
Por Róger Almanza G.
Los chavalos corrían tras la pelota formando nubes de polvo en las calles del barrio Camilo Ortega y en la casa de la esquina, un niño, sentado en una silla con sus brazos y pies retorcidos, se quedaba viendo la pelota y soñaba un día poder patearla.
Manuel Rivera tenía 7 años de edad en ese entonces y aún hoy, a los 46, siente esas ganas de correr tras la pelota, un sueño que no podrá cumplir nunca. Nació cuadripléjico, una condición que no le permitió el desarrollo normal y funcional de sus cuatro extremidades.
Aún piensa en cómo sería correr tras la pelota y poder patearla con toda su fuerza, pero ya no es un sueño que lo haga sufrir como las mil y una veces que lloró reclamando a la vida y preguntándole a su madre, María Ortega, el porqué le había tocado nacer así.
“Así quiso Dios que vinieras al mundo”, recuerda Manuel, que le decía su mamá. Una sentencia que de niño jamás comprendió. Ahora, adulto y creyente en el evangelio de Dios, “mi situación no es algo que reclamo, doy gracias a Dios por las oportunidades que me ha dado”, dice este hombre que con casi cinco décadas sentado en una silla de ruedas pareciera que no espera más nada de la vida.
Solo mueve su cabeza y con mucho esfuerzo los extremos de sus brazos y piernas, pero es suficiente para despertar cada día y continuar con su vida. Verlo hace olvidar cualquier problema cotidiano, escucharlo te pone frente a tu propio espejo y reconocer lo débiles y negativos que solemos ser ante nuestra propia vida.
PINTANDO SUS SUEÑOS
Su boca es lo único que necesita para poder dar razón a su vida. “No me funcionaron las piernas ni los brazos, pero la boca es suficiente para poder hacer lo que me gusta: pintar”, dice Manuel mientras comienza a pintar un árbol de malinche, el cual empieza a plasmar en un pequeño lienzo sobre una mesa de su casa.
Más de cien pinturas respaldan su trabajo. Una de ellas está colgada en el despacho de la alcaldesa de Managua, Daysi Torres. Titulada A la espera , es un caballo que aún mantiene la montura, y como dice Manuel, “espera que lo desmonten totalmente para correr a como le gusta”. Esta pintura fue adquirida durante la Administración de Dionisio Marenco y desde entonces es parte de la decoración del despacho.
Manuel estudió arte en la Escuela Nacional de Bellas Artes, pero el reto comenzó mucho antes, cuando cumplía 13 años y su madre perdió el miedo de llevarlo a la escuela.
“Recuerdo que mi mamá me cubría por completo con una manta… no creo que le diera pena mostrarme, pero quizá era para evitar que se burlaran de mí… Un día una señora le dijo a mi mamá que lo que hacía estaba mal y que al final quien sufriría mucho más sería yo. Creo que mi mamá entonces comprendió que no podía ocultarme del mundo”, cuenta Manuel, al recordar lo duro que habría sido para su mamá el criarlo junto a otros cuatro hermanos.
Su mamá cumplirá cuatro años de fallecida y de su papá no habla. No lo menciona. “Mi mamá me contó en varias ocasiones que cuando yo nací, los médicos le dijeron que solo tenía el 20 por ciento de mi cuerpo funcionando y que necesitaría de un milagro para vivir. Le propusieron si me dejaban morir esa misma noche. Mi madre les dijo con seguridad que no, que me quería y me recibía con alegría tal cual Dios me había enviado a su vida”, comparte Manuel.
PINTOR, LOCUTOR Y PRODUCTOR
El niño que deseaba jugar a la pelota jamás pensó que un día estudiaría en una universidad y lograría una carrera, y lo que nadie se imaginó es que trabajaría en su profesión. Manuel lo logró.
Su historia en la escuela de bellas artes llegó hasta Estados Unidos y un día una propuesta de entrevista para un programa en la televisión hispana de ese país lo llevó a viajar hasta Miami.
“Por razones personales decidí quedarme en Estados Unidos. Viajé con mi hermano porque no podía
hacerlo solo, necesitaba a alguien que me cuidara. Estando allá, tuvimos que resolver los dos solos”, cuenta Manuel.
Vivió como todo inmigrante, un indocumentado más que buscaba la vida en un país que podía ofrecerle mejores condiciones para su discapacidad. Seis meses pasaron y la entrevista no llegaba.
Manuel vendía los cuadros que él pintaba y su hermano Salatiel vendía seguros de vivienda.
