Es de celebrar que Nicaragua sea una de las primeras en algunas cosas buenas, como por ejemplo en seguridad ciudadana, pero es de lamentar que también lo sea en algunas malas, como en la alta proporción de niñas que salen embarazadas. Con 148 embarazos adolescentes por cada mil madres, superamos a toda Latinoamérica y el Caribe y, lo que es peor, en la última década los alumbramientos de niñas entre 10 y 14 años aumentaron en un 47 por ciento; de 1,066 a 1,576.
Es una calamidad. El embarazo precoz para las madres niñas o adolescentes significa mayor dificultad para continuar en la escuela, aprender una profesión y tener un hogar estable —usualmente el muchacho que la embarazó no se responsabiliza de las consecuencias y si lo hace no suele ser por mucho tiempo—. Para los niños significa ser criado por una madre inmadura, en un hogar empobrecido, con mayores probabilidades de fracaso escolar o de caer en la drogadicción, el alcoholismo o la vagancia.
Entre las causas de esta verdadera tragedia social sobresale el hecho de que en Nicaragua pocas jóvenes crecen en hogares presididos por un hombre y una mujer unidos en matrimonio o unión estable. Investigaciones realizadas sobre embarazos adolescentes en América Latina han confirmado la importancia de la presencia de ambos padres en el hogar. Una de ellas, (Silvestre y Paradiso, 1997), muestra claramente que “las adolescentes no embarazadas viven con mayor frecuencia en familias intactas. Un 83.3 por ciento de las jóvenes encuestadas que no viven con ninguno de sus progenitores ya se había iniciado sexualmente, en comparación con 55.2 por ciento de las que viven con uno de los padres y 40 por ciento de las que viven con ambos”.
Es obvio pues que niños y niñas necesitan orientación y consejo sobre cómo comportarse, y que dos padres unidos suelen educarlos mejor que uno y uno mejor que ninguno.
Es obvio también que una de las necesidades más grandes de la sociedad nicaragüense es apuntalar la familia estable, y que urge impartir una buena educación para la vida familiar y la sexualidad. Esta no significa enseñar el uso de condones o anticonceptivos, lo que más bien fomenta la promiscuidad, sino educar a niños para que actúen responsablemente, sepan controlarse y aspiren a formar matrimonios estables.
El problema es que esta temática, tan importante para la vida, no está en el currículo. La mayor parte de las escuelas se limitan a enseñar, o tratar de enseñar, nociones de gramática, operaciones aritméticas, nombres de ríos, autores, héroes y ciudades, conocimientos de ciencias, etc. Aprendizajes a veces muy útiles para la vida laboral, sacar un título o aprender habilidades productivas. Pero no para ayudar a los alumnos a enfrentar con éxito el gran reto de formar no un hogar cualquiera, sino un buen hogar.
Las iglesias cristianas hacen algo pero podrían hacer más. Entre los miles de sermones que he escuchado en los últimos años muy pocos relacionan los temas evangélicos con los familiares. Quizás no se ha priorizado suficientemente la pastoral familiar.
Por otro lado vemos cómo los medios de comunicación, cine y televisión, hacen lo que pueden por destruir los valores familiares: fomentan la sexualidad sin fronteras y desprecian los valores tradicionales. ¿Cuándo fue la última vez que usted vio en una película una escena íntima entre esposos?
Es afortunado que en Nicaragua cada vez más voces reclaman mejorar y ampliar la educación. Es hora de pensar, también, sobre el tipo de enseñanzas que deben ser priorizadas. Por su trascendencia humana, es un tema más importante que el Canal.
El autor es sociólogo, fue ministro de Educación.
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