
Por Eduardo Cruz
“En este río se podía comer de todo. Y todo este caserío que usted mira alrededor era propiedad del río”, dice en tono de tristeza y decepción Carlos Miranda, conocido en Matagalpa como “Chale”, quien tiene 78 años de edad, el mismo tiempo que lleva viviendo a la orilla del río Grande de Matagalpa.
Cuando se le pregunta por el río, a Miranda se le viene a la mente una “correntada” de recuerdos. “En este río se miraban cosas lindísimas. Había pescados así de este tamaño, guapotes”, dice Miranda, haciendo gestos con la mano para señalar un pescado de casi un metro de largo.
En la mente de Miranda todavía “nadan” las imágenes de las mujeres lavando en el río Grande de Matagalpa, en la parte en que atraviesa la ciudad. Miranda también recuerda que él y otros muchachos sacaban camarones de ese río y cómo tenían que andar con cuidado porque también había lagartos, asegura.
Otra imagen que Miranda mantiene viva en su memoria es de frondosos árboles plantados en las riberas del río. “Eran unos palencones. Usted ni se imagina. Mire, mire, como aquel que está allá, es el único que ha quedado”, dice Miranda, señalando a un árbol como de 15 metros de alto que está como a cien metros de la casa de Miranda, ubicada cerca de un puente que está en la carretera principal de Matagalpa.
En la actualidad las cosas han cambiado. “Con tanta cochinada que le han echado”, lamenta Miranda.
En las riberas del río Grande, en la zona que pasa por la ciudad de Matagalpa, el despale se nota a lo lejos. El cauce del río es hoy diez veces más grande que antaño, pero el caudal del río es angosto, tanto que lo hace ver como la madeja de un hilo en relación al cauce.
“Ahí (en el río) si uno se baña se enferma inmediatamente. La gente le echa aguas negras, aguas sucias, basura, hasta perros muertos”, dice Rito Arce Rizo, un hombre de 83 años y quien tiene 47 años de vivir en las orillas del río Grande de Matagalpa.
La contaminación del río es evidente. Cerca de la casa de Arce Rizo construyeron un sumidero que apesta, y a cuyo mal olor se ha acostumbrado la población que habita en los alrededores.
El agua del río se ve como el agua que está en la pila de un lavadero, en la cual por horas ha estado un taco de jabón desintegrándose. Y el mal olor agrava la situación.
En las aceras de las calles que están transversal al río se puede apreciar especies de canales que conducen las aguas sucias hacia el río. Y debido a que las personas realizan sus necesidades fisiológicas en la orilla del río, es necesario caminar con el mismo cuidado con que los zapadores lo hacen en un territorio lleno de minas.
“Este lugar era muy bonito. Hasta se bebía el agua de ese río”, comenta Arce Rizo.
De río a basurero
A más de cien kilómetros del río Grande de Matagalpa, en el departamento de Chinandega, está otro río en situación más crítica. Se podría decir que en Cuidados Intensivos. Es el río Acome, que igual que el Grande atraviesa una cabecera departamental.
Juana María Centeno Flores, de 50 años, vive en las orillas del río Acome, en el barrio Santa Ana. Y detrás de su casa hay un canal por el cual a diario le entran al río grandes cantidades de agua sucia. El mal olor es terrible.
Enfrente, debajo de un puente, se observa otro desagüe de agua sucia que le cae al río Acome. Parece una cascada de aguas sucias.
“Este río era bello. El agua era como potable. Todavía hay algunas vertientes aquí, están como a cien metros”, dice Centeno Flores, quien asegura que aún se pueden ver en el río pescado y camarones. “Pero ya no es como antes”, aclara.
Centeno Flores todavía recuerda cuando era una niña y veía a su abuela Adriana Centeno Núñez, su “mamita” le llama ella, lavando en el río Acome, del cual también sacaban pescados y camarones.
“Este río ahora huele feo. Jamás volverá a ser el río de antes. Necesita una limpieza profunda”, expresa Centeno Flores.
Juan Jirón Galea, un vendedor de eskimos de 66 años, recuerda que el río Acome estaba bien arborizado, pero ahora está “despalado”. “Los árboles lo protegían”, dice.
Jirón señala que la gente sacaba leña del río y por eso ahora no hay árboles en el río. “La Alcaldía no hace nada”, reclama.
“Degradación progresiva”
En un estudio realizado en el 2006, el especialista en agua Yáder Caballero Arbizú señala que los ríos de Nicaragua están sufriendo una “degradación progresiva” que pone en riesgo la disponibilidad futura de aguas en el país.
El estudio de Caballero se limitó a los ríos ubicados en Rivas y Granada, y que pertenecen a la subcuenca del río Ochomogo, la cual a su vez procede de la cuenca número 69, la misma del río San Juan y que está conectada al gran lago Cocibolca.
