Bayardo Quinto Núñez
Carlos y Néstor dialogaban que se acercaba una tormenta y que no
estaban en una zona buena. En esa ocasión les acompañaba
Vicente, un amigo, andaban de caza. El monte en donde se
hallaban estaba apenas por encima del nivel del río y por todos
lados se veían indicios que esa zona se inundaba fácilmente.
Oscuros nubarrones cubrieron rápidamente todo el cielo, y bajo la
fronda del monte la tarde se oscureció más.
Aún Carlos, Néstor y el amigo Vicente no habían escuchado ningún
trueno, pero la tormenta se sentía muy próxima, pero calculaban
que si se volvían sobre sus pasos la lluvia les iba a agarrar en
aquella zona baja y era muy peligroso.
De pronto, repentinas ráfagas de viento, cargado de humedad,
sacudían las copas de los árboles, y se detenían de pronto, y el
monte quedaba sibilino, para luego volver a llenarse de rumores
con otra ráfaga repentina.
Era algo difícil de describir, pues parecía no ser sólido, y no tenía
facciones definidas, solamente era una enorme cabeza
fantasmagórica que los miraba desde a través del inmenso cristal de la
lluvia incolora transformada en espejo natural, era algo hermoso
de nunca acabar de ver, era como una ilusión, pero desgraciadamente
era realidad. Otro estruendo los estremeció y huyeron
de ahí; se fueron a otro lado.
Apenas se alejaron comenzó a llover torrencialmente. Pasaron una
noche espantosa, soportando la tormenta bajo una lona que
llevaban, pero fue mucho peor el instante de terror que pasaron
frente a aquella ventana verde espesa y lluvia a raudales desde lo
alto de los cielos, fue todo un espectáculo ver los rayos y cómo
tronaba el sistema galáctico, todo fue un simple susto, pero un
tremendo espectáculo y Carlos, Néstor y Vicente fueron bautizados
por la madre naturaleza y castigados a la vez por todo el
sufrimiento que pasaron como una confluencia del romanticismo
realístico de este mundo protervo.
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