Orlando López-Selva
Hace 28 meses, miles de sirios se lanzaron a las calles para protestar, y luego intentar derrocar al régimen de Bashar al-Assad. Ya han muerto 100 mil sirios. Por momentos se pensaba que Al-Assad caería. Pero la ayuda rusa e iraní no lo dejarían desplomarse, ni huir; tal vez, negociar. Ahí la guerra se tornó un rito dramático donde los armados aterrorizan; los grupos políticos conspiran; los diplomáticos van y vienen con manos vacías; las potencias traman; mientras el pueblo se desangra o huye.
Todo se complicó al involucrarse otros actores. Irán no quiere que un gobierno pro-occidental en Damasco sea un alacrán en sus costillas. Por ello, sostiene a Al-Assad. Aunque se opongan a los mismos principios por los cuales ellos mismos hicieron la revolución chiita. Rusia defiende a muerte a uno de sus aliados (¡Moscú tiene que morir por los pocos socios que tiene!). Además que Putin no desea que el Medio Oriente sea un bastión de EE. UU. y Washington ve en Siria un horrendo agujero negro.
La Unión Europea solo apoya tibias acciones multilaterales enviando diplomáticos impotentes a Damasco. Mientras frenéticas facciones sirias luchan a muerte por prevalecer, destruyendo así su hermoso país milenario.
Beijing muy tranquilamente ve como sus adversarios se desgastan, mientras ellos hacen fortunas, compran petróleo de guerra en África, dizque planean y construyen obras superlativas y apabullantes en Latinoamérica, y adquieren las manufacturas y recursos del orbe, manoseando con deleite sus bonos del tesoro estadounidense. ¡¿Quién recuerda la justa causa de los tibetanos?!
La ONU bajo el secretario Kim hace esfuerzos en pro de una tregua que facilite, al menos, la salida de los civiles heridos o de aquellos ancianos o niños atrapados en tal dantesco escenario.
Las consecuencias pueden ser terribles si llegan más refugiados a los países vecinos de Siria o si Israel se mete de lleno. Pero, el conflicto se volvería armagedónico si se involucrare Irán.
En Washington siguen embrujados, pues cualquier conflicto en el Medio Oriente los desorienta. Y no se sabe quién va a tomar el poder o contra quién se pueden voltear los rifles que, con ganas, se quieren repartir. Bengahzi y la Plaza Tahrir, son un elocuente ejemplo de cómo “los amigos” pagan mal, una vez que alcanzan la democracia. Y en ese escenario ¿hacia dónde se inclinará la balanza?
La ONU optaría por mayor negociación y diplomacia, pues empujan a las partes a irse a sentar a Ginebra. Las potencias para ganar mayor poder e influencias, cobijarán a sus aliados, sin importar el factor-pueblo.
Este conflicto es otro incendio geopolítico: influencia política, petróleo, y el paso por el Medio Oriente sigue siendo la eterna Ruta de Seda de hace siglos.
¿Cuántos sirios más padecerán este holocausto musulmán?
Nadie lo sabe.
¿Quién muere por la libertad de otros?
Las estadísticas dicen que los infantes de Marina de Fort Bragg y Fort Benning. Habrá quienes digan que todos esos números son una patraña para proteger los recursos que Washington compra para vivir barato, facilitar la ruta del petróleo y contener a los enemigos de Israel. Washington quisiera darles fusiles y cohetes a los rebeldes alzados pero estos nunca parecen ganar, a pesar de tantas deserciones oficialistas. Moscú y Teherán apoyan al insensible presidente Al-Assad. Pero, el Kremlin, asumiendo astucia y justeza, imparte una propuesta de solución que no deje por fuera a su contumaz aliado árabe.
¿Quiénes favorecen la causa de la libertad y la justicia, y quiénes, egoístas estrategias territoriales?
El humanitarismo del Derecho Internacional se desgañita y contorsiona para proteger a los más vulnerables de la guerra. Pero sin poder político o unanimidad en el Consejo de Seguridad, toda moción favorable a un cese al fuego no cala.
El factor sorpresa puede inclinar la balanza: ¿un golpe de Estado del ejército, una traición, una intervención, una rebelión masiva de los soldados del oficialismo, una amnistía de Al-Assad a los rebeldes, una postura radical de Moscú? (¡El Kremlin ya desconoció a Washington, a cambio de toda la información sobre la estrategia de seguridad de la Casa Blanca, escamoteada por Snowden!)
¿Ahora Moscú le perderá el respeto al Tío Sam?
¿Un revés para Obama o para su CIA que juega al agente 007?
El mundo parece indiferente, salvo algunos diplomáticos idealistas. Lo que sí está vigente hoy es que Moscú y Washington ya están encaramados, otra vez, en el cuadrilátero.
China permanece impávida. Contemplará silente la batalla, con una sonrisa oblicua, mientras esgrime sus palillos con placidez milenaria.
El autor es experto en relaciones internacionales.
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