El abuelo de la pista

Su presencia en la pista de atletismo es admirada por muchos chavalos que llegan a correr al mismo lugar. Es un hombre de baja estatura y medio fortachón. Su nombre es Manuel Fernández y tiene 81 años. Es el atleta más veterano que aún compite en la categoría máster de Nicaragua.

Por Róger Almanza G.

Su presencia en la pista de atletismo es admirada por muchos chavalos que llegan a correr al mismo lugar. Es un hombre de baja estatura y medio fortachón. Su nombre es Manuel Fernández y tiene 81 años. Es el atleta más veterano que aún compite en la categoría máster de Nicaragua.

Siempre usa gorra cuando corre y un uniforme azul y blanco cuando se dispone a competir. Su récord en los 400 metros planos es un minuto 58 segundos.

Su edad se esconde un poco cuando mata las canas de su bigote con tinte negro. “No me gusta ver las canas en el bigote, me estorban”, dice don Manuel. Pero su rostro lo delata como el más viejo de los atletas que llegan a la pista Gadala María en el barrio Acahualinca, de Managua.

Aquí corre al menos tres veces a la semana, siempre por las tardes. Hace ejercicios de estiramiento, calienta un poco las piernas con trotes ligeros y cuando siente que el cuerpo lo tiene listo para correr, se ubica en posición de salida y arranca. Así, el abuelo de la pista comienza la primera de ocho vueltas que da en su entrenamiento.

Hace seis meses corrió los 400 metros y antes apostó por los cinco kilómetros en la carrera Juntos por la Cura, y lo logró a solo tres años de haber iniciado profesionalmente el atletismo.

La motivación

No tiene problemas de presión ni ataques de dolor de cabeza, ni hay mañanas que amanezca con las piernas o brazos entumidos. Siempre tiene energía para despertarse muy temprano y empezar su día. “En mi casa soy el que hace todos los mandados porque no me canso y puedo caminar cualquier distancia”, comenta don Manuel, quien prefiere evitar rutas o taxis, a pesar de que su destino queda a varios kilómetros de su casa.

“Mi hija ha sido la que me motivó a entrenar como profesional. Ella siempre ha sido atleta, desde niña, y una vez que vio a viejos corriendo en la pista no dudó en traerme y animarme para que me integrara”, comenta don Manuel, que aunque siempre ha hecho ejercicio nunca pensó que correr en competencias sería lo suyo.

Este deporte, que entró en su vida por insistencia de su hija Ángela, lo ha llevado a competencias centroamericanas donde don Manuel ha traído a Nicaragua tres medallas, una de ellas en oro, lo que lo ha convertido en campeón centroamericano en el rango de 80 años.

Cada noche desde hace cuarenta años hace ejercicios de dinámica. Son sus 45 minutos más sagrados antes de dormir. “Lo he hecho siempre y jamás me ha dado insomnio, siempre me levanto con energía. No recuerdo un día en estos últimos cuarenta años que lo haya dejado de hacer”, cuenta don Manuel.

“El correr ha cambiado mi forma de ver la vida, me da fuerzas para no detenerme como muchos viejos. En principio, salir a caminar te da la mitad de tu vida”, asegura don Manuel.

En noviembre le espera una de sus más esperadas competencias, el Campeonato Centroamericano Máster, que se ha anunciado como sede Nicaragua. Pero antes, en junio deberá clasificar en el Torneo de Máster de Nicaragua.

“Estoy más que preparado, entreno a diario y nada me detiene”, dice don Manuel, que al verlo correr se nota la energía que pone en este deporte. Sus brazos se ven fuertes y sus piernas resistentes, incluso, casi obliga a quien se le acerca de curioso y pregunta sobre su condición, a que le toque el pecho y el abdomen, duro como piedra, “sin grasa”, dice en tono de fachento don Manuel.