Pasaron de vivir en un oficina de envíos a un albergue. Hasta que un día “un compatriota me dijo que probara de locutor porque yo tenía la voz y no tenía nada que perder. Fui a una radio donde los dueños asistían a la misma iglesia que yo asistía y me ofrecí con un programa que contara historias de discapacitados”.
El programa se llamaría “El que persevera, alcanza” y contra los pronósticos de los dueños de la radio, desde su primera edición, programada para media hora, el teléfono no dejó de sonar. Las llamadas eran insistentes de radioescuchas interesados en el tema de cómo viven los discapacitados.
“La invitada de ese primer programa empezó a hablar de sus experiencias incluso en lo sexual y el programa en su primera transmisión cubrió cuatro horas”, recuerda Manuel.
Cuatro años estuvo en el aire, tiempo en el que estudió locución y producción radial y de televisión, además de investigación periodística en la Universidad de Miami. Su perseverancia era inspiración para muchos.
Más de 20 años han pasado y Manuel es ciudadano americano. Lo logró cuando en los noventa la Ley Nacara benefició a miles de centroamericanos indocumentados en Estados Unidos. Manuel fue uno de los marchistas que apostaban por la Ley que brindaría un respiro a miles de indocumentados. Inclusive se sumó a una huelga de hambre durante dos semanas hasta que oficializaron la Ley.
Hoy en Nicaragua reproduce su programa “El que persevera alcanza”, su espacio en el Canal Seis de televisión nacional, cada martes, es la ventana al mundo de los discapacitados.
“La educación de la sociedad es lo que cambiará todo. No importa que hagan infraestructura o que haya leyes si la sociedad no está educada en este tema”, asegura Manuel.
EL RETO DE LA VIDA
“Mi niño, tranquilo, vas a lograr hacer cosas más importantes y que ellos no van a poder, más que patear una pelota”, le decía su mamá, cuando Manuel se quejaba por su discapacidad.
Doña María no se equivocó. Pintar con la boca cuadros de paisajes no lo logra cualquiera y menos cuando solo se cuenta con la fuerza de los labios para presionar y dirigir el pincel.
Manuel, el niño que pasó gran parte de su infancia montado en una carretita de madera halada por sus vecinos, así lograba introducirse en esas nubes de polvo que los niños levantaban cuando corrían jugando con la pelota, era cuando estaba más cerca de patear la pelota.
“Nada es tan difícil que no se pueda lograr”, dice ahora Manuel. Recuerda que al comenzar la escuela primaria, al inicio no lo querían dejar matricularse. Los maestros y los directores de las escuelas miraban absurdo que un niño discapacitado estuviera en una escuela para “niños normales”, comenta Manuel mientras escudriña entre sus recuerdos.
“Ese primer día fue duro. Los maestros le dijeron a mi mamá que tenía que haber alguien quien me ayudara en el aula por si yo quería ir al baño o necesitaba que me pasaran algo, pero lo más duro era la crueldad de los demás niños. Muchas veces me dijeron que parecía monito, todo enrollado y sin poder moverme”, recuerda Manuel.
Pero el tiempo es el mejor maestro. Su capacidad de escribir con la boca, que aprendió a la par de su hermana cuando ella hacía sus tareas en casa, fue notoria en la escuela. Y cuando Manuel era el primero que terminaba las tareas o de escribir las lecciones sin necesidad de fijarse en la pizarra, tan solo escuchando al profesor, empezó a ser el ejemplo de los maestros para aquellos estudiantes que no daban buenas notas. Y con el tiempo, también hizo amigos en el colegio.
Actualmente, en Miami estudia el segundo año de la carrera de Derecho Internacional con especialidad en Inmigración. Una beca estatal que le cuesta al Gobierno de Estados Unidos más de 150 mil dólares.
Y aunque hace algunos meses le detectaron un tipo de cáncer en los huesos y fue sometido a una cirugía, esto no le corta el vuelo a Manuel. “Quiero ayudar, quiero hacer más”, dice.
Padre de una niña de 11 años y con su actual pareja comparte la tutela de dos niñas más, está claro que sus limitaciones son solo físicas porque puede ser un padre responsable y amoroso como cualquier otro hombre.
“Mi sueño es tener un hogar… la soledad no es amigable y menos en mi situación, porque debo aceptar que siempre necesito a alguien que me ayude en muchas de mis actividades personales”, comenta Manuel, para quien su único deseo más allá de un día patear la pelota es llevar esperanza a los niños y jóvenes con discapacidad.
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