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Cleptómano
Esta es la historia de un ladrón. De saco y corbata. Gerente de un banco, digamos. Que a través de un elaborado andamiaje, poniendo a gente de su confianza en toda la estructura del banco, colocando a reconocidos pillos en la junta directiva y apropiándose de todas las llaves de las cajas fuertes, logra desplumar la empresa que le encomendaron administrar. Ahí va cargando con los millones y millones, y al salir, como es tan, pero tan ladrón, se pone en evidencia robándole la pana de enchiladas a la señora que vende en la esquina. No porque la necesite, sino porque es un ladrón compulsivo.
Incomprensible
¿Cómo explica usted que el Frente Sandinista, habiéndose quedado con más de 130 alcaldías a través de este su Consejo Supremo Electoral, en unas elecciones que eran tigre suelto contra burro amarrado, todavía le arrebate las poquitas y poco importantes alcaldías que sus adversarios lograron a duras penas ganar? O sea, ¡se llevaron la pana de enchiladas con todo y chilero también! ¿Qué necesidad tenía de ponerse en evidencia con esas pocas alcaldías cuando ya hasta le habían reconocido como suyo el gran botín que había conseguido a través de ese sistema corrupto que con trabajo de filigrana ha logrado armar pieza por pieza durante tantos años? ¿Hay alguna lógica en ese descaro o solo es una actitud compulsiva que no puede controlar?
Carniceros
Lo que sí queda claro es que estos señores están listos para todo. No hay escrúpulos ni vergüenza. “Dígannos a quién hay que matar?”, dicen siempre, porque para eso fueron entrenados. Ni siquiera son mafiosos finos. Actúan como carniceros. Y así, contra toda lógica matemática dicen que tal Alcaldía la ganó quien ellos quieren que la gane, aunque las actas den otros números. Y los despojados presentan sus cuentas claras, pero ellos, cubiertos de sangre y con el cuchillo todavía en la mano, dicen que ganó otro y en su arrogancia sienten que ni siquiera tienen que demostrarlo. Ganó y punto.
Advertidos
Y uno podría decir, se los dijimos. Así nadie puede competir. Que qué sentido tenía participar en unas votaciones donde los votos no se cuentan. Y sé que hay mucha gente bienintencionada que participó y fue a depositar su voto a sabiendas que al final están estos señores, los carniceros, pues. Y decían que no se les podía dejar votando solo porque “ya vieron lo que pasó en Venezuela, donde Chávez se quedó con todo porque la verdadera oposición no participó” y habíamos quienes decíamos que entre el árbitro electoral venezolano y el de acá hay una diferencia abismal, y que, sea como sea, Ortega se iba a quedar con las alcaldías que quisiera, que a los que decidieran participar solo les iba a quedar el color de haber legitimado como competencia lo que era un asalto a descampado.
Zancudos
Es que Ortega no es hombre de repartir. Si puede llevárselo, se lo lleva todo. Como Saddam Hussein o Trujillo, quienes ganaban elecciones con el ciento por ciento de los votos. Tanto así que ni una sola Alcaldía de consolación les dio a sus amigos, los partidos zancudos que parió y crió para que le hicieran bulto y le entregaran los cupos que él les asignaría como si fueran partidos de verdad. Ni una Alcaldía. Ni siquiera tuvo la cortesía de hacerles cuadrar los votos para que no quedaran con el trasero desnudo expuestos al aire, al obtener menos votos que los candidatos que tan alegremente inscribieron.
Adivinanza
¿Quiénes son los zancudos? Algunas pistas. No pasan de cuatro caras conocidas. Pululan alrededor de los medios de comunicación, principalmente en temporada preelectoral. Son los primeros que presentan sus listas de candidatos, fiscales y funcionarios electorales. Presumen de miles de militantes que nadie conoce. Se mantienen vivos por respiración artificial, ya que nunca han sacado más del cuatro por ciento de votos que la ley exige para existir. Ni los candidatos, ni los fiscales ni los funcionarios que dicen tener votan por ellos. Y después de las elecciones se meten en un cumbo para evitar dar estas explicaciones. Adivina adivinador
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