La falta de institucionalidad y Estado de Derecho, de la que justamente nos quejamos, no es fácil de resolver. El mero hecho de que nos acompañe desde nuestra independencia —hace 192 años— y no hayamos podido resolverla, es señal de que es una dolencia más dura de lo que parece. Como con cualquier enfermedad, hay que diagnosticar su naturaleza y causas para buscar el tratamiento adecuado.
En Nicaragua tenemos un precursor de este esfuerzo: Salvador Mendieta, quien publicó en 1919 su libro La Enfermedad de Centroamérica . Obra poco conocida en nuestro medio pero que le valió grandes elogios de Lawrence Harrison, uno de los teóricos contemporáneos más afamados en el tema del desarrollo. Él atribuye a Mendieta el mérito de haber reivindicado el papel que la cultura —valores e instituciones— juegan en promover o frenar el progreso. Mérito aún mayor si se considera que durante el siglo XX la mayoría de los intelectuales latinoamericanos culparon de nuestros males a factores exógenos, como el imperialismo, o a económico estructurales, como el capitalismo.
Hoy día ya no son excepción, sino mayoría, los científicos sociales que reconocen el gran peso de los factores culturales. Harrison, entre ellos, alega que hay preguntas que no pueden contestarse sin considerarlos. Por ejemplo: ¿Por qué las instituciones democráticas no arraigan en los países árabes? ¿Por qué los estudiantes del Asia oriental encabezan la lista de honor de las universidades norteamericanas?
Una y otra vez la respuesta termina en la mente de los individuos: en la forma que los educaron, los valores que aprendieron, los hábitos adquiridos. De allí que Harrison haya titulado su magistral obra: Underdevelopment is an State of Mind , (El Subdesarrollo es una condición mental).
Mendieta, reflexionando sobre la falta de gobernabilidad en nuestros países, señaló entre sus causas algunos rasgos del comportamiento comunes en la región. Menciona, entre otros, la pereza, la falta de iniciativa, la promiscuidad sexual, la impulsividad y la mentira. Pero como buen científico social, observa que estas conductas eran a su vez resultante de factores que se conjugaron en nuestros orígenes: el primitivismo indígena, la actitud de los conquistadores, el mestizaje, el estado colonial, etc. Algo similar había encontrado en 1873 el visitante francés Pablo Lévy. “Esta sociedad —decía— no tiene más que este solo vicio fundamental: es pobre Esto lo explica todo, y, hasta cierto punto, lo justifica todo”. Pero en línea con Mendieta, Lévy observaba que dicha pobreza estaba asociada con hábitos que la prolongaban:
“ Hay demasiados jóvenes que se dedican a las profesiones llamadas liberales, y no se ocupan suficientemente de la industria: un número demasiado grande de medio-médicos, medio-abogados, medio-coroneles, tinterillos, clérigos, etc.
“Hay muchos individuos que no hacen nada, y no quieren hacer nada, viven aislados en una choza, matan venados, pescan, siembran algunos plátanos y, para vivir, se conforman con esto
“ Los que trabajan, no trabajan bastante los trabajos están casi siempre mal dirigidos, poco vigilados; las tareas se hacen mal para acabarlas más pronto Se pierde demasiado el tiempo. En Nicaragua no se conoce el valor de este”.
Son diagnósticos culturales, en parte vigentes, que dificultan el desarrollo y la construcción de sociedades democráticas. ¿Cuáles son los remedios? Para Mendieta es indispensable una educación orientada a fomentar los valores deficitarios y a inculcar virtudes. Respuesta que plantea nuevos interrogantes: ¿Cómo pueden lograr este objetivo las instituciones que transmiten cultura? ¿Qué políticas públicas podrían cooperar en este empeño? ¿Qué tanto se requiere fortalecer la familia? ¿Qué papel pueden jugar las universidades, iglesias, los medios y el sector privado? Son temas que merecen nuestra máxima atención, si aspiramos a romper con un pasado empeñado en ser futuro.
El autor es sociólogo, fue ministro de Educación.
Ver en la versión impresa las páginas: 11 A