Inés Izquierdo
A veces me siento muy mal cuando observo tantos errores de ortografía y redacción, que ya no solo están en las conversaciones informales, sino que se han instalado incluso más allá de las redes sociales, hasta invadir el ámbito profesional.
Hace unos días realicé exámenes de ingreso a jóvenes egresados de Comunicación que querían trabajar en LA PRENSA. Fue lamentable, pasé días evaluando unos trabajos pésimos, hablamos de alrededor de treinta a cuarenta errores de una sola sentada. ¡Impactante!
Y lo más triste es que pasaron cinco años en una universidad y se graduaron con esa cantidad de limitaciones.
De 12 evaluados solo una persona aprobó y para eso obtuvo un poco más de 85 puntos. Aún recuerdo los días cuando los resultados eran muy buenos pero siento que eso es historia, y el agua pasada no mueve molino.
¿Qué podemos hacer para revertir esta situación? Los profesores debemos ser más exigentes y saber atacar la pereza intelectual que genera internet en ciertos alumnos.
En mi caso cuando me convencí que algunos eran estelares en eso de cortar y pegar, y sus trabajos eran una amalgama de dudosa factura, llena de incoherencias, comencé a solicitar los trabajos escritos a mano, no solo les valoro su caligrafía, sino que los obligo a escribir y a gestar sus propios argumentos.
Hay que fomentar el hábito de la lectura, no hay excusas para no leer, debe ser preocupación constante velar porque nuestros estudiantes consulten más bibliografía.
Inculquemos buenos hábitos y valores en nuestros hijos y discípulos, con respecto al uso de nuestro idioma y podremos ganar esta batalla que a veces parece perdida.
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