¿No es sorprendente que muchas escuelas y familias quieran educar a los menores en temas relativamente secundarios y descuiden los más importantes? Las primeras atiborran la memoria de sus alumnos de datos, fechas y nombres que luego olvidarán. Las segundas enseñan a lavarse los dientes o coger bien el tenedor, lo que está bien. Pero ambas suelen descuidar u omitir enseñanzas más trascendentales, como las responsabilidades de los esposos, o, como el tema objeto de este artículo; el valor del trabajo bien hecho.
Pocos son los esfuerzos educativos por imbuir en hogares y escuelas algo tan importante como la mística, o el ideal, del trabajo bien realizado. No es casual entonces que la chapuza nos rodee y asfixie. Que predominen a nuestro alrededor los trabajos mal hechos, o a medio hacer, o hechos por salir del paso; mediocres, incompletos, carentes de calidad o profesionalidad. Ocurre con los trabajos manuales —el pintor que pringó el piso o dejo veteada la pared— y los intelectuales: la tarea llena de faltas, sucia; la carta mal redactada, el informe estadístico incompleto, el reporte sin rigor o corroboración, o los trabajos o encargos hechos para cumplir con la exigencia mínima.
Un mesero, al traernos un vaso de agua, quizás está cumpliendo su tarea. Pero si además nos ofrece ponerle hielo, y nos da una servilleta para no mojarnos, vemos que está dando un paso más; está tratando de brindar su servicio de la mejor forma posible. Este afán por trabajar con perfección, y no para salir del paso, es lo que distingue al mediocre del sobresaliente. Es lo que explica también, en gran medida, la diferencia entre desarrollo y subdesarrollo.
En una oportunidad, mientras aterrizaba en el aeropuerto de Narita, en Tokio, me quedé maravillado de la perfección de sus vallas de arbustos y flores, de lo pulcro y estético del ornato. Exclamé entonces para mis adentros: “¡Esta es una cultura superior!” No es coincidencia que las naciones e individuos, que han incorporado en su DNA cultural el hábito de hacer las cosas bien hechas, sean quienes más progresan y viven mejor.
No se trata, empero, de una virtud meramente utilitaria o de un valor predominantemente económico. Por el contrario, tiene un valor espiritual extraordinario, sobre todo si se hace con el afán de servir bien o entregar a la sociedad un mejor producto. En dicho caso manifiesta una dimensión de la caridad, pues demuestra aprecio e interés por los demás. El mesero que nos atiende bien nos hace sentir mejor porque nos comunica aprecio. De igual manera que la desatención, o el producto mal terminado, comunican cierto desprecio al destinatario.
Josemaría Escrivá de Balaguer, el santo que más ha exaltado esta virtud, consideraba imposible ser buen cristiano sin cultivarla. Reflexionando sobre cómo sería la calidad de los muebles que Jesús fabricaba en el taller de Nazaret, decía que seguramente los haría con afán de perfección, sin chapuzas, buscando la máxima satisfacción de sus clientes. Un comentario popular sobre Jesús que recoge el evangelio de Marcos, resume la característica central de sus actos: “Todo lo hizo bien”. (Mc 7,37)
Nuestras vidas, las de quienes nos rodean, y la vida misma del país, serían mucho mejores si el afán de hacer las cosas con perfección llegase a conceptuarse como una dimensión fundamental del patriotismo y la solidaridad, y si familias, escuelas, empresas e iglesias, decidieran darle un lugar cimero en la educación que imparten.
El autor es sociólogo, fue ministro de Educación.
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