Por esta vez dejaré la mitología a un lado, aunque ni tanto, porque este artículo tiene que ver con las votaciones y en Nicaragua el derecho a elegir se ha convertido en un mito, o sea en algo ficticio, irreal e ilusorio.
Según los expertos en derecho y sociología electoral, la persona tiene cuatro motivaciones fundamentales para votar: la conductista, la racional, la cultural y la estructural.
La razón conductista es la respuesta del individuo al mensaje político que recibe en la campaña electoral. La racional es la evaluación que hace la persona de las ventajas y desventajas de votar por una u otra opción electoral, en relación con sus intereses particulares. La cultural es el conjunto de factores históricos, familiares y asociativos que crean en el ciudadano el hábito de votar y, además, lo inducen a hacerlo en un determinado sentido. Y la razón estructural es la que deriva del estatus social y del contexto económico y social en el cual vive y se desenvuelve el ciudadano.
Pero en mi caso hay otra razón muy importante para votar. Me refiero a la voluntad personal. O sea que voto porque me da la gana hacerlo y porque independientemente del sistema electoral imperante, tengo la facultad de disponer de mi voto como quiera, incluso no utilizarlo si eso es lo que quiero, o sea abstenerme.
En relación con las votaciones municipales de este domingo 4 de noviembre, muchos dicen que no hay que votar: porque no serán elecciones limpias, porque el árbitro electoral es ilegítimo y corrupto, porque igual que en 2006, 2008 y 2011, esta vez tampoco se respetará la voluntad de los votantes. Incluso, los abstencionistas más ardientes aseguran que quienes vayan a votar el 4 de noviembre serán zancudos chupa sangre, vendidos, tontos útiles (o inútiles), sujetos incapaces de discernir que ese día se votará pero no se elegirá pues los que van a “ganar” ya fueron designados por el dedazo del Gobierno. Los res
ultados ya están, dicen, solo falta la “elección”.
A pesar de todo eso yo sí voy a votar. Doy la razón a los abstencionistas en cuanto a que el árbitro electoral es corrupto, que no merece confianza y debería estar en la cárcel en vez de organizar elecciones. Concuerdo con quienes aseguran que en la mayor parte de los municipios, los resultados del domingo 4 de noviembre ya fueron decididos de antemano en el cuartel central del FSLN y de Daniel Ortega. Comparto la opinión de que en la mayor parte del país se va a poder votar, pero no se podrá elegir.
Sin embargo, voy a ir a votar. Primero porque esa es mi soberana voluntad. Segundo porque votar es un derecho personal que nace de mi naturaleza humana y de mi condición de ciudadano, no es un regalo o una concesión del Gobierno, ni de los partidos políticos, ni de la sociedad civil, ni de nadie.
Precisamente porque el voto es mío y de nadie más, solo de mi voluntad depende votar o no votar. Y como creo que el derecho que no se usa se pierde, para no perder mi voto iré a votar por el candidato que yo quiera o me parezca más digno. O quizás no votaré por ninguno, sino que anularé mi voto poniendo en la papeleta el insulto que más se merecen los árbitros electorales tramposos. O pondré en la boleta la letra D de democracia, o esta palabra entera, como hacen muchos en Cuba donde igual que aquí también se vota pero no se elige.
En fin, como mi voto es mío, iré a votar para hacer con mi voto lo que se me antoje y no le daré gusto a quienes quieren que renuncie a mi derecho a votar.
El voto es mío y solo de mi voluntad depende votar o no votar. Y como el derecho que no se usa, se pierde, para no perder mi voto iré a votar por el candidato que yo quiera. O quizás no votaré por ninguno, sino que anularé mi voto poniendo en la papeleta el insulto que se merecen los árbitros electorales tramposos. O pondré la D de democracia, o la palabra entera, como hacen muchos en Cuba donde igual que aquí también se vota pero no se elige.
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