A lo largo de la actual campaña electoral estadounidense poco se ha discutido sobre cómo detener o reducir el imparable flujo de inmigrantes entrando ilegalmente por la frontera sur. Ambos candidatos han presentado diferentes versiones enfocando el problema a lo interno, pero ninguno realmente ha “puesto el dedo en la llaga”, limitándose únicamente a proponer soluciones con propósitos electoreros y solo orientados a resolver el problema del indocumentado ya radicado en el país.
A excepción de una corta afirmación del gobernador Romney en el último debate alegando que era necesario darle más atención a América Latina por ser un aliado natural dada su afinidad cultural, ubicación geográfica y husos horarios similares, la problemática de la región en general y del influjo de indocumentados en particular fueron olímpicamente ignorados.
Ni el políticamente oportunista Decreto Ejecutivo del Presidente Obama relacionado con el “Dream Act”, ni la irrealizable “Auto Deportación” del gobernador Romney se fueron al meollo del problema, el que patentemente debe ser defender, apoyar y promover las jóvenes democracias para a su vez lograr el indispensable y mutuamente conveniente desarrollo sostenible en la región. Otras medidas podrán paliar la crisis interna, pero tal como sucedió con la amnistía otorgada por el presidente Reagan en 1986 legalizando a casi tres millones de indocumentados, más temprano que tarde el influjo de indocumentados continuará imparable en busca de oportunidades no disponibles en sus respectivos países.
Las evidencias abundan sobre el hecho de que cuando en un país se fortalece la democracia, se protege el Estado de Derecho, se educa a la población y se promueve el libre comercio, el país prospera, crece el empleo, se amplía la clase media (consumidores) y consecuentemente la población activamente laboral no tiene por qué aventurarse a tierras extrañas. Si no veamos como la emigración a los Estados Unidos por parte de chilenos, costarricenses y uruguayos, países con larga trayectoria democrática, es abrumadoramente menor que la de Venezuela, Cuba, Nicaragua, Bolivia, Ecuador y Argentina por ejemplo.
Lamentablemente la política exterior del presidente Obama hacia Latinoamérica, consistente con su fallida doctrina de apaciguamiento, ha sido irresoluta, de casi indiferencia y hasta de complacencia con gobernantes autoritarios como Chávez y sus compinches del Alba, incluyendo a Cristina Fernández en Argentina. Entretanto, estos continúan manoseando constituciones y prostituyendo instituciones, convencidos que Obama, enfocado en regiones de mucha más relevancia geopolítica (Europa, Irán, Israel, etc.), no tiene el apetito político para involucrarse más allá de esporádicos reproches diplomáticos y una que otra intrascendente medida punitiva.
La asistencia bilateral que el expresidente George W. Bush puso en práctica durante su Administración es un buen modelo para el próximo ocupante de 1600 Pennsylvania Ave. Proyectos como The Millennium Challenge Corporation (MCC) y tratados de libre comercio como los negociados y aprobados para Centroamérica/República Dominicana, Chile, Perú, Colombia y Panamá (estos dos últimos opuestos por Obama, pero finalmente aceptados a regañadientes), son proyectos cuyos beneficios económicos y sociales no se discuten.
En cualquiera de esos ejemplos, sobre todo el MCC, el paradigma asistencialista tradicionalmente adoptado por los Estados Unidos ha sido transformado en uno en donde los países deben demostrar su capacidad administrativa, transparencia y de respeto a las leyes para merecer la ayuda norteamericana o para participar en una asociación comercial mutuamente beneficiosa.
Muy pronto sabremos quién ocupará la Casa Blanca por los próximos cuatro años y quienquiera que sea, esperemos sepa apreciar y aprovechar las grandes oportunidades que una próspera y auténticamente democrática Latinoamérica ofrece. Llegó la hora de la región ser tomada en serio y no como el aliado siempre disponible que no necesita atención para mantenerse como tal.
El autor fue Cónsul de Nicaragua en Miami.
Ver en la versión impresa las páginas: 10 A