Uno de los capítulos del libro Corazón de Ulises , del periodista y escritor español Javier Reverte, es titulado Para honrar a la mejor diosa . Reverte se refiere al Partenón, el majestuoso templo de la Acrópolis (la colina de la ciudad) de Atenas que fue erigido para el culto de Atenea Partenos, la diosa virgen cuyo nombre significaba “la reina del cielo” y patrocinaba la sabiduría y las artes.
En La Ilíada , Homero llama a Atenea “la de los brillantes ojos”. Supongo que con ese epíteto el gran poeta de la antigüedad griega no se refería solo a la belleza de los ojos de Atenea, que debe haber sido infinita, sino también y sobre todo al esplendor de la inteligencia y la sabiduría que ella simbolizaba. En realidad, no debe ser por casualidad que uno de los templos más imponentes e importantes de aquella Grecia incomparable, fuese precisamente el que se erigió para honrar a esa diosa que nació directamente de la cabeza del omnisapiente Zeus y por eso era tan sabia y patrocinaba la sabiduría. Como tampoco debió ser fortuito que su templo en Atenas fuese construido por disposición del mejor de los antiguos gobernantes griegos, Pericles, uno de los Siete Sabios de Grecia. Pericles definió el sistema de gobierno y de vida de la democracia en su emocionante Oración Fúnebre por los griegos caídos en la Guerra del Peloponeso, como se denomina al conflicto bélico que enfrentó a la Atenas democrática con la Esparta autoritaria, en los años 431 al 404 antes de nuestra era. El contenido de la oración democrática de Pericles se estudia hasta ahora y seguramente se estudiará siempre y se seguirá aprendiendo de ella, en todo el mundo democrático pero también en aquellos países gobernados por dictaduras de toda clase que, inevitablemente, tarde o temprano se terminarán y sus pueblos también se gobernarán de acuerdo con la democracia.
Siendo gobernante de Atenas, Pericles encargó a Fidias, quien era el más talentoso escultor de aquella época, la construcción del templo de Atenea y de esculpir su maravillosa estatua. Fidias contrató a los mejores arquitectos de Grecia, Ictinos y Calístrates, quienes proyectaron aquella obra que maravilló al mundo en su época y sus ruinas lo siguen maravillando hasta ahora.
El antiguo historiador Pausanias describió la majestuosa estatua de Atenea esculpida por Fidias, de la cual dijo que estaba “hecha de marfil y oro. En el centro de su casco hay una figura parecida a la Esfinge (un monstruo mitológico al que se representaba con cuerpo de león, cara de mujer y alas de pájaro) y a cada lado del yelmo hay grifos (monstruosas criaturas cuyos cuerpos en la parte inferior eran de león y la superior de águila, con plumas doradas, garras poderosas y un pico mortalmente afilado) en relieve… La estatua de Atenea es de pie, con una túnica hasta los pies, y sobre su pecho la cabeza de Medusa está tallada en marfil. Sostiene una Victoria de aproximadamente cuatro codos y en la otra mano una lanza; a sus pies yace un escudo y cerca de la lanza hay una serpiente. Esta serpiente podría ser Erictonio (hijo adoptivo de Atenea, el que nació del semen de Hefestos cuando este intentó violar a la diosa). Sobre el pedestal está el nacimiento de Pandora (la primera mujer de la humanidad, según la mitología griega) en relieve”, escribió Pausanias.
Todo eso y más se merecía Atenea, quien en efecto y sin duda era la mejor de todas las diosas.
Homero llama a Atenea “la de los brillantes ojos”. Supongo que con ese epíteto no se refería solo a la belleza de los ojos de Atenea, sino también y sobre todo al esplendor de la inteligencia y la sabiduría que ella simbolizaba. En realidad, no debe ser por casualidad que uno de los templos más importantes fuese el que se erigió para honrar a esa diosa que nació directamente de la cabeza del omnisapiente Zeus, y por eso era tan sabia y patrocinaba la sabiduría.
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