Querida Nicaragua: Hay en nuestro país una serie de situaciones que solamente pueden calificarse como desgracias. Son hechos que todos conocemos y que, lamentablemente, se están volviendo rutinarios. Todos comentamos y protestamos por la cantidad de funcionarios ilegales que forman parte de los poderes del Estado, sin que al señor que manda en el ejecutivo se le ocurra legalizar la situación de todos ellos pudiendo hacerlo con la aplanadora de diputados de que dispone en la Asamblea Nacional.
Esta actitud del mandamás no solo es un flagrante irrespeto a la ley, sino que una burla grotesca para todo el pueblo, tanto para los que no votaron como para los que votaron por él. Él no respeta ni siquiera a sus correligionarios. Esto es una desgracia.
Y junto a esta hay otra serie de desgracias que todos estamos viendo y que constituyen abusos constantes como las alzas semanales en el combustible y las millonarias exoneraciones para los grupos financieros del Alba, amparados bajo el sueño de la supuesta refinería promocionada como el supremo sueño de Bolívar.
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Desgracia es que un pobre reciba unas cuantas láminas de zinc y luego diga que don Daniel y doña Rosario son los únicos que se preocupan por los pobres, mientras centenares de ancianos gritan por sus pensiones frente al Seguro Social y frente a la propia casa de don Daniel en busca de solución a su miseria.
Otra desgracia es tener un Consejo Electoral al que da pena llamarle “supremo”, organismo especialista en trampas, negociante de cédulas de identidad, a alguno de cuyos miembros se le ha descubierto y está siendo procesado por su vinculación con el caso Fariñas, o sea el narcotráfico internacional. Y sin el menor rubor, el presidente del tal Consejo aparece en los medios recibiendo y autorizando solicitudes de partiduchos resucitados por obra y gracia del orteguismo.
Pero hay una desgracia peor que todas: el desprecio por la educación. Hemos visto cómo transportan en autobuses en horas de clases a centenares de jóvenes. Van hacia un estadio portátil con hermosas galerías, improvisado por el Gobierno para que los muchachos vean el partido de futbol entre el Barsa y el Real Madrid. No importa que pierdan clases, al parecer era más importante el juego de futbol. Y claro, cuando uno es estudiante y le dan asueto lo acepta alegrísimo, pero que los muchachos reciban cuarenta o cincuenta días de clase al año es una monumental desgracia para Nicaragua. Si nuestra educación sigue así, ni en setenta ni en cien años saldremos adelante.
En medio de estas desgracias pudimos ver una chispa de esperanza. Vimos grupos de jóvenes entusiastas, alegres, sonrientes, llevando en sus manos unas alcancías en forma de pequeñas casitas. Ellos estaban en todos los semáforos solicitando ayuda para un programa social que ellos mismos ejecutan y que se llama “una vivienda para mi país”. Todo el que pasaba les daba un billete, una moneda, una contribución pequeña o mediana porque era emocionante ver la entrega de esos muchachos. Nada de política, ninguna bandera partidaria, pura y simple solidaridad con la gente de los asentamientos pobres. Los mismos muchachos van y les hacen su casita. Eso nos llena de esperanza. No todo está perdido.
El autor es director general de Radio Corporación.
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