Como relaté en la columna de la semana pasada (LA PRENSA, viernes 13 de septiembre de 2013), el príncipe griego Palamedes, a quien se le atribuye la invención del juego de ajedrez, murió por lapidación (apedreado) durante la guerra de Troya, después que fue condenado a muerte por traidor. Lo cual era falso, fue una invención de Odiseo quien odiaba a Palamedes y urdió esa acusación para que su enemigo fuese condenado a muerte.
Como las malas noticias circulan rápidamente, pronto la información sobre la muerte de Palamedes llegó a oídos de su padre, Nauplio, quien era hijo de Poseidón. Lleno de dolor y de indignación, Nauplio tramó vengar la muerte de su hijo.
Pensó Nauplio en invocar a las Erinias (“las persecutoras), quienes eran las diosas de la venganza: Alecto vengaba los delitos morales, Megera la infidelidad y Tisífone los asesinatos. Pero Nauplio reflexionó que no podía esperar que la muerte de su hijo fuese vengada por Tisífone, ya que Palamedes había sido juzgado y condenado conforme a la costumbre que era la ley. En realidad, Palamedes de hecho había sido asesinado, pues su condena se debió a una falsa acusación, pero formalmente fue ajusticiado por la supuesta traición que se le imputó falsamente.
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Tenía pues, Nauplio, que cobrar él mismo la venganza por la muerte de su hijo. Con ese fin viajó por casi todos los reinos de Grecia (y a adonde no pudo ir mandó emisarios) para decirle a las esposas de los reyes y príncipes griegos que andaban en la guerra de Troya, que estos se habían casado o unido con otras mujeres. Se indignaron las reinas y princesas con aquella falsa información y muchas de ellas buscaron otros maridos o amantes.
Pero no solo esa fue la venganza de Nauplio. Según cuenta el mitógrafo francés Jean Francois Michel Noël, “volviendo a Grecia la armada de los vencedores fue asaltada por una furiosa tempestad, que dispersó muchas naves, arrojando las restantes a las costas de Eubea. Habiendo llegado a noticia de Nauplio, hizo encender fuegos en las rocas que rodeaban esta isla, con el intento de traer a ellas las naves griegas, y verlas perecer en este escollo, como en efecto sucedió. Las naves se estrellaron, gran parte de los griegos se ahogaron, y otros que pudieron llegar a tierra con mucho trabajo, fueron muertos por orden de Nauplio”.
El caso más trágico de las reina y princesas que se casaron con otros hombres o buscaron amantes, engañadas por la cizaña vengativa de Nauplio, fue el de Clitemnestra, esposa de Agamenón, el rey de Argos y Micenas quien fue el comandante en jefe de los ejércitos griegos que libraron la guerra contra Troya.
Clitemnestra se hizo amante de Egisto, primo de Agamenón, quien de esa manera se convirtió en rey de Micenas. Agamenón logró salvarse de la catástrofe de Eubea y llegó a salvo a Micenas, pero solo para morir asesinado por su esposa, Clitemnestra, con la complicidad de su amante. Algún tiempo después, Orestes, hijo de Agamenón y de Clitemnestra, asesinó a su madre y a Egisto para vengar el asesinato de su padre.
Mas la venganza de Nauplio se volvió finalmente contra él mismo. Primero, porque cuando ocurrió la tempestad que hizo naufragar a la flota griega, Odiseo, el culpable directo y personal de la muerte de Palamedes, se salvó al ser impulsada su nave hacia alta mar. Y después de su prolongado y azaroso viaje, Odiseo pudo regresar por fin sano y salvo a su patria, a su hogar y a la compañía de su mujer, Penélope, quien le había sido fiel y lo esperó pacientemente a pesar de la intriga de Nauplio.
Nauplio, cuando supo que Odiseo se había salvado, se enfureció hasta perder la razón y se mató al arrojarse desde un acantilado contra las rocas de la orilla del mar.
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