Por Amalia del Cid
Cuenta la fábula que hace muchos soles y muchas lunas, cuando el tiempo aún no existía porque todavía no lo habían inventado, los vicios y las virtudes se pusieron a jugar a las escondidas. No por aburrimiento, sino para decidir quiénes reinarían en los humanos. El caso es que fue en esa histórica competencia que el Amor perdió la vista, cuando en un desafortunado accidente la torpe de la Locura le pinchó los ojos. Desde entonces, dice el cuento, el Amor es ciego y la Locura, llena de remordimiento, lo acompaña. Y esa podría ser la forma más romántica de explicar algunas conductas “amorosas” enfermizas o irracionales; pero no la más científica.
Ese estado de “locura” o “imbecilidad transitoria”, como lo definió el periodista José Ortega y Gasset, ocurre en la fase que llamamos “enamoramiento”. Según la psicóloga Ana Salgado, esa etapa delirante, apasionada e irracional puede durar tres años o tres meses. Nunca se sabe.
Al parecer el enamoramiento depende de los efectos de un compuesto orgánico de nombre impronunciable: la feniletilamina. Al verse inundado por esta sustancia el cerebro responde produciendo dopamina, norepinefrina y oxiticina, neurotransmisores responsables del placer, el deseo y, por supuesto, los arrebatos sentimentales, explica el experto en Química, Francisco Muñoz de la Peña Castrillo, en su artículo La química del amor .
Pero el amor, el verdadero, es más que una ducha de sustancias químicas. Y tampoco consiste en el triunfo de las hormonas sobre las neuronas. Es mucho más complicado que eso. De hecho, la psiquiatra Laura Martín López Andrade, en su tesis Erotomanía, amor y enamoramiento dice que no se puede hablar del amor si no es en el lenguaje de la contradicción, porque las pasiones “no quieren tener razón”.
Sucede también que cada quien tiene su propia forma de entender este sentimiento. Y así ha sido siempre. Para Platón, filósofo que vivió unos 300 años antes de que Cristo naciera en este mundo, el amor es el camino que lleva a lo que llamamos “perfecto y divino” y lo que llena el vacío entre lo visible y lo invisible. Para la Biblia el amor tiene nombre, “Dios es amor” y quien no ama no conoce a Dios.
Según la psicóloga Ana Salgado, amar es poder decir: “yo no te necesito y aún así, desde mi libertad, decido estar con vos”. Este concepto implica enamorarse no para llenar un vacío, no para calmar la soledad, no para compartir una casa, no para entregar la vida, las inseguridades y las decisiones a otra persona. Implica amar con conciencia de lo que se está haciendo, aceptando a la otra persona tal como es (sin idealizarla). Sin egoísmo y sin sufrimiento.
“Amar no es un don, es una decisión que trae consecuencias. Hay que es esforzarse. Poder amar… eso no es fácil”, señala Salgado.
Bajo esa lógica, que para muchos especialistas es la más acertada, lo que popularmente se conoce como amor, eso que leemos en los poemas, vemos en las novelas y escuchamos en las canciones no es más que enamoramiento o “dependencia emocional”. Y, en el peor de los casos, obsesión.
Y ya que este sentimiento es tan complicado y contradictorio como el ser humano, será mejor si humildemente nos referimos a esos comportamientos que definitivamente no son amor.
Obsesión y persecución
A su manera, la “Novia Psicópata”, personaje ficticio de las redes sociales, es quizás una de las mejores exponentes de lo que no es amor. He aquí algunos retazos de su filosofía: “Los celos ya pasaron de moda, lo de hoy es matar y tirar al río”, “Madurar es dejar de stalkear (acosar) por Facebook o Twitter y empezar a acampar afuera de su casa”, “No soy la segunda opción de nadie. Me eliges o accidentalmente te mueres”, “Quiero pensar que no ha contestado mis últimas 68 llamadas porque le gusta demasiado el ringtone que le hice con mi voz”. Y así sucesivamente…
Este fenómeno ha puesto a reír a miles de usuarios de las redes sociales. Tal vez en secreto muchos se reconozcan en sus descabelladas reflexiones. A través de la exageración, el personaje de la joven celosa, controladora y obsesiva, se burla un poco de esos comportamientos delirantes que en la vida real se ven todos los días y hasta “en las mejores familias”.
Se sabe que un “delirio de enamoramiento” ya pasó a obsesión cuando existe la urgencia de estar importunando a la pareja con llamadas telefónicas, correos electrónicos y cascadas de mensajitos de texto, ocasionándole incluso problemas laborales y de concentración, señala la psiquiatra Gioconda Cajina.
