Araíz de mi artículo del lunes pasado, sobre la fe que muestran los ateos al creer en cosas no demostradas, un lector me escribió afirmando que “la religión es una de las causas principales de guerra y destrucción en la historia”. Pensé a abordar este tema porque alude a una verdad muy importante: que las ideas tienen consecuencias; algunas las han tenido desastrosas, otras maravillosas. Es importante, por tanto, descubrir y promover las buenas. La salud social y política de la nación y la humanidad depende, en buena parte, de la dosis de buenas ideas compartidas por sus habitantes.
¿Es la religión mala para la salud social, como cree dicho lector? Los estudios histórico-sociales, sin necesidad de juzgar la validez filosófica de las ideas, pueden ilustrar sus consecuencias. Hacerlo requiere, de entrada, evitar las generalizaciones; el meter todas las religiones en el mismo saco. Las creencias religiosas de Osama Bin Laden lo llevaron a matar a miles de inocentes, pero las de Madre Teresa de Calcuta la llevaron a salvar a miles de menesterosos. Es mejor ser específico y preguntar: ¿Qué clase de religión ha mostrado tener mayor influencia positiva o negativa?
Dicho sea de paso, conviene recordar que las guerras del siglo XX —quizás las más destructivas de todas— no fueron de religión sino conflictos atizados por intereses imperiales e ideologías ateas; el marxismo y el nazismo.
La buena indagación histórica requiere también evitar los prejuicios que como linternas iluminan hechos que se quieren resaltar pero dejan en la oscuridad a los que prefieren ignorar. Los detractores del cristianismo, por ejemplo, gozan al señalar las guerras de religión europeas, las cruzadas y la inquisición, sin tomar el considerable papel que jugaron en su génesis factores no religiosos, sino socio-políticos. También erran al implicar que las actuaciones de sus protagonistas fueron consecuencia de su doctrina y no desviaciones de la misma. Así como hay actuaciones terribles, que son consecuencia directa de un credo, como cuando un musulmán, siguiendo la letra del Corán, mata a un infiel, hay otras que son desviaciones, como cuando un cristiano, contraviniendo el evangelio, ejerce la venganza.
Los detractores usan también la doble vara de medir: la severidad con que juzgan los innegables abusos de la inquisición española del siglo XVI, suele estar ausente ante los crímenes masivos, y sin juicio, de las inquisiciones modernas; desde el terror jacobino de la revolución francesa —que en meses triplicó lo que la inquisición mató en siglos— hasta los genocidios comunistas en pleno siglo XX.
Finalmente, los prejuicios ciegan. Muchos no ven cómo el cristianismo contribuyó a dignificar la vida humana oponiéndose a las costumbres romanas de los duelos gladiadores, el infanticidio, el aborto y el abandono infantil; o cómo igualmente dignificó la vida familiar y la moral sexual, multiplicó las obras de caridad fundando los primeros hospitales, asilos y orfelinatos, o cómo salvaguardó la cultura y originó las primeras universidades, fomentó las ciencias, las artes y el discurso racional, o cómo fue una influencia decisiva en desterrar la esclavitud cuando cantidad de pensadores seculares modernos, como Hobbes, Locke, Voltaire, y Montesquieu, la defendían.
Ante estos y muchos otros hechos, historiadores seculares como Alvin Schmidt han concluido que “Ninguna otra religión, filosofía, enseñanza o movimiento, ha cambiado el mundo hacia lo mejor, como lo ha hecho el cristianismo; sus fallas han sido abrumadoramente superadas por los beneficios que le ha deparado a la humanidad”.
Arturo Cruz S. ha señalado que uno de los más graves problemas nacionales es la “falta de densidad ciudadana”. ¿No habrá, a la par o debajo de ella, una falta de densidad cristiana?
El autor es sociólogo y fue ministro de educación 1990-1998.
Ver en la versión impresa las páginas: 11 A