Querida Nicaragua: Siempre tengo una libreta y una pluma sobre la mesa de noche por si me acuerdo de algo que no haya anotado en la agenda del día siguiente: alguna cita importante, tal vez el pésame por algún duelo, o en fin, cualquier otra diligencia que haya que anotar. Pues bien. Me desperté una noche de estas y fui directo a la libreta para anotar la frase que jugueteaba en mi mente: “No hay ningún problema que no pueda ser superado por el amor y la generosidad del ser humano”. Eso escribí en la libreta y no me volví a acordar del asunto hasta ahora que frente a la computadora me dispongo a escribir una nueva carta de amor.
Por supuesto que la sentencia mencionada es tan antigua como la existencia. Debo haberla leído y se me quedó en la mente. Está implícita en los Diez Mandamientos, cuyo mandato general es el amor. Son también las enseñanzas de nuestro Señor Jesucristo: Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo.
Nada nuevo pero toda una lección de convivencia humana y permanente sugerencia de paz.
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Con amor y generosidad nadie se levantaría pensando en hacerle daño al prójimo y por lo tanto no habría robos, ni crímenes, ni ofensas, ni pleitos, ni intrigas, ni mentiras, ni zancadillas. La política sería el arte de trabajar todos por el bien común, los Congresos Nacionales serían recintos en donde hombres llenos de amor y generosidad estarían perfeccionando leyes. Probablemente no existirían los tribunales de justicia porque al abundar el amor y la generosidad desaparecerían los vicios y las atrocidades de hoy. El dinero, al cual Giovanni Papini, el excelso escritor italiano llamaba “el excremento de Satanás” probablemente no existiría y las transacciones las haríamos a pura palabra de honor en una sociedad casi celestial. La envidia estaría desterrada de la faz de la tierra porque con amor y generosidad no puede existir envidia. La infidelidad conyugal tampoco porque nadie desearía la mujer ajena y la avaricia no existiría porque todos tendríamos de todo en abundancia sin el temor de que nuestro prójimo nos fuera a robar algo.
Podríamos vivir en casas de puertas abiertas tanto de día como de noche pues a nadie se le ocurriría hacerle daño a su prójimo. El amor y la generosidad no lo permitirían. No habría gritos alterados ni ofensas, no habría policías, ni coroneles, ni generales que infundieran terror porque tampoco habría delitos. Solo habría alegría, convivencia armoniosa, camaradería, trabajo ordenado, descanso planificado y diversión igualmente programada.
Cuando desperté al día siguiente me encontré con las primeras noticias que me horrorizaron. Un titular que me quitó el poco sueño que me quedaba. “Asesino mata por un celular” y la foto de un hombre sobre su propia sangre y la angustia de su familia ante el cuerpo del ser querido.
Extendí la mano para buscar la libreta de apuntes porque sentía una gran confusión entre lo que había escrito y lo que había probablemente soñado. Miré el apunte. Efectivamente decía: No hay ningún problema que no pueda ser superado por el amor y la generosidad. La sentencia sigue siendo cierta, pero el mundo sigue siendo igual. Ojalá que algún día, al menos una parte de la humanidad, se decida a caminar por el sendero del amor y la generosidad. El autor es director general de Radio Corporación.
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