Venezuela repitió la leyenda de Barrabás. Sea que el famoso personaje bíblico fuera un luchador nacionalista o un delincuente común, era como Hugo Chávez, una persona vinculada a revueltas y hechos sangrientos. El golpe de Estado en 1992 y los sucesos del 11 de abril una década después, así lo confirman. Allá nuevamente, una multitud manipulada por el miedo, el odio y las mentiras, eligió a un hombre violento frente a uno pacífico.
Chávez “ganó” falsificando la realidad y exacerbando temores imaginarios. No basó su campaña en un programa, sino en propagar una idea perversa de su adversario. Para sus adeptos, Capriles representó al imperialismo, a un perverso capitalista, oligarca, que con un plan “neoliberal” pretendía saquear al país y dejar a los pobres sin nada.
Kafka hubiera quedado boquiabierto frente al completo absurdo del argumento. El socialismo del siglo XXI existe gracias al capitalismo y al imperio. El 80 por ciento del petróleo venezolano va a parar al mercado estadounidense y Chávez siempre se frota las manos, cada vez que Wall Street anuncia un alza en los precios del crudo.
Mientras Chávez regala petróleo afuera, los venezolanos pobres sobreviven con las migajas de la corrupción, y la nomenclatura revolucionaria goza de la opulencia mal habida que el poder les brinda. El petróleo no solamente pudiera satisfacer las necesidades básicas del pueblo, sino sus condiciones óptimas de vida. Eso propone Capriles, apartarse del fracaso cubano y tomar nota del brasileño.
Desde Lenin, la ortodoxia comunista ha logrado desarrollar una inquebrantable sumisión dogmática en su feligresía. La torpeza de este mecanismo mental todo lo subordina a un objetivo supremo abstracto: “el socialismo”. A esta idea, que los fieles aceptan como un acto de fe, apeló Chávez: “Aquí no se trata de si se va la luz o hay problemas —dijo— aquí está en juego la construcción del socialismo”. Bajo esa lógica espantosa, cualquier crimen o sacrificio está justificado, porque lo que realmente importa es alcanzar “el socialismo”. Pero “la sociedad sin explotados ni explotadores” nunca llega. En su defecto se obtiene un extraño sistema igualitario que acaba con la libertad e impone una economía estatal precaria, donde se vuelven millonarios los jefes del partido y mendigos estatales de la mayoría de la población.
Los ideólogos del marxismo-leninismo no tienen explicación para países como China, porque los chinos para tener éxito terminaron haciendo todo lo contrario de lo que dicta el manual comunista en materia económica. Sin embargo, tienen una “brillante” excusa filosófica, para justificar la ruina de los países comunistas, que como Cuba viven en el fracaso perpetuo. La trampa de la impotencia es ingeniosa: si el socialismo es utopía, entonces es inalcanzable. El cineasta Fernando Birri la puso en el horizonte. ¿Para qué sirve la utopía? le preguntaron: “Si camino dos pasos ella se aleja dos pasos —contestó— si camino diez se coloca diez más allá, entonces sirve para eso, para caminar”. Cuba lleva más de medio siglo caminando, pero para atrás.
El espejismo democrático venezolano no va a durar mucho. A pesar del petróleo, las cifras del desastre socioeconómico de Venezuela son inapelables. Media nación votó contra el caudillismo, porque intuye que no es un modelo sostenible. El “triunfo” de Chávez simplemente confirmó una vieja sospecha: cuando una verdad es fácilmente aceptada por la mayoría como inapelable, generalmente es un error, porque la mayoría no tiene acceso a la educación y a la cultura.
El autor es psicólogo
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