Ernesto J. Marín

La turbulencia global

Al despertar el día, por curiosidad, diaria rutina, buscamos los periódicos y leemos sucesos conmovedores, tragedias, motines y rebeliones, informes frescos de un mundo desquiciado. Pareciera que todos los demonios saltan por doquier con alegría por tantas maldades y desgracias que nublan nuestras conciencias, inundaciones, violaciones, secuestros, balaceras y un largo etcétera.

En la antesala del infierno, el medio Oriente, la alentadora primavera árabe brilla por su ausencia. Y estallan, aparecen o continúan los problemas colectivos. En Chile, respetable país, un pedacito de Europa, los estudiantes se toman Santiago, decenas de miles en las calles, ya son casi dos años de ejercer el verbo protestar. Sao Pablo, la urbe de Suramérica, seguida de Río, del gigante brasileño paralizado por demandas a doña Dilma Rousseff que le hacen recordar a esta dama, como un espejo del pasado, sus propias actuaciones cuando ella a gritos partidos de jean y minifalda, jefeaba exigiendo reformas que jamás llegaron. En Buenos Aires, el gobierno se queja del monopolio del papel periódico que lidera Clarín, los medios contra el gobierno y el gobierno contra los medios. En México, que ya dejó de llamarse México lindo y querido, decenas de miles se desbordan contra el siniestro dominio de la droga, los carteles y sus negocios, asesinatos, atrocidades, secuestros, el diario menú de un noble pueblo. Damasco, Siria, guerra civil, más de cien mil muertos, bombardeos, coches bombas, dos años de matanzas. Egipto con su nuevo gobierno tras Mubarak, llenan su legendaria plaza Tahrir, libertad, el ejército nombra a un nuevo jefe de estado, encarcela a los hermanos musulmanes. La epidemia conmueve a Estambul, en Turquía, y exigen la renuncia del primer ministro. Los atenienses en la modélica Grecia, cuna de occidente, en todas las calles, exige un nuevo gobierno, no desean más impuestos, la desocupación llega casi a un veinte por ciento. Continuamos con los refinados franceses que paralizan París, en protesta en contra del matrimonio del mismo sexo. Llegamos a la milenaria España, no la de los reyes católicos, Madrid, Plaza del Sol donde se reúne la manifestación diaria contra el gobierno, contra la inflación, contra el desempleo y contra la corrupción, etc. Hace pocas semanas en la tranquila y civilizada Boston, la patria de Franklin, con motivo de su maratón que tiene más de un siglo de celebrarse, estallan los petardos y balazos que matan a los policías, incontables heridos, después de las Torres Gemelas reaparece el nefasto terrorismo. Washington está de luto. Sin olvidar a Milán y Roma, tumultos, la gente está ofendida por la conducta del exprimer ministro Berlusconi, acusado de ejercer los siete pecados capitales.

Se nos escapaba nuestra vecina, la pequeña Costa Rica, por el malestar que ahí existe debido a la corrupción, donde según las encuestas doña Laura y su gobierno gozan de menos de un veinte por ciento de simpatía. La señora presidenta es muy conocida por estos lares, aunque en verdad lamentamos sus pesadillas y sobresaltos cuando piensa en su amado río San Juan de Nicaragua, donde así como los alemanes aman a su río Rin y los franceses al Sena, los nicaragüenses nacimos y crecimos en sus riberas, bebimos sus aguas y nunca, nunca lo abandonaremos. Sorry doña Laura.

Como colofón del presente artículo en el que narro la temperatura de las multitudes, no quiero dejar por fuera la impactante noticia de la deserción de Mr. Snowden, 27 años, acusado de traición por revelar secretos bien guardados en la celebérrima CIA y su gemela Oficina de la Seguridad Nacional o NSA, National Security Agencie, jefeada por una señora de apellido Napolitano, cuna del poder extrafronterizo, e inventores de la cibernética universal. Snowden, soplón de categoría por denunciar las escuchas electrónicas contra sus propios aliados, como en sus adversarios. Escándalo mundial, montañas de acusaciones de alturas atmosféricas, conspiraciones. Pero me pregunto: en el siniestro mundo del espionaje, ¿quién no espía a quién? El espionaje es el evangelio de la alta política. ¿Quién tira la primera piedra?

Esto es grosso modo lo que leemos, oímos y sabemos ¿qué pensarán los agoreros y sus oráculos? O continuarán con sus necedades como nos lo demuestra el pensador germano Heinrich Böll: no aguanto a los ateos, pasan todo el santo día hablando de Dios. El autor es diplomático retirado


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