Por Eduardo Cruz
Cuando María Elena Solórzano Sandoval llega a la casa de su familia en Granada, ya sabe que será recibida con alegría y devoción por Linda, una perra que cojea de una de las patas traseras debido a que fue arrollada por un vehículo que le fracturó la pelvis.
María Elena se sienta y Linda sube sus patas delanteras en las piernas y con desesperación comienza a lamerle la barbilla a la mujer que la trata con dulzura. “Linda, Linda, saludá”, le dice la joven. Pero Linda no para de acariciar a su ama. Unos quejidos que emite parecen decirle a María Elena: “Te he extrañado”.
María Elena es una joven veterinaria de 26 años de edad. Desde hace más de un año se dedica a recoger animalitos que han sido abandonados, maltratados o que deambulan en las calles sin tener a alguien que les sustente y les dé protección.
“Linda está lista para ser adoptada. A ella la atropelló un carro y quedó lisiada, pero ya corre y juega. Ella es mixta (no es de raza pura), de la calle. Es bien cariñosa”, explica María Elena. “Amor, deciles que llevas varias razas”, le dice a la perrita.
Los “perros callejeros”, a como suele llamar la gente a los que no son de raza pura, también pueden ser excelentes mascotas, explica María Elena. “Te cuidan, te quieren, son incondicionales con vos”, señala.
En esta labor María Elena ha descubierto que detrás de cada animalito que recoge hay una historia triste, de maltrato, de desamor por los animales, y a veces hasta de vidas humanas que terminan en la miseria o la tragedia.
Por ejemplo, está el caso de la gatita Spoty, una linda minina que era propiedad de una mujer extranjera que vivía sola en Granada. Hace poco tiempo esa extranjera se suicidó y Spoty quedó sin dueña, sin alguien que le cuidara y deambulaba por la casa de su dueña llorando la desaparición de aquella mano que le daba de comer. María Elena se la llevó a vivir con ella después que la casa fue ocupada por dueños nuevos que no tenían la intención de convivir con el animalito.
En los animales, María Elena también ha encontrado lo que a veces falta entre los seres humanos: amor, caricias, lealtad, protección y, sobre todo, un amigo leal, como cuando es recibida por Linda cada vez que llega a su casa en Granada. Nadie la recibe con tanto cariño como Linda.
RATER, BOMBERA Y JOHNNY, EL INICIO

Aunque el amor de María Elena por los animales es de vieja data, fue hasta hace poco más de un año que decidió consagrarse a ellos con más dedicación. Y el inicio fue con Rater.
Rater es un perro pitbull que tenía problemas de actitud con otros animales.
La familia que era su dueña decidió deshacerse de él porque ya no toleraban su agresividad para con los otros animales alrededor suyo. Rater estaba condenado a vivir con violencia y, lo peor, en el abandono.
María Elena nunca había tenido un pitbull, pero sí había escuchado que eran peligrosos y agresivos. Aún así, decidió adoptar a Rater.
“La sorpresa que nos llevamos es que este animal es de lo más cariñoso que puede haber, es muy, muy cariñoso. Los pitbull pueden llegar a ser de los mejores amigos”, afirma María Elena.
Con Rater le nació la idea a María Elena de abrir una especie de casa de refugio para los animales maltratados, abandonados o que no han tenido una educación adecuada y por tanto la sociedad los ve como un peligro. Fue así como comenzó a recoger animales para curarlos y reeducarlos.
UNA CUESTIÓN DE FAMILIA
El hermano menor, Arturo Solórzano, de 18 años de edad, se ha convertido en un cómplice de María Elena, porque le ayuda en la alimentación y en el entrenamiento de los animales. Arturo también está estudiando veterinaria.
La finca del papá se ha convertido en el refugio de los animales, que lleva el nombre de Centro de Rehabilitación Pitbull, y la hermana, de nombre Keilly, también es veterinaria y se presta para ayudarle a atender a los animales cuando María Elena está ocupada trabajando en su clínica.
En total son 14 perros los que actualmente están siendo tratados en el centro de rehabilitación. La idea de insertarlos en un hogar ha afectado hasta al novio de María Elena, de nombre René. “Al principio a él no le gustaban los animales, ahora ya me adoptó dos, un pitbull y uno de la calle”, dice María Elena, quien agrega que su novio también la acompaña cuando tiene que ir a atender a un animal ya sea a la finca del papá o a una casa particular.
