Se dice con no poca frecuencia que el mundo enfrenta una profunda crisis de la cual se mencionan varias de sus características: el fracaso de la globalización como alternativa de desarrollo; la crisis en el propio capitalismo debida, entre otras cosas, a las severas anomalías en el sistema financiero especulativo; las consecuencias del empeño por establecer el absolutismo de mercado sobre la democracia, disminuida en sus aspectos esenciales de control social y verdadera participación ciudadana; el debilitamiento del Estado por su sometimiento al mercado en aquellas funciones que por su propia naturaleza le corresponden; la devaluación de la política como función social de la comunidad, para mencionar algunas manifestaciones de los serios problemas que se enfrentan actualmente.
Además de lo anterior habría que señalar el impacto que tales estrategias han producido en los países del llamado Tercer Mundo, particularmente en América Latina, en lo que concierne al debilitamiento de las instituciones y las organizaciones sociales, a la vez que han favorecido, en el plano político, el surgimiento del caudillismo, el culto a la personalidad y la concentración de un poder cada vez más autocrático y omnímodo, el que se ejerce a nombre de un pueblo que más que fuente del poder ha devenido en caja de resonancia e instrumento del mismo.
A su vez, en otra parte del mundo, en los países árabes, se combinan una serie de factores disímiles que concurren a caracterizar la crisis y que van desde el fundamentalismo religioso y la lucha de sectas, hasta los reclamos por un sistema más próximo a la democracia y el uso de la tecnología y las redes sociales en el desarrollo de las luchas políticas.
Evidentemente estos no son más que ciertos rasgos generales que pueden ayudar a configurar algunos elementos de la crisis global, sin pretender, en ningún momento, que sea una caracterización definitiva y completa.
Al tratar de presentar esa especie de resumen de la situación internacional, nos interesa destacar algo que consideramos importante: la gravedad del problema y la diferencia con otro momento crítico como fue el período de la Segunda Guerra Mundial y la inmediata posguerra que hizo imperativa la realización de un contrato social planetario en la creación de la Organización de Naciones Unidas (ONU), y en la toma de conciencia de la necesidad de construir una ética y un sistema normativo, con la Declaración Universal de los Derechos Humanos, de diciembre de 1948, y los pactos posteriores sobre el mismo tema, con el propósito de que sirvieran de marco moral y jurídico a la humanidad que surgía de los escombros aún humeantes de la guerra.
La motivación ante la crisis consistía en crear un sistema capaz de impedir que la pesadilla del nazismo y el fascismo, que habían conducido a la humanidad al horror de la guerra, volvieran a repetirse. Después vino el enfrentamiento entre comunismo y capitalismo y los respectivos bloques de poder mundial encabezados por la Unión Soviética y Estados Unidos y la era de la bipolaridad y la guerra fría. Con el derrumbe del bloque comunista en 1990 disminuyeron notablemente las contradicciones externas que daban pie a la crisis, pero al mismo tiempo la nueva situación dio paso al surgimiento y desarrollo de las contradicciones internas, hasta llegar a la hegemonía del capitalismo corporativo transnacional y la crisis que enfrenta en este momento y que afecta, directa o indirectamente, a todo el mundo.
La crisis de hoy es severa pero, como hemos visto, diferente. Por tal razón se vuelve necesario tratar de encontrar los términos más apropiados de un nuevo contrato social universal que atienda la situación específica que se está viviendo y que como consecuencia de sus características particulares ha producido, o está produciendo, una ruptura entre la teoría y la práctica de la democracia.
El destino de la democracia que es un sistema de límites al poder, zozobra ante el ejercicio de un poder sin límites, en un mundo confuso y desorientado por el naufragio de los valores y del mecanismo de regulaciones y controles al sistema financiero. De esa forma se devalúa la democracia real en nombre de una aparente democracia formal.
El fortalecimiento de la democracia integral exige replantear la idea a partir de tres criterios fundamentales: descentralización, participación y concertación, mediante los cuales se pueda proponer una nueva visión y acción del Estado, el mercado y la ciudadanía.
La búsqueda de un nuevo contrato social planetario, basado en esa triple condición, conlleva el debate sobre la ética política y el sistema de valores correspondientes, y significa rechazar la fuerza como derecho y la violencia como razón; exigir el respeto de las normas universales, imperfectas, ciertamente, pero indispensables para no caer en la guerra de todos contra todos y, principalmente, reafirmar la libertad como condición esencial del ser humano, lo que establece el derecho y el deber de la persona de rechazar lo injusto y oponerse a lo irracional.
Exige también, en el plano de las sociedades nacionales, diseñar el Estado como un mecanismo eficaz de coordinación, y como concertador de los múltiples intereses, y recuperar la misión que le corresponde de gestor del contrato social, imprescindible para mantener la unidad nacional, o al menos una forma de cohesión que garantice la estabilidad de la sociedad.
En este empeño, nacional e internacional, resulta imprescindible el establecimiento de mecanismos que permitan subordinar efectivamente el poder financiero, económico y político al derecho y a la ética. La reafirmación de la ética en la política, es hoy más que nunca un imperativo. No se trata de beatería laica ante una realidad gobernada por el pragmatismo que proclama la razón de la fuerza y reconoce en ella su propia y única moral. Tampoco se trata de refugiarse en la ironía como último reducto de la desesperanza y anunciar que la ética no es otra cosa que un producto del poder para justificar lo suyo y descalificar lo ajeno.
De todas formas el contrato social que debe sentar las bases de coexistencia del mundo actual exige nuevos valores que están surgiendo en medio de la crisis, y un pensamiento político que proponga la redefinición del Estado, el mercado y la sociedad civil y el fortalecimiento de la ciudadanía, la descentralización, la participación y la concertación, como mecanismos imprescindibles en la construcción de nuevos contratos sociales, nacionales y regionales y de un nuevo contrato social universal.
¿Podrá esto vencer la voluntad de dominio de los núcleos de poder corporativo?, no lo sé, pero sí sé que se está tomando conciencia frente a la crisis de nuestro tiempo. La claridad en el análisis y la comprensión de los hechos, son indispensables para ir disipando la visión crepuscular hasta ahora dominante, y para sentar las bases de una nueva sociedad mundial más estable y justa.
El autor es jurista y filósofo nicaragüense.
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