Ayer por la mañana me enfrasqué en un breve pero intenso debate por Twitter con la colega Amalia Morales (@amaliambulante en esa red social), luego que ella “tuitiara” lo que después me dijo había esperado que fuese “un grito solitario”.
El “tuit” de Amalia decía: “A las puertas del gran simulacro electoral, da #pesar la plata que se bota y que tanta falta hace para otras cosas, un hospital por ejemplo”.
Yo no pude evitar la tentación de contestar a Amalia, una periodista inteligente, talentosa, quien para mí se encuentra entre los cinco colegas que mejor manejan la crónica y el reportaje en este país y que además tiene la cualidad de poder hilvanar interesantes reportajes o elaborar entretenidas crónicas sobre temas que a la mayoría de nosotros se nos pasarían por alto.
Al leer su “grito”, inmediatamente le contesté: “@amaliambulante, pensamiento peligroso. Pidamos verdaderas elecciones. En Cuba, dicen, abundan hospitales y la gente sale desesperada de ahí”.
El intercambio duró unos cinco o seis “tuits” más de ida y regreso en el que ella me expresaba cómo el voto no había solucionado aquí ninguno de nuestros graves problemas. Amalia tiene razón. La oportunidad que los nicaragüenses nos abrimos en 1990 simplemente la desperdiciamos, pero eso no quiere decir que sea culpa del sistema.
El sistema republicano de gobierno que tiene como principal característica la gobernabilidad democrática y el equilibrio de los poderes para evitar el establecimiento de la siempre amenazante tiranía funciona y lo vemos en muchos ejemplos cercanos y lejanos en el tiempo y el espacio.
Debemos exigir un sistema republicano de gobierno, fuerte y efectivo, no rechazarlo porque no lo supimos aprovechar.
Si bien como ciudadanos debemos exigir buenos hospitales, abastecidos y equipados, llenos de médicos y enfermeras capacitados para que nos ayuden a recuperar la salud cuando la tengamos quebrantada, igualmente debemos exigir sistemas electorales saludables, fuertes, independientes y transparentes para que la voluntad popular se vea reflejada y respetada.
Pero no solo se trata de tener un sistema electoral creíble, que aquí ha sido destruido. Se trata de tener un sistema judicial confiable, una representación parlamentaria que responda a los intereses de los ciudadanos y que cumpla con su deber de fiscalizar al poder ejecutivo. Una Contraloría que se asegure que los recursos de los impuestos que pagan los ciudadanos son usados eficientemente y un ejecutivo que cumpla con las promesas que le hizo al votante y que entregue el poder de acuerdo a lo establecido en la Constitución Política.
Aquí nada de eso existe y por eso la frustración de Amalia y de millones de nicaragüenses es comprensible. Pero no podemos caer en la tentación de echarle la culpa de ese fracaso a las elecciones y proponer que sería mejor invertir ese dinero en obras como hospitales, escuelas, mejores salarios para los maestros o más nutrición para los niños.
Todas esas necesidades las debe satisfacer el Estado con los impuestos de los ciudadanos, pero la única manera en que se puede garantizar que son satisfechas es con el funcionamiento del sistema que le da el control al ciudadano. Ese es el sistema republicano de gobierno.
Es cierto que mucho se podría ahorrar si eliminamos las elecciones y cerramos el parlamento, las cortes o la Contraloría porque de todas maneras no funcionan y dejamos que un solo individuo, o una pareja, sean señores de horca y cuchillo, pero eso lo único que garantiza es la entronización de la tiranía.
En Nicaragua estamos entrando en esa etapa, pero no es rechazando las elecciones que vamos a hacer retroceder al tirano sino al contrario, es votando, pero no solo votando sino exigiendo que las elecciones sean limpias y que todo el sistema funcione. Hay que exigir eso una y otra vez. Echarle la culpa al sistema y rechazarlo solo nos deja con la alternativa. Y ese es el sueño dorado del tirano.
Así que mañana hay que votar y también hay que protestar hasta que las cosas se hagan bien.
Ver en la versión impresa las páginas: 10 A