Cuando al fin conocí a George Scott no era el “negrote con músculos hasta en las orejas” que Alex Torres me había descrito años atrás.
Había destellos de su fortaleza, pero la diabetes ya lo oprimía. Caminaba con dificultad y era visible su lucha contra el dolor, aunque su humor estaba intacto.
“Denis Martínez me dio un bolazo y luego se corrió hacia el center ”, dijo Scott, antes de soltar una sonrisa enorme, como su tamaño.
A través de nuestros historiadores había conocido a Scott. Su paso por el beisbol nacional en la campaña de 1965-1966 le aseguró un lugar en la consideración popular.
Por eso lo sentí cercano cuando lo vi en 1995 en Miami, mientras asistía a un juego de veteranos big leaguers, invitado por Pedro Ramos, el cubano que lanzó 15 años en las Mayores.
“Nicaragua guarda siempre un lugar especial en mi corazón. Me ayudó en mi formación como pelotero y sentí su cariño”, agregó Scott.
Nacido en 1944 en Greenville, Misisipi, Scott fue estrella escolar en baloncesto y futbol americano, antes de firmar en 1962 con Boston, con quien debutó en 1966.
Ese año resumió .245 en su promedio y se ponchó en 152 ocasiones, pero metió 27 jonrones con 90 empujadas.
En 1967 fue esencial para Boston, que ganó el banderín, un año después de ser noveno. Scott bateó .303 con 19 jonrones y 82 remolques.
Tras 14 temporadas, Scott se retiró en 1979 con .268 en su promedio, 271 jonrones y 1,051 empujadas, con ocho Guantes de Oro y tres viajes al Juego de Estrellas.
Y al pasar por aquí con el Bóer, impactó con su poder. A lo mejor por eso nos pareció tan cercano, a pesar que murió allá en Misisipi.
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