María Inés Espinoza, partera de Diriomo, Granada.

Las parteras no se han ido

Empezó a “tantear” de arriba abajo y de lado a lado. Máxima García Picado, la anciana partera de 63 años, intuye que algo anda mal. El niño anidado en la panza de la mujer, que se revuelca de dolor en el camastro, está cruzado y el riesgo de perderlo es muy alto.

Por José Denis Cruz

Empezó a “tantear” de arriba abajo y de lado a lado. Máxima García Picado, la anciana partera de 63 años, intuye que algo anda mal. El niño anidado en la panza de la mujer, que se revuelca de dolor en el camastro, está cruzado y el riesgo de perderlo es muy alto.

La única salvación en esta comunidad remota de Nandaime es ella, la comadrona sesentona a la que hace una hora un hombre fue a despertar en esta noche de lluvia. Ni siquiera se molestó en preguntar para qué la buscaba. Antes de que tocara su puerta aliñó en su costal de tela algunas hierbas y el último frasco de alcohol que le quedaba. Jaló su capote y se fue a ensillar su caballo para luego emprender el viaje sobre el camino pedregoso de Aguas Agrias.

Su misión estaba allá con Elvira Ruiz, la joven de ocho meses de embarazo que seguía revolcándose de dolor en el catre. Ella y su esposo pensaron en un momento ir al hospital, pero las circunstancias eran desfavorables. ¿Cómo salir de esta comunidad a las 11:00 de la noche?

El bebé no podía ponerse en riesgo. Así que llamaron a Máxima, que forma parte de las cinco mil ochocientas parteras que registra el Ministerio de Salud (Minsa) a nivel nacional. Unos les llaman comadronas y otros parteras. No importa cómo les llamen. Al final son como ángeles que asisten a las mujeres cuando llega la hora de traer a sus hijos al mundo.

Elvira es un caso concreto. Sigue revolcándose de dolor en el mismo catre, con la mirada perdida y el rostro cansado, inundada de lágrimas y desesperación. El problema es grave. Lo sabe ella, su esposo y la anciana que le soba la panza tratando de acomodar al niño en la posición correcta, en una que le permita venir a los brazos de su madre, con vida. Pero ahora no hay certeza de nada.

Oficio ancestral

Aprendió a partear cuando tenía 18 años de edad. Su primer parto lo atendió en los bosques indígenas de Waslala, de donde es oriunda. Máxima recuerda que surcó los ríos hasta llegar adonde se encontraba su paciente. Todo salió bien.

Así que escribió en un cuaderno los datos de esa niña. Con el tiempo las hojas se llenaron de nombres y los iba reemplazando. Pero de pronto dejó de registrar los nombres de los niños que recibía a la hora del parto.

Ella perdió la cuenta de los bebés que nacieron en sus manos. No se atreve incluso a estimar una cantidad. “Solo le puedo decir que traje a muchos niños. A muchos”, comenta Máxima.

Su abuela fue partera y de ella aprendió el oficio. Cada vez que su abuela parteaba le servía de asistente. “Yo miraba cómo hacía los masajes, y ella me explicaba qué hacer cuando un niño venía atravesado, por ejemplo”, recuerda la mujer.

El trabajo de las comadronas no se limita a atender el parto. Muchas veces son ellas quienes llevan el control de embarazo de las mujeres. Les dan té, las soban, las orientan. Dan un servicio completo pero muy poco remunerado. Al final el mejor pago, dice, es traer un niño con vida.

“Uno les va a ayudar a las mujeres. Trabajamos con hierbas para curar el parto. Hacemos té parar apurar los dolores”. Ella no sale de su casa sin las hierbas necesarias para atenderlas. La medicina en Aguas Agrias está muy lejos de ser utilizada.

El Fondo de Población de la ONU (UNFPA) señala que las parteras de Nicaragua atienden un 16 por ciento de los nacimientos del país. Esa cifra, sin embargo, se eleva al 32 por ciento en las zonas rurales. El organismo puntualiza que la capacitación de estas mujeres es fundamental porque ellas determinan cuándo los casos requieren ser remitidos a un centro de salud o a un hospital.

Reciben capacitación

La última vez que asistió a una capacitación fue a una unidad de salud ubicada en el barrio Las Torres. Por si no lo sabía en Managua, en la capital, aún funcionan las parteras. Su nombre es Luciana Vega y tiene 86 años.

Esta señora también presume que no se le ha muerto ningún bebé a la hora del parto. Siempre que va a asistir a una mujer se encomienda a Dios. Por un tiempo frecuentó los talleres que eran impartidos en su unidad de salud. Pero no le pareció.

Desde 2010 el Minsa se ha encargado de capacitar a la más de cinco mil parteras que existen en el país. También ha organizado los Foros Nacional de Comadronas. Pero se desconocen los resultados. Solo se sabe que ha entregado más de 300 carnés de identificación a parteras de los diferentes departamentos del país para que entren con facilidad a todas las unidades de salud.

