Aventura extraordinaria

Life of Pi, la novela de Yann Martel, es un best-seller mundial ganador del premio Man Booker. La historia es engañosamente sencilla: el adolescente Pi Patel abandona su India nativa en compañía de su familia, migrando hacia Canadá en un buque de carga, que también contiene a los animales del zoológico que mantenían en Pondicherry. Una tormenta deja al joven náufrago compartiendo un bote salvavidas con una cebra, una hiena, una orangután y un feroz tigre llamado Richard Parker.

Life of Pi, la novela de Yann Martel, es un best-seller mundial ganador del premio Man Booker. La historia es engañosamente sencilla: el adolescente Pi Patel abandona su India nativa en compañía de su familia, migrando hacia Canadá en un buque de carga, que también contiene a los animales del zoológico que mantenían en Pondicherry. Una tormenta deja al joven náufrago compartiendo un bote salvavidas con una cebra, una hiena, una orangután y un feroz tigre llamado Richard Parker.

La película de Ang Lee es fiel al libro, reproduciendo incluso su marco estructural. Un joven escritor (Rafe Spall) rastrea a Pi adulto (Irrfan Khan) en Canadá, para interpelarlo sobre su extraordinaria historia de sobrevivencia. El grueso de la película es la ilustración de la narración. Mucho tiempo se dedica a su infancia, entre un padre racional (Adil Hussain) y una madre espiritual (Tabu). En la belleza terrenal de la India se oculta la clave del filme: la precoz preocupación de Pi sobre la religión. Descubre por turnos el hinduismo, el cristianismo y el islamismo; y decide profesar las tres religiones simultáneamente. “Gracias Vishnu, por presentarme a Cristo” —reza fervorosamente—. El eventual naufragio lo convierte en una especie de Job de alta mar. Entre el bote y una precaria balsa, solo puede conversar con un Dios invisible y un tigre demasiado real. El milagro de la animación computarizada hace que las bestias sean convincentes, y la brillante actuación del joven Pi (Suraj Sharma) termina de cerrar el trato.

Como Martin Scorsese en Hugo (2011), Lee es un director de prestigio usando artísticamente el 3D. Pondicherry es retratado en imágenes casi sensuales por su cualidad táctil. Cuando la acción se traslada a mar abierto, el efecto estereoscópico y el uso expresivo del color se confabulan para darle un barniz de irrealidad a la acción. Pasamos de lo terrenal a lo espiritual, al plano donde la fe se pone a prueba. Mientras Pi aprende a convivir a la par de Richard Parker, el mar se revela como un mundo hermoso y terrible a la vez. En un momento que pasa inadvertido, Lee arma una secuencia que culmina con una reproducción de la icónica portada del libro. Es una vista aérea del bote a la deriva, con Pi y el tigre acurrucados en puntos opuestos. A través del agua transparente, se vislumbra a la fauna marina nadando indiferente al sufrimiento. ¿Acaso este es el punto de vista de Dios? ¿Y si es así, de cual de los tres en los que Pi cree?

Preñada de símbolos e ideas, “Aventura Extraordinaria” invoca a través de símbolos y palabras a Dios, pero a un Dios polivalente y ecuménico. Reza en el altar de una religión que no llama por su nombre, pero sí invoca en espíritu. Es la religión de la ficción, donde el escritor —el narrador— es el artífice creador de su propia historia. Por eso tenemos a Pi adulto hablando. En una historia donde muchos encuentran prueba de Dios, yo descifro irreverente ateísmo, o al menos, un acto de fe en el poder de la imaginación, materializada en literatura, como refugio y consuelo ante las mayores tragedias de la vida. La película es tan generosa que admite esa y otras interpretaciones, completamente contradictorias. Cuando una versión alternativa de los acontecimientos se nos ofrece, Pi pregunta “¿Cuál es la mejor historia?”. Cada quien escoge por sí mismo. No se la pierda.

La Prensa Domingo Aventura extraordinaria archivo

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