Humberto Belli Pereira
El maniqueísmo ha pesado mucho en nuestra historia. Con distintos grados de virulencia nuestras principales facciones políticas, conservadores, liberales, somocistas, sandinistas, contras y demócratas, han tendido a pintar a sus contrarios en colores absolutamente negros, no reconociéndoles méritos ni buenas intenciones. Asimismo han mostrado la tendencia a mantener posturas extremas, sin puntos intermedios.
Igualmente nuestros periódicos han sido muchas veces trincheras, donde se exalta más la pluma que demuele que la que construye y nuestro pueblo; masas, más inclinadas a ovacionar al político que truena contra el adversario que al que propone reconciliación.
Las consecuencias han sido dañinas. El maniqueísmo polariza y dificulta el diálogo y la paz. Bajo su influjo la mera sugerencia de conversar, o reconocer aspectos positivos en el adversario, produce hostilidad o sospecha. También dificulta el análisis objetivo, porque caricaturiza la realidad, que no es una batalla entre ángeles y demonios, sino un intercambio entre hombres —desde una perspectiva teológica pecadores todos— con dosis no tan distintas de fallas y cualidades.
La anarquía que devastó Nicaragua entre 1821 y 1857 fue producto de la imposibilidad de conciliar a liberales y conservadores. El fin del pacífico período de los treinta años ocurrió también cuando el presidente Sacasa y la oposición conservadora se demonizaron mutuamente y sustituyeron el diálogo por los tiros, en 1893. Igual ocurrió con Zelaya y su oposición, e igual con Emiliano Chamorro en 1925, cuando no pudo tolerar la presencia de liberales en el gabinete del presidente Solórzano y dio el fatídico “Lomazo” que provocó la guerra constitucionalista.
Analizar eventos más recientes, como el violento fin de la dinastía somocista es penetrar campo minado, pues algunos de los maniqueísmos políticos todavía dan coletazos. Pero sería bueno examinar el rol que jugó este síndrome en evitar una salida pacífica y menos traumática.
Muchos no lo querrán aceptar, pero la verdad es que Luis Somoza hizo esfuerzos por democratizar el sistema. Decretó la autonomía universitaria en 1958. Reformó la Constitución en 1959 para prohibir la reelección, y en 1962 para hacer inamovibles a los magistrados de la Corte Suprema de Justicia dándole a Nicaragua el mejor poder judicial de su historia. Amnistió reiteradamente a quienes se les alzaron en armas y exploraba la idea de establecer la alternabilidad en el poder, entre liberales y conservadores. No lo logró, sin estar claro la medida en que el fracaso se debió a la resistencia de su hermano Anastasio, o a la intransigencia de una oposición que no le perdonó el pecado original de ser hijo del dictador.
Luego vino la crisis terminal de Anastasio Somoza Debayle tras el asesinato de Pedro J. Chamorro Cardenal. Él resistió las salidas intermedias pero tampoco la oposición mostró mayor interés en negociarlas. La palabra diálogo sonaba a traición, mientras la gente gritaba: “mejor que Somoza cualquier cosa”. Cosechamos entonces otra horrible guerra civil y un derrumbe económico y social sin precedentes.
Afortunadamente, estas actitudes cambiaron al final de los ochenta. Los bandos en guerra dialogaron y encontraron una salida pacífica. Luego el gobierno de doña Violeta, lejos de demonizar al adversario, le dio su lugar; mantuvo por un tiempo en su cargo al jefe del Ejército sandinista y practicó la reconciliación, a despecho de los maniqueos. El fruto fue la paz y el inicio de una transición democrática.
Es bueno aprender de la historia. Los frutos de las actitudes maniqueas son muy distintos a los de actitudes de apertura. El autor es sociólogo, fue ministro de Educación.
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