Amalia Morales
I parte
Las lanchas van rodando en la playa sobre unos viejos postes de madera. Los pescadores, en short y descalzos, las empujan desde el extremo del motor, la popa. En una de las que saltará en breve al agua salada, la del nombre borroso, se irá Wellington Ramírez, quien saldrá a pescar en unos 20 minutos, junto con otros cuatro. Son cerca de las dos de la tarde, pero el calor es el mismo tizón de mediodía aquí en Masachapa. El verde mar es como un pedazo de vidrio filoso que te puya la vista. Solo se ve con los ojos entrecerrados.
En una tarde soleada, parecida a esta, el 23 de noviembre de 2012 zarpó de esa misma playa la lancha Michel II, en la que iban José Dolores Lanzas Zapata, de 40 años, y cuatro hombres más, entre ellos su hijo mayor, Jefrey, y su hijastro, Jairo Antonio.
Los otros dos tripulantes eran Francisco Ramón Acuña y Emmanuel Rodríguez Gutiérrez, de 22 años.
Esa tarde soleada de noviembre, a diferencia de esta, había “mucho, mucho viento”, según recuerdan familiares y pescadores. Desde la víspera había un viento furioso que empujaba todo hacia el sur.
Emmanuel Rodríguez, que vivía en el kilómetro 54, seis antes de Masachapa, pasó por la casa de su mamá cambiándose en el barrio Cobe.
Emmanuel es el tercero de los cuatro hijos que tuvo Ángela Gutiérrez y uno de los dos que se dedica a la pesca. Ella y su marido también están ligados a esa actividad que mueve la economía del caserío. Ella compra pescado en las costas masachapinas y su marido lo vende en el mercado Israel Lewites, en Managua, los domingos.
Ángela dice que su hijo le comentó que no pensaban irse lejos. Irían a pescar por la zona de Pochomil viejo “porque no llevaban mucha gasolina”.
Pero también porque José Dolores Lanzas, propietario del Michel II, había encontrado un nutrido banco de peces la faena anterior. “Quiero aprovechar esa bendición”, le había dicho a su esposa, María Eugenia Aragón, esa misma mañana antes de partir.
José Dolores estaba terminando de pagar esa lancha que llevaba el nombre del hijo de su antiguo propietario, Michel.
La otra señal para la familia de Emmanuel han sido un par de llamadas desde Costa Rica y Estados Unidos, de una mujer llamada “Gloria” que pregunta por Ángela y Elizabeth, pero no dice nada más.
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María Eugenia recuerda que esa mañana de viernes 23 su marido estaba muy cansado. “Tenía casi quince días seguidos de estar yendo al mar”. La noche anterior, las horas de desvelo le habían rendido. María Eugenia recuerda que había vuelto con “bastante producto del mar”. Le contó que había encontrado un lugar donde había pargo, cabrilla, róbalo. Por eso quería volver.
“Él sabía cuándo ir (al mar) y cuándo y no”, comenta María Eugenia, con la mirada cabizbaja. Sus ojos están fijos en la pana de arroz que tiene entre las piernas y que espulga mientras recuerda las horas de aquel día infeliz en que aliñó tres almuerzos con arroz y atún frito para su esposo, su hijo y su hijastro.
Ese noche Elizabeth Rodríguez llamó su hermano Emmanuel quien, desde la lancha y en alta mar, le respondió.
“No se oía muy bien”, recuerda Elizabeth. Su hermano le confirmó que había mucho viento y marejada. A través de ella le mandó un recado a su mamá: “Que no llegara muy temprano a la costa (a la mañana siguiente) porque la lancha iba a entrar más tarde”.
Al otro día, dieron las diez de la mañana, luego el mediodía y nadie sospechó nada. A esas alturas todavía se pensó que la faena en el Michel II podía prolongarse otra noche más. Pero no. Del Michel II no se supo más. Ninguno contestaba llamadas. Nadie los había visto dentro del mar. En Masachapa hay por lo menos 150 lanchas y, según las autoridades, salen diario al mar entre 15 y 20.
BUSCARON POCO
El domingo comenzó una intensa búsqueda. Por lo menos media docena de lanchas se lanzaron al mar en busca de Michel II. Se avisó al guardacostas de la naval que patrullaba mar adentro.
Para los pescadores de Masachapa que dependen de la “suerte”, el 2012 fue un año salado. En octubre, un mes antes, había desaparecido otra embarcación con todo y su tripulación. A los quince días, los cuatro pescadores aparecieron en las costas de Guatemala. Con esa tripulación las autoridades no escatimaron medios para las labores de búsqueda. En plena campaña electoral municipal, las autoridades gestionaron sobrevuelos y mandaron docenas de lanchas a buscarlos.
Los familiares de los que navegaban en el Michel II esperaban que se actuara de la misma forma. Durante varias semanas, las hijas, esposas, hermanas y madres estuvieron plantadas frente a la costa esperando por ellos.
Reportes noticiosos de esos días dan cuenta que los pescadores fueron buscados durante una semana más o menos. Los parientes recuerdan con amargura que hubo poca colaboración de las autoridades locales y nacionales para buscarlos. “No hicieron todo lo posible por encontrar a mis parientes”, se queja María Eugenia.
El mismo gesto amargo tienen los papás de Emmanuel Rodríguez, quienes creen que no se buscó lo suficiente. Por ejemplo, dicen, no hubo sobrevuelos de helicópteros como semanas antes se hizo con los otros desaparecidos.
María Eugenia recuerda que una de las explicaciones del alcalde, que acababa de ser reelegido a comienzos de noviembre, fue que había problemas entre Colombia y Nicaragua por el reciente fallo de La Haya, que amplió la franja de mar en el Caribe nicaragüense. No se explica qué relación había entre hacer un sobrevuelo de búsqueda sobre las costas del Pacífico con ese problema fronterizo en el Caribe.
Sin embargo, las mujeres tuvieron que conformarse con esperar sentadas en sillas plásticas en la playa.
Han pasado 10 meses y 10 días y los cinco hombres no han regresado. María Eugenia dice que fueron hasta la embajada de Canadá y a los canales oficiales de televisión. Dejaron cartas al presidente, pero nada. Nunca se reanudó la búsqueda. Las mujeres terminaron abandonando la playa, pero no la esperanza de que estén vivos en alguna parte. “No sé. A lo mejor un barco se los llevó y no han podido comunicarse”, cree Ángela Gutiérrez. “Quisiera que el mar me regrese a mis parientes”, dice María Eugenia, quien desde entonces ha vuelto unas tres veces a la playa donde la rutina de la pesca, a pesar de los malos tiempos, se repite sin tregua.
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