“Nosotros salíamos con los del centro de salud a atender a las mujeres, pero me retiré porque incumplieron algunas cosas”, dice Vega, quien ha atendido partos en comunidades rurales de Chinandega y León.

Vega asegura que eran más bien los médicos quienes les pedían consejos para atender partos complicados. “Recuerdo que un doctor me preguntó cómo hacía para sacar a un niño cuando viene cruzado. Imagínese usted en vez que ellos nos ayudaran”, expone la anciana partera.

Desde que iniciaron las capacitaciones, el Minsa prometió entregar toallas, capotes y un botiquín. Pero no a todos los lugares llegaron esas herramientas para las parteras . A Aguas Agrias, la comunidad rural de Nandaime, no llegaron. Aún sin esos recursos las parteras siguen atendiendo a decenas de mujeres

De acuerdo al Informe Estado de las Parteras en el Mundo 2011, publicado por el UNFPA, en los últimos 20 años se ha reducido la mortalidad materna en un 50 por ciento. En parte, se debe a la labor que realizan las parteras en las comunidades rurales principalmente.

La titular del Minsa, Sonia Castro, dijo en octubre del año pasado que las parteras pueden dar asistencia al parto en las unidades de salud. “Si la mujer de la comunidad quiere ser atendida por la partera ya sea en la casa, en el centro de salud, incluso en el hospital, nosotros los trabajadores de salud debemos obedecer ese mandato de la paciente, el deseo de la mujer”, dijo la funcionaria.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) también participó en la elaboración del Informe del Estado de las Parteras en el Mundo 2011 y plantea que el trabajo de las comadronas es primordial para garantizar a las mujeres que su embarazo y parto estén libres de riesgos.

La OMS también plantea en sus “10 datos sobre la partería” que 350 mil mujeres aproximadamente mueren cada año, debido a alguna complicación obstétrica durante el período del embarazo y el parto. De ahí surge la relevancia de las parteras en los sectores más pobres del país. “Muchas defunciones maternas y neonatales se pueden prevenir si se dispone de parteras calificadas que atiendan a las mujeres antes, durante y después del parto, y que sean capaces de derivarlas hacia la atención obstétrica de emergencia si surgen complicaciones graves”, orienta la OMS.

Las decenas de nietos de las parteras

A lo lejos escuchó el grito de alguien que le llamaba abuela. Volteó a ver extrañada, pero no reconoció a ese hombre de barba. María Inés Espinoza lo vio nacer. Él lo sabe y de cariño le dice así, al igual que muchos en el pueblo de Diriomo, Granada.

Ella tiene 66 años y aquí en el pueblo es tan indispensable como el agua. La mayoría de los partos son atendidos por ella.

Eso ha provocado algunos roces con los directores del centro de salud del pueblo. “En este centro de salud no me han valorado, quizá es como una envidia porque ellos no saben hacer el parto”, dice la mujer de hablar pausado que se balancea en su mecedora.

Ella no se considera comadrona. Dice que trabajó en el entonces Hospital Juan de Dios, de Granada, pero al ser jubilada se dedicó a atender los partos de las mujeres del pueblo.

Como muchas desistió del registro de los niños. No sabe a cuántos ha visto nacer.

Siempre se mostraba disponible para atender los partos a pesar de su avanzada edad. “Mientras yo viva seguiré atendiendo a las mujeres que me necesiten”, dice la mujer.

Mirna Vázquez, una joven de 24 años, nunca quiso ir al hospital del departamento de Granada. Prefirió ir a la casa de la partera del pueblo. Aduce que su decisión fue acertada. “Estuve en buenas manos con la señora”, dice la muchacha que presentó complicaciones a la hora del parto.

Pero más complejo fue el parto de Elvira, la joven que fue atendida por la comadrona Máxima García, allá en Nandaime. Logró vivir junto a su hija. Si vuelve a salir embarazada, asegura atenderse con esta anciana.

Ahí están pues las parteras, comadronas, como usted les quiera llamar o como ellas se hagan llamar. Aún viven en las comarcas, pueblos, y en las mismas ciudades. Managua no es la excepción. Aquí están ellas impidiendo que los partos se conviertan en estadísticas fatales.

24 complicaciones de parto se dan al día en las comunidades rurales de Nicaragua, según el informe de la UNFPA.

5,800 parteras tiene registrado el Ministerio de Salud, la mayoría de ellas se encuentran en el Norte y Caribe del país.

1.4 es la densidad de parteras, enfermeros y médicos por cada mil habitantes.

350,000 mujeres, aproximadamente, mueren cada año, debido a alguna complicación obstétrica durante el período del embarazo y el parto.

La Prensa Domingo comunidades Parteras archivo

Puede interesarte

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí