“¡Qué alegría; un papa revolucionario!” Tal es la exclamación que parece brotar en muchos desde que Francisco asumió el pontificado. Desde entonces no han cesado las especulaciones sobre las reformas que hará o debería hacer.
Una de ellas es la expectativa a que reforme la curia, librándola de las supuestas corruptelas y argollas de poder. Otra es la esperanza que democratice la estructura “monárquica romana”, a fin de que las directrices de la Iglesia, y la misma elección de obispos, no brote de Roma, sino de los fieles. En sectores de izquierda ha sido palpable la aspiración a que rescate los postulados de la teología de la liberación y, entre los más radicales, la expectativa de que derogue o suavice la tradicional oposición de la Iglesia al aborto y al matrimonio homosexual.
El ansia por leer en las palabras del nuevo papa confirmaciones de estas expectativas se evidenció cuando Francisco llamó a tratar con caridad a los homosexuales e integrarlos a la sociedad. Muchos interpretaron sus palabras como una apertura novedosa al fenómeno, cuando en realidad no dijo más que repetir lo que por años ha enseñado el catecismo.
Conviene advertir que gran parte del anhelo a que el papa transforme radicalmente la Iglesia procede no tanto de católicos, genuinamente interesados en remozarla, sino de sectores que la adversan o buscan una iglesia “a su imagen y semejanza”, —conforme a sus valores y opciones—. Esto se advierte en lo acerbo de sus críticas; cuando haciéndose eco de acusaciones no corroboradas o exageradas, la pintan como una institución terminalmente enferma y corrupta. O cuando se complacen en halagar al nuevo papa, pero contrastándolo con sus predecesores, a quienes presentan como desfasados o reaccionarios.
No hay duda de que Francisco busca sacudir a la Iglesia —clero y laicos— a fin de infundirle más celo apostólico. Su llamado a la simplicidad evangélica y a revivir su compromiso con los más necesitados es parte integral de dicho afán, al igual que su estilo personal, tan abierto y refrescante. Su improvisada conferencia de prensa en el vuelo de regreso a Roma, contestando de pie y sin papeles las preguntas que por hora y media se les ocurrieran a 75 periodistas, manifestó una extraordinaria cercanía al público y un gran valor.
Pero lo que viene a confirmar este peculiar estilo del papa es lo enriquecedor que puede ser para una institución como la Iglesia la diversidad de carismas entre sus líderes. Juan Pablo II fue el gran apóstol viajero, ecuménico, fuerte y profético. Benedicto XVI fue la gran luz intelectual en tiempos de oscuridad conceptual. No se trata tanto de papas superiores o inferiores como de papas con acentos diferentes ante desafíos distintos.
Francisco quiere cambios en el comportamiento de los cristianos, pero no en el mensaje de Cristo. Cuando un periodista le preguntó cuál era su postura sobre el aborto y el matrimonio entre personas del mismo sexo el simplemente contestó: “La de la Iglesia, soy hijo de la Iglesia”.
Son aspectos de la Iglesia que muchos no entienden. En cuánto portadora de un mensaje con vocación de eternidad y universalidad —“el cielo y la tierra pasarán pero mis palabras no pasarán” (Mt 24)—, es una institución eminentemente conservadora: existe para preservar y extender, sin diluirlo, sin concesiones, un legado doctrinal y moral permanente. San Pablo exhortó a los creyentes a no conformarse o plegarse a la mentalidad del mundo, sino a transformarlo con la fuerza del evangelio. (Rm12). Pero precisamente y por eso, en cuanto la Iglesia está llamada a cambiar y renovar continuamente la humanidad es, también, eminentemente revolucionaria. El autor es sociólogo, fue ministro de Educación.
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