Luis Sánchez Sancho

Sofrosina

Una amable lectora de esta columna me ha sugerido escribir un poco más acerca de la Sofrosine, que mencioné la semana pasada como uno de los atributos esenciales de Néstor, el personaje de La Ilíada y la mitología griega en general que simboliza la sabia ancianidad y la prudencia en la conducta humana.

Para hablar de la Sofrosine, pienso que nada mejor que recurrir al eminente filólogo y helenista alemán, Werner Jaeger (1888-1961), gran autoridad en la materia a quien ya he citado antes.

Jaeger escribió al menos 15 libros, casi todos traducidos al español, entre los cuales el más importante según los críticos culturales es Paideia: los ideales de la cultura griega . En esta obra monumental Werner Jaeger explica que la Sofrosine (él la escribe con y, o sea: Sofrosyne) “no es expresión de una naturaleza innata, de una idiosincrasia esencial armónica nunca perturbada”. Por el contrario, asegura Jaeger, la Sofrosine “irrumpió en forma de mandato… penetró súbitamente y en forma inesperada en lo más profundo de la existencia y, sobre todo, de la intimidad humana”.

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Sofrosina representaba la prudencia, la moderación, el sentido común. Ella fue una de las fuerzas divinas que los dioses encerraron en la Caja de Pandora, para darla de regalo a los hombres y someterlos a prueba. Sofrosina salió de la Caja de Pandora junto con los males, pero no se quedó en la Tierra porque nada tenía que hacer entre quienes no podían contener sus impulsos.

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De manera que según el gran filólogo y helenista alemán, la Sofrosine (entendida como concepto de “la mesura, el justo equilibrio, la cordura y la moderación, el dominio del espíritu sobre el cuerpo”) no nace con el individuo, sino que se forma en él por medio de la religión, la educación y la cultura.

Según explica Werner Jaeger en su obra antes mencionada, la Sofrosine nace en las personas como una advertencia divina de que “la peor ofensa a los dioses es `no pensar humanamente´ y aspirar a lo más alto”. O sea, la pretensión de ser como los dioses, una aberración que a lo largo de la historia y hasta ahora ha llevado a muchos individuos, gobernantes en particular, a endiosarse y obligar a las multitudes a la degradación de rendir culto a sus personas.

Dice el estudioso alemán que es por eso que “en la puerta del templo (de Apolo, en Delfos) hallaba el que entraba, en las palabras `conócete a ti mismo´, la doctrina de la Sofrosyne, la exhortación a no perder de vista los límites del hombre, impresa con el laconismo propio del espíritu del tiempo”.

Agrega Jaeger en otra parte del libro Paideia: los ideales de la cultura griega , que “Sócrates demuestra que con la verdadera Sofrosyne aparecen necesariamente todos los tipos de virtud, tales como la piedad, la valentía y la justicia”.

Pero no solo en la filosofía y la educación, establecieron los antiguos griegos la doctrina de la Sofrosine para sustentar la formación humanista de la persona y evitar los excesos y las consecuencias negativas de la desmesura, de la soberbia, de la pretensión de ser dioses o como los dioses. A partir del principio y el concepto de la Sofrosine, el imaginario popular griego creó una diosa que fue llamada precisamente con el nombre de Sofrosina.

La diosa Sofrosina era hija de Nix (la Noche) y de Érebo (la oscuridad). Ella representaba la prudencia, la moderación, el sentido común, y fue incluida por los dioses entre las fuerzas positivas y negativas que encerraron en la Caja de Pandora, para darla de regalo a los hombres y someter a prueba su prudencia e imprudencia. Cuando Pandora abrió aquella caja maravillosa y salieron todos los males que desde entonces aquejan a la raza humana, quedando solo la Esperanza porque se encontraba en el fondo y no pudo salir antes de que el recipiente fuera cerrado, también salió Sofrosina. Pero Sofrosina no quiso quedarse en la Tierra, como se quedaron los males, porque consideró que nada podría hacer entre los humanos que no podían contener sus impulsos. Sofrosina voló al Olimpo, hacia los cielos, donde se quedó para siempre a fin de que sus virtudes solo fuesen dadas por los dioses, a aquellos humanos que las merecieran.

Columna del día Opinión La Ilíada archivo
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