¿Qué espero de ustedes?, preguntó el papa a los jóvenes en la Jornada Mundial de la Juventud. “Espero lío”, les dijo, sorprendiendo y electrizando a la juventud. En varias de sus intervenciones siguió comunicándoles un exhorto similar: Jóvenes: ¡Háganse sentir! ¡Háganse valer!, no sean pasivos, no se acomoden, salgan a la calle, plántense, luchen por los valores, conquisten, rebélense contra la cultura de lo provisional.
Francisco quiere sacudir a la Iglesia y al mundo. En una forma particular quiere sacudir a la juventud. Porque cuando los jóvenes deciden moverse el mundo se mueve. Lo vimos recientemente con la primavera árabe. Lo vimos antes con el Mayo Francés de 1968. Lo vimos con la Revolución Sandinista: fueron los jóvenes quienes botaron a Somoza. En la Edad Media fue un joven de 23 años, Francisco de Asís, el que inició una profunda revolución dentro de la Iglesia al reivindicar el valor de la pobreza y la sencillez.
“Ustedes son los que tienen el futuro”. Les dijo el papa. Es una verdad desde todos los ángulos: una juventud, prematuramente envejecida, por la falta de ideales o el acomodo a una cultura materialista o egoísta, no podrá construir un futuro mejor. Pero sí lo puede una juventud que lo sea realmente; idealista, sensible a la injusticia, hambrienta de bien, puede cambiar el mundo.
Por eso Francisco insistió varias veces en la importancia de que la juventud mantenga y cultive en ella lo que le es peculiar: su idealismo, su sensibilidad a la injusticia —“ser capaces de sentir”, como decía el Ché Guevara, “en lo más profundo cualquier injusticia cometida contra cualquiera, en cualquier parte del mundo”— su deseo ardiente de mejorar el mundo, su convicción optimista de que es posible, su disponibilidad para abrazar causas nobles, la capacidad de soñar o aspirar a cosas grandes.
Cuando esto falta caemos en el viejo precoz o el joven desinflado. Sus características son la apatía, la renuncia a los ideales, el acoplamiento a las injusticias y egoísmos circundantes, el bajar las metas para no incomodarse, el pesimismo y el cinismo. Son los “jóvenes” centrados en ellos mismos y en satisfacciones sensibles e inmediatas, y cuyas metas se reducen a ganar dinero, parrandear, esculpir su cuerpo o tener sexo.
El papa atribuye gran parte de este problema a que muchos jóvenes “se sienten defraudados por los casos de corrupción, por las personas que, en lugar de buscar el bien común, persiguen su propio interés”. “En la cruz, Jesús está junto a tantos jóvenes que han perdido su confianza en las instituciones políticas porque ven el egoísmo y la corrupción, o han perdido la fe en la Iglesia o incluso en Dios, por la incoherencia de los cristianos o de los ministros del Evangelio”.
Pero el papa completa su mensaje con un llamado a la esperanza y a la acción: “ les repito: nunca se desanimen, no pierdan la confianza, no dejen que la esperanza se apague”. “¡Edificad con entusiasmo un mundo mejor que el de vuestros mayores!”
Clamor de un papa cuya juventud espiritual se capta mejor oyéndolo que leyéndolo. Allí se percibe el optimismo desbordante de un hombre que ha encontrado el secreto de la juventud auténtica y eterna: El mismo nos lo describe: “La certeza en la existencia de un Dios justo y bueno”´. Fe que produce “una revolución que podríamos llamar copernicana. Nos quita del centro y pone en el centro a Dios. Nos inunda de su amor, que nos da seguridad y esperanza. Parece que no cambia nada, pero en lo profundo cambia todo”.
El autor es sociólogo, fue ministro de Educación.
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