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Y EL GANADOR ES…
En la última pelea del “Chocolate” González, el cronista deportivo Enrique Armas, y ahora oficialmente vicealcalde de Managua, se lamentaba porque consideraba que el nica había perdido el combate ante el bravo púgil mexicano que tuvo de rival. “Hombre Chocolate”, se decía desconsolado. Sin embargo, los jueces, unánimemente y por una diferencia de varios puntos, vieron ganar a González. Y la reacción de Armas fue: “Si los jueces vieron a ganar al ‘Chocolate’, ganamos. ¿¡Acaso somos dundos!? Bastante nos han robado ellos en otras ocasiones”.
PERDER Y ROBAR
Mi intención en este espacio no es debatir si ganó o perdió el “Chocolate”. No viene al caso. Estoy seguro que la gran mayoría de nicas, sino todos, queríamos que ganara el “Chocolate”. Ese no es el punto. Mi tema es esa actitud de alguien que, suponiendo perdida una pelea, celebra y considera legítimo un triunfo que a su criterio, y en esa ocasión, se lo daban los jueces. Una cosa es ganar limpiamente, lo cual nos llena de orgullo, y otra perder y que el juez te dé el triunfo, lo cual si fuese el caso debería al menos avergonzarnos. Y esto podría ser una simple anécdota deportiva que no merece mayor análisis. No. Es una actitud que trasciende. Muchas personas, desgraciadamente, consideran que perder y robar es lo mismo que ganar.
POLÍTICA DE ESTADO
Miren nomás tamaño descaro el del Consejo Supremo Electoral. ¿Cómo es posible que entreguen como ganada la Alcaldía de Nueva Guinea al candidato del Frente Sandinista cuando no hay forma matemática de demostrar que la ganó. Y, al contrario, es fácil demostrar que la perdió. Así vemos que la actitud de Enrique Armas de “si perdimos y nos la robamos está bien ganada” es una actitud de Estado, en la cual participan activamente desde el Consejo Supremo Electoral, hasta la Policía y el Ejército. De tal forma que el sistema electoral de Nicaragua funciona más o menos así: usted puede perder aunque tenga la mayoría de votos, y si protesta ahí estará la Policía para garrotearlo, y al final, aunque no cuadren las cifras, el CSE lo declarará perdedor.
GARROTE Y ZANAHORIA
Dice la comisionada Aminta Granera que la Policía lo único que hace es cuidar que los grupos políticos enfrentados no choquen entre sí. O exhibe una ingenuidad mayúscula la comisionada o nos quiere dar atol con el dedo. Para cualquier nicaragüense, con la excepción de doña Aminta, es común ver que la Policía y las turbas del orteguismo actúan juntas contra los opositores que protestan. Hasta fotos se han publicado en este Diario donde civiles armados participan junto con altos jefes policiales como si fuesen alguna autoridad. Pero hay más pruebas. La Policía aplica un doble rasero. Garrote y Zanahoria. Bastaría que la comisionada haga el recuento de quiénes son los presos y los garroteados que tiene la Policía para que sepa a cuál de los bandos le toca la zanahoria y a cuál el puro garrote.
TARIMA PARTIDARIA
Que un presidente invite a sus antecesores de diferente signo a celebrar una victoria nacional me parece un buen gesto aquí y en la Conchinchina. Supongamos que por esta vez, los Bolaño, Alemán, Montealegre y demás podían hacerse de la vista gorda sobre la calidad inconstitucional de su anfitrión. Supongamos que podían ignorar por un rato que mientras celebraban en Managua el triunfo del derecho internacional, en Nueva Guinea garroteaban a los que reclamaban por sus derechos como ciudadanos nacionales. Lo que no pueden obviar de ninguna forma, porque lo tenían frente a sus narices, es la tarima saturada de banderas rojinegras donde subieron. Y así, solo por ese hecho, se transformó en partidario un evento que debió haber tenido un solo color: el azul y blanco. Bastaba llegar, no subir, y explicar cortésmente su protesta, para mostrar un poco de dignidad.
GATOS BRAVOS
En la reacción gubernamental colombiana al fallo de La Haya hay más teatro que sustento. Si se revisa bien la sentencia, la Corte botó casi todos los argumentos de Nicaragua, pero encontró una repartición del mar tan desproporcionada que no tuvo más remedio que entregarle, al menos, un pedazo del océano que Colombia se había hecho gato bravo por más de ochenta años.
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