Por: Juan Carlos Ampié
Regreso de vacaciones para descubrir que la mejor película de ciencia ficción de los últimos años languidece desatendida. Entre una cartelera cargada de estrenos de alto perfil y la avalancha de atención al agente 007, Looper apenas permanece en una solitaria pantalla del Cinemark. Dele un chance. Pero eso sí, apague el teléfono y ponga atención. En este thriller futurista el que chatea, se pierde.
Estamos en el año 2044. El negocio del sicariato se ha diversificado en el tiempo y el espacio. Unas décadas en el futuro, en el 2074, el viaje por el tiempo es una realidad. Aunque es ilegal, el rey del crimen lo emplea para deshacerse de sus enemigos. Los envía al “pasado” —es decir, al 2044— donde un sicario los espera para ejecutarlos y deshacerse del cadáver. De vez en cuando, para atar cabos, “cierra el ciclo”, es decir, manda al propio sicario viejo, para que él mismo, joven, mate a su “yo” del futuro. Así, desaparece el cuerpo del delito, el autor material y cualquier enlace entre los muertos y el autor intelectual. Joe (Joseph Gordon-Levitt) es uno de los matones más eficientes. Hasta que un día se enfrenta a sí mismo, avejentado, como Bruce Willis. Justo antes de ejecutarlo, su “yo” veterano le propina un golpe y escapa. Perseguirse a uno mismo para matarse es más difícil de lo que uno creería.
Articular una historia lineal introduciendo variables de tiempo siempre es difícil. Los agujeros de trama se abren con abandono. Creo que Looper los sortea con buen suceso, aunque la trama es tan densa en evento y detalle, que es difícil asegurarlo. Por lo menos, mientras se mueve, la película es convincente. Es admirable cómo hasta los personajes secundarios son bien caracterizados y dotados de su propio arco dramático. Tome nota de Kid Blue (Noah Segan), mafiosillo de poca monta desesperado por complacer a Abe (Jeff Daniels), el jefe criminal del 2044. O Seth (Paul Dano), colega de Joe que pierde el control al tratar de matarse a sí mismo. Su confesión desesperada incluye una conmovedora memoria de la infancia. Son momentos como ese, inesperados, los que enriquecen la película.
Buena parte del éxito de estas películas futuristas depende de cuán convincente son sus visualizaciones de la tecnología por venir. El director Rian Johnson es apropiadamente conservador. La película se divide entre un ambiente urbano y otro rural. Cuando la acción se traslada a una granja, donde habita la solitaria Sara (Emily Blunt) y su curiosamente maduro hijo (Pierce Gagnon), vemos pequeños destellos de avances plausibles —¡un robot fumigador—. Cuando de especular se trata, menos siempre es más. Pero lo mejor de la película está en la voluntad del director de adentrarse en territorio moralmente complicado. Eso, sumado a la riqueza de sus personajes, hace de Looper una genuina sorpresa. En comparación, la reciente “Total Recall” (Len Wiseman, 2012) pone en evidencia su esterilidad creativa y falta de humanidad.
Sin embargo, Johnson toma una decisión creativa problemática. El rostro de Gordon Levitt es alterado con maquillaje para parecerse físicamente a Willis. Con los ojos entrecerrados y los labios disminuidos parece víctima del botox. Para los que estamos familiarizados con la verdadera fisonomía del joven actor, y con la carrera de Willis, el efecto puede ser una distracción innecesaria. Tuve que hacer un esfuerzo por ignorarlo. Pero estoy seguro de que estoy en minoría. Aún con ese detalle, Looper brilla a años luz de los habituales filmes de acción y ciencia ficción. Merece ser un éxito de taquilla.
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