A Nicolás Maduro le indigna que el doce de octubre haya sido celebrado en España y en otras partes del mundo. Según declaró hace poco, dicha fecha marca el inicio del “peor holocausto de la historia: cien millones de indios, que eran nuestros abuelos y abuelas”, y que vivían “en felicidad y paz”, dijo, sufrieron un genocidio atroz que los redujo a tres millones.
La afirmación de Maduro no es hija de la indagación histórica sino más bien de la ideología marxista que le enseñaron en Cuba y de su falta de educación, no terminó secundaria. Ambos factores suelen crear una visión distorsionada de la historia convirtiéndola en una lucha mitológica entre monstruos absolutos y víctimas inocentes.
Uno de esos casos es la fantasía del indio prehispánico feliz. Los portentos arquitectónicos de los aztecas, mayas e incas, son, entre otros, testimonio de su talento natural. Pero estaban sometidos a cultos terribles. Los pobladores de Mesoamérica sufrían, en particular, el horror de las “guerras floridas”, costumbre por la que las tribus más fuertes caían sobre las débiles a fin de conseguir prisioneros para los sacrificios humanos.
Una película que retrata muy bien esta realidad es “Apocalipto”, de Mel Gibson. Los arqueólogos han corroborado que sus escenas dantescas, con los hechiceros extrayendo el corazón de las víctimas, ocurrieron en una escala jamás superada por otras civilizaciones. Eran verdaderos genocidios rituales, como el ocurrido en Tenochtitlán, cinco años antes del descubrimiento, cuando un estimado de 20,000 a 80,000 —hombres, mujeres y niños— fueron inmolados durante cuatro días en honor del dios Huitzilopochtli.
Es también un hecho, causado parcialmente por sus creencias, que la mayoría de las tribus vivían en un estado de terrible atraso cultural y material. Cundía el canibalismo, las borracheras con maíz fermentado y las guerras inter-tribales. “Nuestros antepasados aborígenes”, comenta el doctor Emilio Álvarez Montalbán, “mantenían una vida tribal muy cerrada, con un horizonte estrecho que no iba más allá de la familia inmediata. Había mucha tensión entre los diferentes asentamientos indígenas antes de la venida de los españoles, permaneciendo en constante zozobra, temerosos de ataques sorpresivos de sus vecinos rivales o la invasión masiva de oleadas de desplazados del norte que llegaban periódicamente a invadir sus tierras”.
La visión de los españoles como una horda salvaje que llegó a exterminar a los pobres indígenas, es otra consecuencia de la distorsión ideológica y el desconocimiento. Indudablemente abundaron los actos de crueldad y los abusos —los primeros en denunciarlos fueron los frailes—. Pero también fueron notables los esfuerzos y los frutos heroicos de millares de misioneros —apoyados por la corona— por defender y dignificar la vida de los aborígenes.
Las denuncias de holocausto se basan en el descenso de la población indígena en los primeros años de la conquista. Pero suelen omitir que la causa principal fueron más las pestes traídas de Europa que acciones deliberadas de los conquistadores. Utilizan, además, cifras controvertidas difíciles de comprobar. Historiadores como Dobbyns creen que la población pre-hispánica era de 90 a 110 millones, mientras Rosenblat habla de 13.3. Fray Bartolomé de las Casas, celoso por defender a los indios, afirmó que su población en Nicaragua había caído de dos a medio millón. Pero ¿cómo saberlo cuando era imposible censar poblaciones dispersas en tierras desconocidas e incomunicadas?
Es importante tener una visión sobria y veraz de la historia. De ella depende nuestro sentido de identidad; la conciencia de quién soy y de dónde vengo, así como la comprensión del presente y sus posibilidades. No es con mitos que se construye la ciudad futura, sino con la luz del conocimiento.
El autor es sociólogo, fue ministro de Educación.
Ver en la versión impresa las páginas: 11 A