Eduardo Enríquez
Esta semana estuve departiendo con cuatro personas muy bien informadas, inteligentes, con gran experiencia en diferentes campos y hasta se podría decir que líderes en sus campos profesionales. Los cuatro me amonestaban por mi posición crítica al régimen.
Al menos a tres de ellos no se les puede tildar de orteguistas. Uno de ellos se autoproclama “chayista”. Todos coincidían en que las cosas van bien en el país.
Para respaldar sus argumentos citaban las cifras macroeconómicas que han sido positivas desde el 2010; el entendimiento que hay entre Gobierno, empresarios y sindicatos; lo bien que van las empresas, el movimiento del circulante, la tranquilidad, o lo que el régimen llama “la alegría de vivir en paz”, entre otras cosas.
En esa mesa yo era el insensato y, lo dijeron, el que tenía una actitud destructiva. Según mis detractores, yo formo parte de un grupo que “quiere destruir todo para después volver a construir”. Ellos, supongo, creen que se puede construir sobre lo que este régimen está haciendo.
No tengo interés de destruir nada ni a nadie, sin embargo, sí creo que lo que se está construyendo no va a ayudar en nada a la gente a salir de la pobreza y que tarde o temprano, por una razón u otra, se va a desplomar, de manera estrepitosa, violenta y volveremos a cero. No digo esto porque quiera que suceda, sino porque no quiero que suceda.
Es irónico pero el hecho de que el presidente inconstitucional Daniel Ortega tenga un arreglo con el presidente Hugo Chávez, de Venezuela, que le permite usar cientos de millones de dólares a su antojo, sumado a los buenos precios de nuestros productos de exportación y a que este régimen ha entendido que la economía del libre mercado es la que —con sus cíclicos altos y bajos— funciona mejor, ha puesto a muchos nicaragüenses un espejismo ante sus ojos. Pero no es cierto que estamos saliendo de la pobreza. La cruda realidad está envuelta en papel celofán, se puede ver bonito pero la sucia, maloliente, putrefacta realidad está debajo del papelillo.
Lo que está bien tiene su peso. Pero tiene mucho más peso lo que está mal.
¿Cómo puede ser positivo que la justicia sea instrumento de una sola persona. Que no se respete el debido proceso y que la libertad o el encarcelamiento de alguien dependa de la voluntad de un individuo, como sucedió en el caso de los taxistas?
O que a cualquiera se le ocurra invadir una propiedad y hasta ahí llegó el derecho del dueño porque no habrá autoridad que ponga el orden, a menos que esa propiedad sea de un allegado al régimen.
¿Cómo puede ser posible que ya casi estemos aceptando que las elecciones son un proceso oscuro y caprichoso en el que el Inconstitucional y sus empleados asignan cargos y donde el ciudadano ya no siente confianza en que su voto se cuente bien?
¿Cómo es posible que ni chistemos ante la aniquilación de la autonomía municipal y que la representatividad se haya vuelto un chiste con esa multitud de concejales que habrá que elegir en noviembre? ¿O que aceptemos que los que tuvieron la mala suerte de trabajar para el Estado en otros gobiernos ahora anden como alma en pena buscando la indemnización a la que tienen derecho y que no les han dado desde hace seis años?
¿Vale la pena voltear el rostro a todo esto y a todo lo demás que está pasando porque la economía va bien? No creo.
Y hasta eso de que la economía va bien es discutible. Hay lugares donde las cifras macroeconómicas no hacen mella, como es el caso de Santa Rosa del Peñón.
Ahí el joven Carlos Omar Luna Castillo lo dijo bien claro: “Ellos dan zinc, pero la gente se está yendo a Costa Rica, la semana pasada se fueron diez personas, el zinc no da respuestas, no hay empleos, las cosechas se están perdiendo”.
Hasta allá no llegan las cifra bonitas del Banco Central.
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