¿Qué papel han desempeñado los partidos políticos en la vida del país? Para contestar conviene revisar primero el rol que están supuestos a jugar en las democracias. En teoría, o idealmente, son organizaciones de ciudadanos que comparten un ideario o conjunto de aspiraciones sociales y que buscan llegar al poder a fin de implementarlas. Para esto deben convencer a los electores que sus propuestas son las mejores para el bien común. Si lo consiguen accederán al poder por un período determinado, al final del cual el pueblo juzgará, en nuevas elecciones, qué tan efectiva ha sido su gestión.
El problema en nuestra historia es que estos supuestos —ciudadanos con un ideario común y un pueblo capaz de escoger el mejor— no han tenido suficiente sustento sociológico. Detrás de las primeras luchas entre legitimistas y democráticos, devenidos en conservadores y liberales, había más localismo que ideología. El historiador Gámez lo expresó magistralmente: “Todo leonés por el hecho de pertenecer a la localidad se consideraba liberal desde su nacimiento. Granada, la poderosa rival de León, era por razón del antagonismo el centro del partido contrario. En consecuencia, todo granadino, desde la cuna, era considerado como conservador hasta la muerte. Los pueblos del Estado observaban la misma rigurosa clasificación y pertenecían ciegamente a Granada o a León, estando prontos a derramar su sangre en defensa de una u otra ciudad”.
Con Zelaya el liberalismo aumentó su caudal popular al agigantar el tamaño del estado —lo cual no es muy liberal— e incorporar a su burocracia a sectores de clase media. Pero aunque al localismo se unía ahora la fidelidad al caudillo benefactor, el sentimiento predominante seguía siendo tribal, no ideológico. Y así continuó en buena parte del siglo XX.
En las dos únicas elecciones supervigiladas por Estados Unidos, las de 1928 y 1932, aunque los candidatos fueron distintos, los porcentajes de sus partidos permanecieron casi iguales: 58.6 para los liberales y 41.4 para los conservadores en las primeras, y 57.4 contra 42.6 respectivamente, en las segundas. Fue un reflejo de la fidelidad partidaria del electorado y lo poco o nada que influían en las elecciones las plataformas de gobierno —que de por sí no tenían mayores diferencias de fondo— o el desempeño gubernamental. Liberales y conservadores votaban sencillamente por quien fuese el candidato de su partido.
Con Somoza, como sucedió con Zelaya, la tribu liberal aumentó de nuevo gracias a la nueva ronda de ampliación del estado y servicios públicos que permitió la prosperidad económica del período 1945-1955. Pero el factor ideológico siguió siendo cosmético. La poca importancia de la doctrina en la afiliación partidaria se delata en la referencia elogiosa con que los miembros de un partido todavía usan el adjetivo “de cepa”, para distinguir a correligionarios descendientes de padres o abuelos del mismo partido —aunque sus ideas no tengan nada que ver con su ideología oficial—, como el caso de los muchos “liberales” favorables al estado interventor.
Lo mismo pasa hoy con el sandinismo. Tras su primera fase ideológica devino en una masa partidaria clientelar, cuya adhesión al caudillo se nutre del pan y circo que reparte.
El problema de fondo en la disfunción de los partidos nicaragüenses sigue siendo el mismo: la gran masa del electorado sumida en la pobreza y la ignorancia. Quienes están enfocados en la supervivencia difícilmente serán ciudadanos que escogen en función del bien común y fácilmente serán presa de caudillos y partidos sin ideología o sin principios. Solo educándolos y promoviéndolos socialmente podrán crearse las bases sociales para que existan partidos que jueguen el papel que les corresponde en una democracia. El autor es sociólogo, fue ministro de Educación.
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