De cañero a pequeño empresario
Wendy Álvarez Hidalgo
La guerra de los ochenta estaba en pleno apogeo. Era finales de 1986. Llegó a orillas de la playa y pensó: “En el mar está mi vida”. Fue así como Donald Bermúdez Baltodano decidió dejar los cortes de caña en los ingenios azucareros para trasladarse a vivir a Casares, a escasos metros del mar. Eso ya hace 25 años.
El trabajo en los cañaverales era duro, recuerda. Allí laboraba desde 1960. Cortaba caña y limpiaba los campos y en el proceso del producto. No terminó la escuela, llegó hasta cuarto grado de primaria. Su hermano lo animó para que dejara los cortes y se dedicara a la pesca. Solo tenían un bote para faenar. Con la extinta Empresa Nicaragüense de Productos del Mar y Lagos (Endimar) lograron conseguir financiamiento que pronto se esfumaría con la desaparición de esta entidad.
Fue entonces cuando Donald y su hermano decidieron asociarse a una cooperativa de pescadores, porque habían escuchado sobre una “tal Fundeser. Decían que era un banquito que nos podía ayudar”. Necesitaban dinero para comprar instrumentos de pesca (anzuelos, mallas, línea de captura) y un motor para una lancha que habían adquirido años atrás.
Fue así como este pescador de piel tostada por el sol conoció a la Fundación para el Desarrollo Socioeconómico Rural (Fundeser) hace 12 años. Su primer microcrédito fue de 1,800 córdobas.
“Me he quedado con ellos porque consigo con mucha facilidad que me hagan otros préstamos. Nunca les he quedado mal. Siempre que solicito el préstamo a los tres o cuatro días me lo están dando”, asegura Donald, padre de tres hijos, quienes también decidieron no ir a la escuela, algo que no quiere que se repita con sus nietos.
[/doap_box]
CREE EN LA PUNTUALIDAD
La pesca también tiene su riesgo. Es cierto, admite, que el producto está disponible en el mar, pero a veces este es caprichoso. O al menos lo son los animales (peces y langostas) que huyen de sus captores a las profundidades ocasionando pérdidas para el pescador.
Donald lo ha vivido. A veces con sus dos lanchas, que ha logrado comprar con préstamos que ha recibido de Fundeser, se adentra 70 kilómetros de la costa. Se enrumba a la zona de pesca a las 4:00 de la madrugada y vuelve a su casa con pérdidas, es decir con cero ganancias. Ni para cubrir el costo de la logística (combustible y carnada) le da, afirma.
Pese a eso, Donald dice que procura todos los días ahorrar parte de la cuota mensual que paga por un préstamo. Y cuando le va mal en el día, sale a pescar con sus hijos por la noche y vuele al día siguiente a su casa. No descansa hasta reunir el pago del préstamo.
Es difícil permanecer en la noche y madrugada en alta mar. El frío es crudo y la humedad sofocante. “Cuando hay mucho viento y estás desvelándote te da mucho mareo y a veces se duerme mal en la barca”, asegura, aunque insiste en que pese a esas adversidades propias de la pesca a él no se le quita las ganas de conseguir suficiente producto para suplir el pago de su crédito.
Esto le ha permitido a este pescador ganar la confianza de su prestador. Es fiel creedor de que “uno debe pagar lo que debe”. Eso aprendió de sus padres. Inició con un préstamo de 1,800 córdobas y ahora logra desembolsos de hasta 1,800 dólares. “Pago adelantado si es posible”, comenta mientra ve los frutos de su puntualidad: dos lanchas y pronto comprará el motor para su tercera embarcación. Además ha podido construir su casa y está apoyando a sus nietos para que se preparen.
QUIERE OTRA REALIDAD PARA SUS NIETOS
Y aunque disfruta del trabajo en el mar, dice que prefiere que los hijos de sus hijos lleguen a coronar una carrera profesional. Y pretende que lo hagan con las ganancias que obtiene del trabajo diario. Hoy sus nietos están cursando la secundaria.
Donald dice que quiere que sus nietos no pasen por los peligros que han vivido él y sus hijos. Recuerda que una vez, hace 13 años, uno de sus vástagos escapó de la muerte por un segundo. Estando mar adentro, se formó un tornado que hundió la barca y a sus ocupantes. “Fue angustiante, uno de mis hijos casi muere”, cuenta con voz temblorosa y como si hubiese ocurrido ayer. Prefiere no seguir recordando ese triste episodio.
Es por eso que la idea de formar a futuro una pequeña empresa acopiadora de mariscos no escapa de su mente. Quiere que sus nietos la hereden. Por ahora esto último es un sueño, admite. “Si Dios quiere y tengo un golpe de suerte, creo que voy a poder formar la empresita que quiero para mis nietos”, agrega.
Donald asegura que nunca ha buscado financiamiento en una entidad bancaria porque considera que jamás esas instituciones le aceptarán como garantía sus dos lanchas, algo que sí avalan las microfinancieras.
En una faena, Donald y sus tres hijos pueden capturar hasta mil libras de pargo. Por ahora no lleva registros de las operaciones financieras de su trabajo, solo pesca y vende su producto a acopiadoras que luego lo exportan.
Ver en la versión impresa las páginas: 6 C