Por: Humberto Belli Pereira
Indudablemente, Martha Raddatz, moderadora del reciente debate entre los candidatos a la vicepresidencia de Estados Unidos, es una estratega fina en el arte de interrogar. Sabiendo que ambos eran católicos, les preguntó que definieran el papel que jugaba su religión sobre sus puntos de vista en temas públicos y luego que se pronunciaran sobre el aborto. Jaque mate: una pregunta difícil a candidatos cuya religión condena el aborto, pero inmersos en una cultura política amiga de la tolerancia, la diversidad y el individualismo.
El primero en contestar, el republicano Paul Ryan, expresó que dado que la vida comienza desde la concepción, el aborto no debe ser permisible, salvo en los casos de violación, incesto y riesgo para la vida de la madre. El segundo, el demócrata Joe Biden, coincidió en cuanto al inicio de la vida, pero añadió que no se sentía con derecho a imponer sus convicciones (religiosas) sobre quienes pensaran diferente, y que correspondía a cada mujer decidir qué hacer sobre su cuerpo.
Biden repitió lo que el también líder demócrata y católico, Mario Cuomo, expresó hace décadas en un aplaudido discurso en la universidad de Notre Dame: que en lo personal y como católico se oponía al aborto, pero que como ciudadano respetuoso de las diferencias de opinión, no podía imponer sus creencias a gentes de credos diferentes.
Estos razonamientos sobre la permisibilidad del aborto suenan culturalmente correctos y parecen conciliar elegantemente la filiación católica con el rol del político en las sociedades democráticas. Pero descansan en premisas falsas: la primera es pensar que es la teología, o la fe católica, la que afirma que la vida arranca desde la concepción.
La determinación de cuándo nace la vida intrauterina no es algo que han resuelto los filósofos o los teólogos sino los biólogos, a través de medios científicos: tras la fecundación del óvulo por el esperma surge un organismo distinto, con su propio DNA o estructura vital. A las pocas semanas ya tiene su corazón, cerebro y miembros.
La segunda falsedad es argumentar que la madre tiene derecho a disponer de su cuerpo, como que si la criatura en su seno fuera una parte de ella, y no, como enseña la ciencia, otro ser biológicamente distinto, con un DNA diferente y su propio sexo y tipo de sangre; un ser que está en ella, como huésped dependiente, pero que no es ella ni de ella, como lo es una muela. Cualquiera que haya palpado el vientre de una embarazada y sentido las pataditas del ser allí oculto, percibe la presencia de algo distinto a la madre; un niño o niña en formación, que en las personas normales suele despertar sentimientos de ternura y respeto.
El debate entonces no es sobre cuándo nace la vida sino desde cuándo la vida merece protección: ¿habrá que esperar que esa criatura indefensa salga del seno materno para reclamar el derecho a su cuido y protección? ¿Es moralmente indiferente deshacerse antes de ella, como si se tratase de un tumor o una muela averiada?
Estas consideraciones, que brotan de realidades biológicas, tienen consecuencias morales que ponen también en aprietos al republicano Ryan. Pues si se opone al aborto, porque este destruye vidas, ¿cómo justifica las excepciones? ¿Acaso el niño concebido tras una violación tiene menos categoría humana? Son preocupantes las inconsistencias lógicas de los candidatos, y más aún si estas proceden de la presión del electorado. Esto implicaría que en la nación más fuerte de la tierra existen serias fracturas de orden moral y racional. El autor es sociólogo y fue ministro de educación 1990-1998.