Muchos propietarios de farmacias nicaragüenses están nerviosos. Es entendible; Kielsa, la cadena farmacéutica más exitosa de Honduras, comienza a establecerse en Nicaragua y esto significa más competencia. La economía libre no es un sistema apacible. Quien hace negocios en ella está sometido a una tensión permanente. Yo puedo tener un restaurante próspero, pero nadie impide que un rival ponga a mi lado otro y me quite clientela. Tengo pues, como empresario, que vivir en guardia; esmerándome siempre en mejorar, innovar y adelantarme a mis adversarios. No es fácil. Es una guerra donde solo triunfan los más creativos y esforzados.
Los únicos sistemas donde algunos dueños de negocios pueden dormir tranquilos son aquellos que permiten a unos privilegiados, bien conectados, operar sin temor a la competencia. Los medios para lograrlo varían. Uno de ellos son las cuotas, como ocurre con los buseros: las autoridades les asignan una ruta, o un pedazo del pastel, donde nadie más puede entrar. Otro son las concesiones de monopolios o de privilegios especiales, como ocurre con algunas empresas del Alba. Esto incluye contratos sin licitación (es decir, sin competencia), exoneraciones de impuestos exclusivas, o protecciones arancelarias tan elevadas —como ocurre con el arroz y el azúcar— que hacen prohibitivo importar productos más baratos.
El caso es que los dos sistemas; el de libre competencia, con un estado neutro, y el del estado interventor, aliado de sus protegidos, producen resultados muy distintos. El primero lleva a la producción de artículos y servicios mejores y más baratos, y a una revolución continua de la tecnología y las organizaciones. El segundo lleva a productos más caros y pésimos servicios —véase el caso de los buses— al estancamiento y la corrupción. Para triunfar en el primero hay que ser buen empresario. Para hacerlo en el segundo hay que asegurar conectes con el poder. El resultado final de ambos sistemas es que el primero produce prosperidad y el segundo pobreza. Si lo duda consulte los índices de libertad económica en el mundo; los países más libres son los más ricos; los menos los más pobres.
Claro está que el sistema de libre empresa tiene sus tensiones. El famoso economista Schumpeter decía que el capitalismo estaba fundado en la “destrucción creativa”; en innovaciones que continuamente destruyen o desplazan lo establecido. La máquina de vapor desplazó a la rueca de hilar y los motores de gasolina a las máquinas de vapor. Más recientemente las computadoras eliminaron las máquinas de escribir y los supermercados arrinconaron a los detallistas. Este dinamismo propio de la libertad empresarial ha causado resistencias: los obreros ingleses quisieron romper las primeras máquinas industriales. En algunos empresarios crea la tentación de recurrir a la mano pesada del Estado, a fin de librarse de esa competencia que produce progreso, pero que hace sufrir.
Es lo que están haciendo algunos farmacéuticos: solicitar al Gobierno que no autorice las operaciones de Kielsa, porque sus precios más bajos amenazan a las farmacias nacionales, o que les asigne zonas limitadas donde puedan operar. Pero es como pedir que no vengan los McDonalds, por ser una multinacional que abarata las hamburguesas, o que se prohíban varias tiendas de ropa en la misma cuadra.
Ojalá no prevalezcan estas voces. Al consumidor y al pueblo les conviene más libertad de mercado, no menos. Los farmacéuticos harían bien en leer los comentarios que el público envía a los periódicos al referirse al caso. La gran mayoría les recomiendan “que igualen o mejoren la calidad del servicio y precios que dan sus farmacias”. En otras palabras, que asuman el reto de la libre competencia.
El autor es sociólogo, fue ministro de Educación.
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