Si se piensa dos veces, la sátira de la “Novia Psicópata” hasta podría resultar provechosa. Pero no pasa lo mismo con los mensajes de esas canciones “de amor”, que no hablan de amor, sino de dependencia y obsesión. Recordemos al italiano Tiziano Ferro cantando apasionadamente: “Si me quieres, tú ya no me verás. Si menos me quieres, yo más estaré allí, allí, allí. Lo juroooo”.
“Tergiversan la idea que la gente tiene del amor y eso nos impide ser felices. Hablar de sufrimiento transmite la idea de que si no sufro, no te quiero. Si no me celás, no me querés. Y de que hay alguien en el mundo que te puede hacer feliz. Te puede hacer feliz un mes, tres meses, pero luego sale corriendo o simplemente no puede (hacerte feliz), porque es como jalar una camioneta con un carrito”, apunta Ana Salgado.
Lo cierto es que no existe la “media naranja”. Ni siquiera la media mandarina. Cada quien es responsable de su propia felicidad.
Personalidades antiamor
Hay ciertas personalidades que pueden dificultar el amor y una relación de pareja estable. Entre ellas, la paranoide, la histriónica, la egoísta y la dependiente, dice Gioconda Cajina.
El grupo paranoide es excesivamente desconfiado, celoso. Son personas que no confían en nadie y terminan quedándose solas. Probablemente vivieron cosas terribles en su niñez, como violencia intrafamiliar, apunta la psiquiatra.
El histriónico es un artista de la mentira. Se trata de personas que pueden interpretar distintos papeles y mienten con todo el aplomo del mundo. Cuando su pareja lo descubre, se descontrola, pues no sabe a qué atenerse estando con una persona que miente como una experta.
El egoísta busca su propio placer, simplemente por satisfacer sus instintos. Llega a una relación “con la mano estirada” solo a pedir, sin saber que tiene mucho que dar.
Cajina lo explica así: “Me decía una señora que tiene un restaurante que ella sabe qué menú tiene que preparar los días de fiesta. Por ejemplo, el Día del Amor tiene que preparar los menús más caros porque las novias piden que sus novios las inviten a camarones y langosta. Pero el Día de las Madres prepara el menú más barato, porque las mamás piden pollito. ¿Puede diferenciarse el tipo de amor? El amor egoísta come caro”.
Dependencia emocional
Vivimos en una sociedad coadicta a los desmanes del amor, pues sobrestimamos sus ventajas y minimizamos sus desventajas, afirma Walter Riso, famoso psicólogo y escritor. “Cuando el amor obsesivo se dispara, nada parece detenerlo. El sentido común, la farmacoterapia, la terapia electroconvulsiva, los médium, la regresión y la hipnosis fracasan al unísono. Ni magia ni terapia. La adicción afectiva es el peor de los vicios”, advierte en su libro ¿Amar o depender?
El amor es un motor, es cierto. Según la psicóloga Ana Salgado, la persona que ama siente el impulso de ser mejor, de hacer cosas que de otra forma no haría.
Sin embargo, la dependencia afectiva logra todo lo contrario. Es “una forma de enterrarse en vida, un acto de automutilación psicológica donde el amor propio, el autorrespeto y la esencia de uno mismo son ofrendados irracionalmente con el fin de preservar lo bueno de la relación”, sostiene Riso.
Las personas que sufren adicción afectiva, dice el psicólogo, podrán reconocerse en alguna de estas frases: “Mi existencia no tiene sentido sin ella”, “Vivo por y para él”, “Ella lo es todo para mí”, “Él es lo más importante de mi vida”, “No sé qué haría sin ella”, “Si él me faltara, me mataría”, “Te idolatro”, “Te necesito”. Bastante conocidas, ¿verdad?
La inmadurez emocional es la antesala del apego afectivo. Esta, según Riso, se manifiesta en tres formas importantes: bajos umbrales para el sufrimiento (la persona no se siente incapaz de soportar lo desagradable y busca desesperadamente el placer), baja tolerancia a la frustración (es malcriada y cree que “el mundo gira a su alrededor”) e ilusión de permanencia (no comprende que nada es eterno y por lo tanto a nada hay que aferrarse).
Los vacíos afectivos que se vienen arrastrando desde la infancia son otro factor para el apego, pues se busca que la pareja llene esas carencias.
Sin embargo, la dependencia afectiva no es amor. Es solo eso, dependencia. Y causa sufrimiento, porque la felicidad propia está supeditada a los actos y las decisiones de una persona a la que no se puede controlar.
Para que el amor fluya y sea sano, debe haber libertad y desapego, algo que no se consigue sin independencia, autoestima y madurez emocional. El verdadero amor no es sencillo. Pero tal vez sí pueda ser loco, pues implica embarcarse en la empresa de amar sin idealizar.
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