, podemos seguir ignorando lo que está sucediendo en la montaña, pero no podremos evitar cosechar esas mismas tempestades si estamos sembrando los mismos vientos.
Cáncer
En situaciones como estas, es mejor pecar por exceso que por defecto. Para mí hacen más por la paz de Nicaragua quienes advierten sobre estos síntomas de guerra, que aquellos que creen que la solución es ocultarlos y llamarlos por otros nombres, aunque nadie les crea. Como si un cáncer se curara solo porque le llamemos “dolor de cabeza”.
Utopía
Todos queremos vivir en un país donde haya “libertad de expresión y movilización”, donde “elegimos libremente a nuestras autoridades”, donde “el Gobierno respete las leyes”, que sea “el más seguro”, donde “los poderes del Estado son independientes entre sí”, y tenga, por supuesto “una Policía profesional”. Pues, ya está. La última encuesta de M&R dice que más del setenta por ciento dice estar viviendo en ese país que definitivamente no es Nicaragua. Al menos no esta Nicaragua.
Prueba de fe
A un amigo, férreo simpatizante de Ortega, de ese 76.3 por ciento, que según la encuesta considera que en Nicaragua “hay libertad de expresión y movilización” le ponía un reto, una prueba de su fe: que se colocara en alguna plaza con una pancarta en contra el Gobierno a ver cuánto duraba sin que lleguen motorizados o turbas encapuchadas a golpearlo y quitarle su cartulina. “Es que yo no tengo nada de qué protestar”, se defendió. Ese es el punto, le dije. Y como también aseguraba que el Frente Sandinista es un partido democrático, le preguntaba qué hubiese pasado si en una de esas “consultas” que hicieron para escoger a los candidatos, él hubiese dicho: “Compañeros, yo no estoy de acuerdo con la reelección del comandante Ortega”. ¿Cuánto tiempo pasaría antes de que lo saquen a patadas del lugar?
Libertad de expresión
Es que si vamos a entender libertad de expresión y movilización como ponerse la camiseta psicodélica y gritar las consignas que vienen de El Carmen, está correcta la encuesta de M&R. Pero el borreguismo nunca ha sido libertad de expresión. Libertad de expresión es más bien la posibilidad de expresarse en contra del poder, la posibilidad de expresar sus desacuerdos. No es solo poder decir lo que yo quiero, sino también, y principalmente, poder oír lo que no quiero. Y es un derecho que deberíamos defender todos aun cuando no compartamos lo expresado por la persona que está ejerciendo ese derecho.
Paramilitares
Un día fueron unos 200 encapuchados golpeando ancianos y jóvenes que protestaban pacíficamente en #OcupaINSS. Luego fueron motorizados violentos contra ciudadanos que reclamaban contra los abusos de la empresa MPeso. Y más recientemente, turbas encapuchadas que desalojaron a comerciantes ilegales de un mercado. Mismo “modus operandi”. Llegan en ventaja numérica, armados, con cobertura policial —que se retira para que trabajen tranquilos los muchachos, pero siempre lista para protegerlos por si acaso—. Y mientras cumplen su “misión” también queda tiempo para el saqueo de todo lo que puedan. Desde los carros de los que apoyaban a los ancianos hasta las chiverías que vendían los comerciantes. Como quien dice: “Ahí se pagan con lo que puedan robar”.
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