Daniel Ortega hace lo que quiere mientras la oposición oficial marca tarjeta, se acomoda y cobra salario en la Asamblea Nacional, aunque bien pudieran quedarse en casa porque ni para hacer quórum son necesarios.
Un viraje radical es imperativo, a menos que se consideren perdedores sin oportunidad. Las recomendaciones más comunes que he escuchado para rescatar la democracia en Nicaragua, son: 1.- Al orteguismo hay que ganarle con el mecanismo que ocupó para subir al poder: el voto popular. 2.- No hay tiempo que perder para arrebatarle la agenda y banderas sociales. 3.- El liderazgo opositor no debe tener pasado cuestionable. Como no hace falta ser gurú para coincidir con ellas, vale reflexionar.
Es fundamental comprender que sin identificarse con el nicaragüense y su realidad cotidiana, tampoco sería posible contar con sus votos. Además, estar convencidos que la lucha debe librarse con todos los recursos cívicos, porque solamente los irresponsables e incapaces fantasean con guerras fratricidas.
El reto es grande y se requiere de un proceso electoral honesto y transparente. Pero si el sentido común indica que el voto se gana antes de la elección, también indica que al obtener confianza de una buena porción de nicaragüenses, lograr autoridades electorales idóneas no es difícil como parece. El dictador no es invencible.
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A la par de la defensa de derechos como la libertad de manifestarse, el acceso a información pública y una gestión honesta, es imprescindible caminar hombro a hombro con la población y los temas de seguridad social, educación, salud, empleo, viviendas, maltrato a las mujeres y niños, seguridad ciudadana, medioambiente, producción y muchos otros.
El punto de partida pudiera ser comprender que no están llamados a convencer a los nicaragüenses de sus problemas, sino convencerse ellos mismos de las diarias dificultades que estos enfrentan, y sus más sentidas aspiraciones. Rescatar la democracia no es tarea de las próximas generaciones, sino de la actual.
Una ciudadanía decidida hace posible cualquier cambio. La credibilidad opositora —nueva, o la que sea posible rescatar— debe nacer sudando en la calle, de casa en casa, barrio por barrio, sin miedo al rechazo o la represión.
Sin embargo, ganar el corazón de los electores no es suficiente. En las elecciones de noviembre del 2011 fue noticia no contar con fiscales en todas las juntas receptoras de votos, o que algunos abandonaron sus puestos (?) antes del cierre de la votación.
Derrotar a Ortega no es un juego. ¿Cómo presentar batalla cuando no se está preparado? ¿Qué habrán hecho para no repetir esos errores? Ya deberían tener un plan para la salida del orteguismo y actuar con convencimiento.
Si de impulsar agendas propias se trata, de los grupos feministas hay que aprender: enfocadas, persistentes, sabiendo qué quieren y con estrategia propia, no se entretienen con tonterías oficiales. Son dolor de cabeza para el dictador.
La tercera recomendación, sin la cual las otras dos serían imposibles lograr, es que se necesita un liderazgo nuevo, o al menos alejado de la conocida corruptela. Seguramente hay personas capaces y con la solvencia necesaria listas a emerger. Y si esto deja a un lado buena parte de las cúpulas pacteras, pues me parece excelente.
El buen liderazgo político no nace pretendiendo ser guía de ciegos. Es la voz audaz que con su ejemplo encarna el ideal y a quienes desean un mejor país.
Por ahí anda uno confundido, llamando a la unidad revestido de lenguaje religioso, importando frases de campaña, hablando de reivindicaciones sociales y elecciones primarias liberales al mismo tiempo, exhibiendo debilidades, y hasta con gorra y chaqueta asemejándose al líder venezolano Henrique Capriles. ¡Por favor!
En todo caso es mejor solicitar a Capriles la receta de su dieta rica en colesterol, para aplicarla en dosis elevadas a la llamada oposición oficial. El autor es periodista.
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