Entre los ríos analizados por Caballero están El Dorado, el Congo, Las Mercedes y el propio Ochomogo, donde se encontró que los mismos son seriamente afectados por las actividades agrícolas.
“Algunos productores construyen pequeñas presas en la parte alta del río Ochomogo, originando conflictos con los usuarios de las partes bajas”, dice el estudio, el cual también indica que los ríos son afectados por los agroquímicos utilizados por los productores.
Según Caballero, la forma en que se explotan los recursos hídricos en el país provoca la disminución de los caudales de los diferentes cuerpos de agua, lo cual podría repercutir en una escasez de agua. Ese es el peligro.
“Las mismas amenazas”
Los ríos de Nicaragua sufren las mismas amenazas en todo el país, explica Maura Paladino, especialista en recursos hídricos del Centro Humboldt.
Una amenaza de los ríos en la región occidental y central del país son las minerías, dice Paladino. Por ejemplo, el río Sinecapa y el río Chiquito, los cuales han visto afectada no solamente su caudal sino también la calidad de sus aguas, debido a que atraviesa una zona minera, en el sector de Santa Rosa del Peñón, la India, El Jicaral entre otras.
A la vez, los ríos Sinecapa y Chiquito también sufren los impactos del despale y de productos químicos que contaminan sus aguas. Otro ejemplo que mencionó Paladino es el río Malacatoya.
“En estos ríos se evidencia que en las partes altas hay deforestación. Además está el tema del cambio climático y eso afecta a los ríos. Nicaragua es el tercer país con mayor nivel de riesgo por el cambio climático”, dice Paladino.
La experta señala que el caudal de los ríos no solo es superficial, sino que también poseen aguas subterráneas, por lo cual cuando se contamina un río o se le afecta con la tala de árboles o algún contaminante, también se están afectando aguas subterráneas. El daño es mayor de lo que se puede ver a simple vista.
En Malacatoya, un río que también pertenece a la cuenca número 69, la más importante del país, los productores de arroz mantienen una gran cantidad de tuberías conectadas desde la fuente del río a una bomba, para realizar el regadío de las plantaciones, señala Paladino. “El riego, épocas secas, es las 24 horas del día”, explica la especialista.
Los monocultivos, como el arroz, el tabaco, la palma africana, entre otros, son a juicio de Paladino los más dañinos, porque exigen grandes volúmenes de agua para su riego.
“Nadie debería vivir a orillas de los ríos”
Respecto a los ríos que atraviesan ciudades, comunidades o poblados, Paladino señaló que el problema radica en que no existe un ordenamiento territorial adecuado, porque nadie debería de vivir en las orillas de los ríos.
La especialista indicó que las sociedades actuales tienen un modelo de vida basado sobre el consumismo, es decir, acumulan cosas que rápidamente se convierten en desechos, causando una alta producción de basura que por lo general la botan a orillas de los ríos.
A esto se suma que en la mayoría del país no existe un adecuado sistema de recolección de desechos sólidos y las personas, indicó Paladino.
Aparte de la basura, también está el tema de los coliformes fecales, lo cual se refleja en el hecho de que los ríos reciben aguas negras en grandes cantidades, como en el Acome, en Chinandega.
Carlos Miranda, “Chale”, el hombre que ha vivido toda su vida junto al río Grande de Matagalpa, se molesta cada vez que llegan las autoridades a querer sacarlo de su casa porque él sabe que saliendo de ahí, los “ricos” de Matagalpa llegarán a construir sus casas.
“Yo no me voy de aquí. Yo, en mis momentos de mayor necesidad, todavía bebo agua de este río, así como está”, dijo “Chale”, quien señaló que la misma Alcaldía de Matagalpa ha autorizado los canales por donde le cae el agua sucia al río.
“No es un problemade falta de leyes”
En Nicaragua hay una ley de aguas y una Autoridad Nacional del Agua. Además, los gobiernos locales también son responsables del cuido de los recursos naturales. El problema no es que no existan leyes para proteger los ríos, indica Paladino. El problema es que no se aplican o no hay recursos.
“No hay capacidad institucional”, sentencia Paladino. “Es cierto que hay vacíos legales, pero si tan solo se aplicara lo que la ley ya establece, ya habría avances. Sería un proceso lento, pero sería algo”, dice la especialista.
A nivel municipal existen comisiones municipales ambientales, pero no funcionan de la manera correcta, lamenta la especialista.
De aquí a unos cuantos años
La esperanza es que los ríos del país todavía son recuperables, y se espera que las nuevas generaciones no digan lo mismo que “Chale”: “En este río se miraban cosas lindísimas”.
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