JOAQUÍN ABSALÓN PASTORA
Circulan dos versiones. Sacan del sepulcro a dos personalidades que en su tiempo fueron impulsadores de las culturas de sus respectivos tiempos, alejados de los nuestros porque crece irreprimible la muralla de los siglos, en cuya superficie está tendido el olvido.
¿Quién es Peter Philips? Podría ser en cuanto a descubrir al genio, el modelo más apropiado para representar al afanado en buscar los timbres ocultos de la voz (“en la cavidad bucal se forma el timbre”).
Una pregunta entre los discípulos y maestros de la música vocal. Interrogantes de esta anchura son descifrados por las ponencias que han justificado la inversión de mucho tiempo en la investigación, incluso de la verosimilitud y recreación biográfica.
Philips fue la admiración de toda Europa. Pero a partir del año 1628, en que se desprendió de la vivacidad terrenal, apenas descendió a la tumba, fueron devorados su nombre y su obra. Quedaron vivos algunos motetes de sus canciones sacras, para ocho voces que han sido causa de la enmienda de la llaga puesta sobre su piel. Los autores del rescate son los miembros de la agrupación coral The choir, of Royal Holloway . La versión se oye y se ve en el teatro cultural “internético”, no quedándose atrás la idea del chelista catalán Jordi Savail, de homenajear a Erasmo de Rótterdam, en una colección en la cual están sus palabras con música de la época vivida por el eminente sacerdote. ¿Cuál será el arte venidero? No es posible preverlo. Los que podrían acercarse a la definición son los investigadores del pretérito profundo.
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