Ningún mes del año supera a julio en revoluciones. Mundialmente encabezan la lista la Americana del 4 de Julio de 1776 y la Francesa del 14 de Julio de 1789. En Nicaragua lo hacen la Revolución Liberal zelayista, del 11 de Julio de 1893, y la sandinista del 19 de Julio de 1979. En América Latina la Revolución Cubana celebra su día el 26 de julio.
Algunos atribuyen la coincidencia al calor veraniego. En realidad es tan difícil como frívolo establecer conexiones entre climatología y eventos políticos. Más importante es sacar de ellos lecciones que mejoren el presente.
Toda revolución política implica una rebelión contra un orden de cosas que se considera indeseable o lesivo al hombre, y un proyecto de un nuevo orden o sociedad deseada. Una forma de escudriñar las revoluciones, con ánimo constructivo, es preguntarse cuáles eran las aspiraciones fundamentales de sus actores. Conocerlas permite apreciar la medida en que sus herederos han sido fieles a sus propósitos.
¿Por qué lucharon los rebeldes norteamericanos de 1776? ¿Qué clase de Nicaragua querían construir los liberales nicaragüenses en 1893? ¿Por qué ideales derramaron su sangre los combatientes nicaragüenses del 79? Hacer este ejercicio es una forma de rescatar, o preservar, los valores más nobles o permanentes de quienes lucharon por dichos cambios, a un precio usualmente muy alto y sangriento.
Los Estados Unidos, por ejemplo, son un país donde se presta mucha atención a su legado revolucionario. Una aspiración central de sus padres fundadores era la libertad. Aspiraban a una sociedad de ciudadanos libres, protegidos contra el peligro constante de la tiranía a través del establecimiento de límites y contrapesos al poder del estado. Este principio fundacional sigue usándose actualmente como vara para medir el grado en que políticos o propuestas apuntalan o socavan dicha aspiración.
¿Cuáles son los principios fundamentales que inspiraron la revolución nicaragüense de 1979? Las fuentes formales para conocerlos son la Constitución de 1987 más los documentos fundacionales del FSLN y algunas declaraciones de sus creadores. Pero también deben incluirse las aspiraciones reales y profundas, aunque quizá no plenamente redactadas, del pueblo que participó y sufrió en la lucha por una Nicaragua distinta. Como en toda revolución, se peleaba contra algo y a favor de algo, y es igualmente importante conocer ambos aspectos para valorarla.
Uno de los principios centrales y oficiales fue el de la soberanía nacional, asegurar la independencia real del país frente a cualquier injerencia externa. Pero al lado de este, en la muchachada que regó con su sangre los adoquines de las ciudades habían otras motivaciones muy poderosas y profundas. Una muy generalizada era destruir al somocismo. No entendían muy bien con qué habría que reemplazarlo, pero sí que debían librarse de un sistema que consideraban opresor, corrupto e injusto.
Lo anterior permite reconstruir la agenda que inspiró la revolución como un negativo de lo que fue el somocismo: la aspiración a un gobierno que no fuese patrimonio de una familia, donde sus dirigentes no se enriquecieran a la sombra del poder, donde la alternabilidad en el poder sustituyera al continuismo, donde no se trampeara en las elecciones, donde el pueblo tuviese acceso a la educación, la cultura y trabajos bien remunerados, donde los empleados públicos no fuesen manipulados por el partido dominante, etc.
Sería bueno hacer y desplegar en todas las escuelas y rincones del país el listado de las aspiraciones más sentidas de 1979. Para que las nuevas generaciones, y los que todavía conservan ideales revolucionarios, juzguen si se están cumpliendo y exijan, cuando corresponda, enderezar el rumbo.
El autor es sociólogo, fue ministro de Educación.
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