“La naturaleza es cruel porque no nos da la misma vitalidad a todos nosotros. Hay muchas personas de mi edad que ni caminar pueden… porque muchos creerán que ya estoy en mis horas extras”, dice don Manuel.

Su encuentro con la pista

El Gadala María es la pista que por primera vez recibió a don Manuel cuando tenía 78 años de edad. Sus “canillas” se alistaban para empezar a trotar y recuerda esa sensación de ansiedad que le golpeaba el pecho.

La pista mal cuidada era el lugar donde todos los chavalos llegaban a jugar cualquier deporte, incluso llegaban aprendices a conductor con sus carros a recorrer el centro del lugar.

Ahí estaba don Manuel, con todo el valor de un “viejo” haciendo cosas de chavalos y los nervios de toda primera vez.

Su hija muy cerca de él lo animó a arrancar y su cuerpo empezó a responder. Ahí iba don Manuel con la mirada fija a la pista para no tropezar y de fondo algunos aplausos que le daban ánimo.

“A media vuelta ya sentía que me ahogaba”, recuerda don Manuel, quien hasta ese momento dudó si lo podría lograr… “Me sentía con las bisagras ensarradas, este ejercicio es de todo el cuerpo”, asegura.

Ahora, las ocho vueltas que da a la misma pista que lo recibió hace tres años, no le quitan el aliento y cree que en un año más con el entrenamiento que lleva podría correr aún más.

Pero el atleta necesita una cuidada alimentación y de su comida se encarga su esposa. “Yo como de todo, pero mi señora es la que me mantiene a dieta, hace muchos batidos verdes y me los tengo que tomar”, cuenta resignado don Manuel.

“Del atletismo no me voy a jubilar nunca hasta que me muera o ya no pueda caminar”, asegura don Manuel.

Su primera pasión

Nacido en Carazo el 24 de diciembre de 1931, don Manuel estaba destinado a la música cuando a sus 10 años conoció el violín y sin maestro aprendió a tocarlo.

“El violín era de un viejo que vivía en casa y yo lo agarraba sin permiso cuando él salía y así poco a poco le agarré la maña”, recuerda don Manuel.

Un día el dueño del violín se enteró y sorprendido por cómo “Manuelito” dominaba el instrumento, se lo dio de regalo.

Con más dominio del violín su papá lo llevó a una cantina a tocar el instrumento y así cada tarde se ganaban algunos centavos. “Pero le advertí a mi papá que a una cantina no lo volvería a acompañar para que tomara guaro”, recuerda don Manuel.

Las necesidades del hogar lo obligaron a abandonar el violín y empezar a trabajar en los cortes de arroz junto con su papá, el violín fue guardado hasta que su familia se mudó a Managua.

“Era un chavalo de 14 años en los barrios de aquella Managua, más segura por supuesto y con una vida nocturna bastante movida y así fue el momento en que el violín revivió”, recuerda don Manuel.

Junto con sus hermanos, César, Miguel, José, Ana María, Martha y Salvador, que sería conocido como “Chava” Fernández, formaron el grupo musical “Los hermanos Fernández” o “Los Gardelitos”.

Don Manuel también trabajó con Pancho López y su mariachi, y comienza aquellos primeros mariachis de la Managua de los años cuarenta y cincuenta.

“El tiempo pasa y solo los lindos recuerdos quedan y debo reconocer que la música ha sido ese primer gran amor que yo tuve en mi vida… si fuera mi elección jamás hubiera dejado la música, pero mis hijos me han jubilado hace veinte años y ahora me mantengo en casa con mi señora”, comenta don Manuel, quien procreó seis hijos, dos de ellos con su actual esposa, doña Elisa López.

Hoy sus días pasan entre el recuerdo de la música que toca cada día en su memoria y las zancadas que logra dar en la pista de atletismo, donde ha encontrado amistades que lo respetan y lo ven como un ejemplo a seguir.

La Prensa Domingo atletismo juventud archivo

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