Eduardo Enríquez

Nuevo liderazgo pero de abajo hacia arriba

El sistema electoral nicaragüense colapsó el domingo. Millones no salieron a votar porque no creen que los resultados que dan a conocer los magistrados de facto del Consejo Supremo Electoral (CSE) reflejan la voluntad popular.

Pero además, miles de los que se animaron a votar ni siquiera se encontraron en el padrón de sus Juntas Receptoras de Votos, también hubo doble y triple voto a favor del orteguismo, “candidatos” que están muertos desde hace años, y partidos satélites que según el CSE llenaron “el 99 por ciento de las listas de candidatos” para alcalde y concejales pero que en algunos municipios solo aparecen con un voto, o sea que ni los propios candidatos votaron por ellos mismos. ¿Quién puede dar credibilidad a ese proceso?

Lejos de que este colapso represente un fracaso para el CSE o para el presidente inconstitucional Daniel Ortega, en realidad es un éxito. Eso, que la gente dejara de creer en el sistema electoral, era lo que querían. Anoche el inconstitucional dio otro paso en el proceso de consolidación del estado fascista que ha construido al decir en un discurso que “las elecciones dividen a los pueblos”.

A contrario sensu, los gobiernos absolutistas como el que él tiene unifican a los pueblos. No está muy lejos de la verdad, tarde o temprano terminan por unificarlos en contra del tirano. Pero para que eso suceda tienen que pasar varias cosas.

Entre esas cosas está que exista una oposición fuerte, ¿qué es eso exactamente? Para mí es una oposición que tenga legitimidad y que ofrezca propuestas claras para solucionar los problemas que afligen a los ciudadanos. Esa legitimidad será la fuerza que permita exigir que se le devuelva el valor al voto.

Después de los resultados falsos y fraudulentos del domingo la oposición ha comenzado a hablar de renovar el liderazgo. Yo creo que más que renovarlo lo que se necesita es legitimarlo, y este proceso debe empezar abajo y debe ir construyendo su legitimidad hacia arriba. Con esto quiero decir que el partido que aspire a aglutinar el descontento de esos millones que no votaron y esas decenas de miles que votaron en contra del régimen debe establecer reglas claras para que cada líder local salga del respaldo de la población y no de la cercanía al líder nacional.

Esto implica un cambio de mentalidad. Los actuales dirigentes políticos tienen que aceptar y asimilar la posibilidad de que al final de un proceso interno realmente democrático, ellos mismos queden fuera de las estructuras partidarias.

La reestructuración es un proceso largo y complejo que incluye, pero no se limita a entregar la organización de elecciones primarias a personas independientes, serias y comprometidas con un proceso limpio y de reglas claras. Si queremos eso para las autoridades electorales nacionales ¿no es acaso lógico que lo pidamos para las autoridades electorales de un partido que se llama democrático?

Las personas a cargo de estas primarias deberían organizar el país en distritos, digamos 70, lo que coincide con el número de diputados departamentales. Una vez hecho esto se empezaría a elegir dirigentes de entre los afiliados. Primero por barrio, luego por distrito, luego por departamento y hasta después a nivel nacional. Insisto, este proceso debe contar con reglas claras de lo que se puede y no se puede hacer. Reglas que se deben aplicar a todos los candidatos a todos los niveles.

Si es un proceso limpio y claro, cada dirigente que vaya saliendo contará con el legítimo respaldo de sus correligionarios, a quienes tendrá que justificar sus actos si desea mantenerse en esa posición o subir al siguiente nivel. Recordemos y estemos claros que los actuales dirigentes, sean parte de la estructura o no, pueden no llegar al final de este proceso pero tienen que aceptarlo si el calificativo de “demócratas” es más que un simple mote para ellos.

¿Para qué organizarse en un partido en un país donde el sistema electoral ha colapsado?, precisamente porque solo un partido organizado puede exigir de manera cívica la revalorización del voto.

Mucha presión tiene que haber para lograr que el régimen revalorice el voto y esa presión se ejerce en la calle. Y solo se puede tener la capacidad de animar a la gente a que salga a la calle con un liderazgo legítimo que comprenda y se identifique con las necesidades y carencias de la gente y que le proponga soluciones coherentes.

¿Suena como un trabajo largo, complicado, caro y agotador? Lo es. Por otro lado está el ya gastado camino de la unidad de cúpulas partidarias huecas, que nos va a regresar al mismo lugar donde estamos.

Columna del día Opinión
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