Eduardo Enríquez
Tras varias semanas en las que muy a mi pesar no pude escribir esta columna por estar en otros menesteres, la retomo ahora con un tema que considero es de fundamental importancia si pensamos alguna vez restablecer la democracia republicana en nuestro país.
En las últimas semanas el Consejo Supremo Electoral de facto ha arrebatado la curul a dos diputados del orteguismo por haberse desviado de la estricta línea que han trazado los dueños de ese partido. Las razones que ha dado el CSE para destituirlos son tan ilegales como los mismos miembros de ese desprestigiado poder del Estado. Sin embargo, en su afán por hacer cumplir los caprichos de los gobernantes han levantado un tema interesante. ¿A quién le pertenece la curul? ¿Al partido o al diputado? La respuesta a esa pregunta va al corazón de un sistema democrático republicano.
Obviando que antes de que fuera el orteguismo el perjudicado por la mudanza de un diputado, en el parlamento, la verdad es que desde 1990, los representantes han ido y venido a placer en el hemiciclo.
Nuestro sistema político desde 1979 es una especie de monstruo de Frankenstein, al que se le ha dado forma con pegostes tomados de sistemas diferentes, según la conveniencia de los gobernantes de turno y, por ello, se presta a que nos enredemos en la respuesta a la pregunta arriba formulada.
Por ejemplo, acá los diputados se eligen por listas elaboradas por los jefes de los partidos y salen electos según el porcentaje de votos que el partido reciba. Si lo vemos de esa manera, en realidad el votante está votando por un partido, al diputado rara vez lo conoce. Entonces, se podría decir que la curul es del partido y un diputado no podría irse con sus bártulos a otra parte, debe quedarse encadenado a la bancada que lo eligió.
Sin embargo, nuestra Constitución Política —o lo que queda de ella— dice en el artículo 2: “El poder político lo ejerce el pueblo a través de sus representantes libremente elegidos por sufragio universal…”. Ahí mismito en el artículo segundo entonces nos quedaría claro que a quien elige el votante es al representante y el representante al único que le debe rendir cuentas es al votante.
Pero esta columna no trata de justificar el sistema político frankensteiniano en que vivimos, sino que pretende auscultar qué sería lo mejor dentro de un sistema republicano en el que la dispersión del poder y no su acumulación es lo deseable, sobre todo en el marco de una ciudadanía informada y conocedora de sus deberes y sus derechos.
Sin duda, si lo que queremos es que el poder resida en los ciudadanos entonces no solo debemos responder que la curul pertenece al diputado (y por extensión al ciudadano), sino que debemos establecerlo con toda claridad no solamente en un enunciado constitucional sino implantando el sistema que va a garantizarlo.
¿Cómo se logra esto? Ciertamente la elección de diputados a través de listas elaboradas por los jefes de los partidos no ayuda. Lo que se debe buscar es la relación cada vez más directa entre el representante y sus representados.
La manera más eficiente, al menos que yo conozco, es la elección por distrito de los representantes. Bajo ese sistema, el país se divide en varios distritos con una cantidad similar de habitantes cada uno y de cada uno de ellos sale un representante y únicamente uno.
¿Por qué funciona esto mejor? Primero porque el aspirante a representante sale de un espacio geográfico y de una población relativamente pequeños a los que debe conocer para poder interpretar o representar sus intereses. Segundo porque de igual manera los votantes conocen a quienes le están dando el voto y saben a quien premiar o castigar de acuerdo con el comportamiento del individuo.
Este sistema no le gusta a los caudillos porque pierden el control. En un sistema como ese es impensable que a una diputada la van a despedir como mozo de hacienda solo por no votar de acuerdo con los deseos de los caudillos. En un sistema como este, los partidos en lugar de ser un arma en manos de quienes los mangonean, se vuelven únicamente un vehículo y un marco de referencia ideológica si se quiere, pero no una camisa de fuerza.
Algunos citan un peligro y es que en este sistema los partidos dominantes pueden salir democráticamente con el control del 60, 70 u 80 por ciento de los asientos en el parlamento. Eso es cierto, pero también es cierto que eso no es estático. Donde existe un sistema electoral libre, transparente y que respeta el voto popular es un hecho que tarde o temprano los partidos —por muy dominantes que sean— se desgastan y el grueso de los votantes gravita hacia otras opciones que, eventualmente, se vuelven más interesantes.
Claro, la clave de todo esto es “un sistema electoral libre, transparente y que respeta el voto popular”. Así que es por ahí por donde debemos empezar.
Debemos convencernos de que un sistema que garantice elecciones libres no es solo un lujo de la democracia republicana sino la garantía —desde el punto de vista político— de nuestra sobrevivencia y desarrollo como sociedad.