LA IDEA ES QUE SIRVAN A LA COMUNIDAD

Doña Olimpia Solórzano, tía de María Elena, le tiene horror a los pitbull, especialmente a Johnny, un enorme perro pitbull con fauces que dan miedo pero que según María Elena es llevado a las escuelas de niños de preescolar y primaria. “Él se acuesta y deja que los niños lo toquen”, asegura María Elena, quien explica que tanto Johnny como Rater y Bombera servirán de ejemplo para que la gente se dé cuenta de que los pitbull no son perros de pelea
Bombera fue encontrada por Arturo cerca de la delegación de los bomberos de La Villa, Granada, y por eso lleva ese nombre, aunque se le conoce también como Gringa. Bombera estaba muy delgada cuando fue encontrada por la “persona ideal”, dice María Elena, su hermano Arturo. Andaba vagando por las calles y ellos no tuvieron corazón para dejarla sin protección.
Honey, otra perra pitbull, estaba entrenada para peleas, tanto así que sus exdueños le cortaron las orejas, solo le dejaron un “tronquito” para que los perros rivales no se le agarraran de esa parte tan sensible del cuerpo.
Pero María Elena y sus “aliados” no solo tratan a perros pitbull, sino de cualquier raza, inclusive a la gata Spoty, cuya dueña extranjera se suicidó. Algo que le llamaba la atención a María Elena es el trato que su exdueña le daba a Spoty. Y es que, según la veterinaria, los granadinos han venido aprendiendo a valorar a los animales por el ejemplo de los extranjeros que allí residen, ya que los foráneos denotan un gran amor y respeto por todos los animalitos. “Los extranjeros no me piden un tipo de raza para adoptar, ellos solo me piden un perrito, no importa sin son callejeros”, dice María Elena.
Además, la idea final del proyecto de María Elena es lograr que los animales puedan servir a la comunidad de diferentes maneras. Por ejemplo, explica, está planeando llevar a los perros a un hospital porque está demostrado que algunos enfermos pueden mostrar mejoría cuando entran en contacto con los animales.
También espera llevar a los animales a las escuelas porque considera que la generación actual muy difícilmente cambiará su actitud frente a los animales. Por ejemplo, a la tía Olimpia jamás la va a convencer de que Johnny puede ser amigo de ella. Pero los niños sí pueden ser educados desde ya para que aprendan a amar a los animales y a que sean conscientes de la responsabilidad de tener una mascota.
“Se va avanzando en este sentido. Antes la gente no llevaba a sus animales a un veterinario, ahora esto está cambiando. Antes la gente le daba de comer cualquier cosa a sus mascotas, ahora ya buscan los concentrados para animales”, señala María Elena.
Un nuevo proyecto que está iniciando es construir jaulas adecuadas para los animales, que brinden todas las condiciones, pero la situación no es tan fácil porque el costo de cada jaula ronda los dos mil dólares.
Para poder alimentar a los animales, el centro de rehabilitación sobrevive de las donaciones.
UNA VIDA DEDICADA A LOS ANIMALES
El amor por los animales le vino a María Elena desde muy pequeña. A los 3 años de edad tuvo su primer perro y casi en ese mismo tiempo su primer caballo. En una Navidad ella le pidió a Papá Noel que le regalara un caballo y su papá, Arturo Solórzano, quien es zootecnista, metió un caballo por el garaje de la casa y cuando María Elena despertó ahí tenía a su animal. “Dicen que no paré de andar en el caballo toda la noche”, recuerda la joven, quien desde muy temprana edad también aprendió a ordeñar.
De tanto estar rodeada de vacas, caballos, perros y otros animales de finca, fue creciendo en ella lo que hoy es su gran pasión: la medicina veterinaria. Se graduó de veterinaria en la UCC y ya tiene su propia clínica. “Nunca se me ocurrió estudiar otra cosa que no fuera medicina veterinaria, porque siempre he estado en contacto con animales”, afirma esta mujer a quien también se le puede ver montando a caballo en festividades religiosas o de la comunidad.
María Elena muchas veces no cobra las consultas a los dueños de los animalitos pacientes, especialmente si son personas de escasos recursos o “carretoneros”. La alimentación y las medicinas son gratis para ellos.
Además, la finca de su papá, ubicada en La Villa, siempre en el departamento de Granada, María Elena la tiene convertida en un centro de rehabilitación para animales maltratados, abandonados o que han sido sometidos a peleas callejeras.
El mayor premio que ha recibido María Elena, según cuenta, es ver como sus perros han cambiado. Johnny antes no podía estar cerca de un caballo o de una vaca, pero ahora ya los tolera. “Lo que le faltaba era una buena educación”, dice la veterinaria.
“Es cierto que mi vida se ha visto afectada, pero son mis animales. Soy una joven normal de 26 años, que me gusta salir, pero la mayoría de mi tiempo yo se los dedico a mis animales, aunque la gente me diga loca”, expresa.
Mientras sale a la calle con Johnny, María Elena expresa una última reflexión. “Es cierto que hay niños que necesitan ayuda, pero hay organizaciones que se dedican a eso, pero de animales no hay muchas. Además, yo soy veterinaria”, dice sonriendo, aunque aclara que si hay que ayudar a un niño, también lo hace.
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