Se conoce que Cócalo fue uno de los reyes de Camico, en Sicilia, la gran isla italiana que fuera colonizada primero por los antiguos fenicios y después por los griegos.
No hay mucha literatura sobre Cócalo, a pesar de que desempeñó un papel relevante en la muerte del Minos, el legendario rey de Creta que hizo construir el famoso Laberinto donde se encontraba el Minotauro, monstruoso ser que era mitad hombre y mitad toro.
Cuando Minos se apoderó del trono de Creta, le rogó a Poseidón, dios de los mares, que le diera un toro divino para sacrificarlo en su honor. Accedió Poseidón al pedido de Minos e hizo emerger de las aguas del mar un toro grande y majestuoso. Tan hermoso era aquel animal que Minos decidió conservarlo y sacrificó en su lugar un toro común y corriente.
Pero nadie podía burlarse impunemente de los dioses, ni siquiera un hijo de Zeus como era Minos. Quien se burlaba de los dioses recibía su merecido castigo. De manera que Poseidón hizo que Pasifae, la esposa de Minos, sintiera un anormal e irresistible deseo de ser poseída sexualmente por el toro que había salido de las aguas del mar. Satisfico Pasifae su aberrada pasión pero quedó embarazada del toro y dio a luz al monstruoso Minotauro.
Minos encerró al Minotauro en un intrincado e inexpugnable laberinto que fue construido por el genial arquitecto Dédalo. Y cuando Teseo, el mítico rey de Atenas, mató al Minotauro y logró salir del laberinto gracias al hilo que le dio Ariadna, la hija de Minos, este culpó a Dédalo y lo encerró junto con su hijo Ícaro dentro del laberinto.
Dédalo logró escapar del cautiverio, volando, gracias a unas maravillosas alas de cera que hizo para él y su hijo. Ícaro murió al caer al mar desde gran altura, pues al volar muy alto pretendiendo acercarse al Sol, se le derritieron las alas. Dédalo siguió su huida y llegó hasta Sicilia, decidiendo refugiarse en Camico. Allí, gracias a su extraordinaria habilidad para resolver los problemas más complicados, el rey Cócalo lo nombró su consejero personal.
Pero Minos perseguía a Dédalo por todas partes, hasta que llegó un día a Camico donde su instinto le dijo que podría estar Dédalo. Minos puso en práctica la estratagema que había ideado para descubrir a Dédalo por muy bien que se hubiera disfrazado. Ofreció a Cócalo un tesoro si lograba pasar un hilo por dentro de una concha de caracol. Cócalo pidió ayuda a Dédalo, quien ató un hilo a una hormiga, la introdujo en la concha y el animalito salió fácilmente por el otro lado.
Sabiendo Minos que solo Dédalo era capaz de una astucia como esa, le exigió a Cócalo que le entregara al fugitivo. De rey a rey, Cócalo no podía negarse a la exigencia de Minos. Pero antes de entregar a Dédalo invitó a Minos para que antes tomara un baño con sus hijas. Aceptó Minos encantado la invitación porque las hijas de Cócalo eran muy hermosas, pero cuando estaba recibiendo el chorro del baño las muchachas vertieron agua hirviendo por los conductos y murió de manera espantosa.
Como había sido hijo de Zeus y mientras reinó se distinguió por su sabiduría y sentido de justicia, Minos fue nombrado por los dioses como uno de los tres magistrados del infierno. Los otros dos eran sus hermanos, Eaco y Radamante; el primero juzgaba las almas que llegaban del Oriente, el segundo las que provenían de Occidente. Y Minos tenía siempre el voto que decidía qué almas debían ir a recibir el castigo sempiterno en el Tártaro y cuáles la eterna felicidad en los Campos Elíseos.
Persiguiendo a Dédalo, Minos llegó a Camico, en Sicilia, donde reinaba Cócalo. Este lo invitó a tomar un baño con sus hijas y aceptó Minos porque las muchachas eran muy hermosas. Pero cuando Minos estaba recibiendo el chorro del baño sobre su cuerpo, las hijas de Cócalo vertieron agua hirviendo por los conductos y murió de la manera más espantosa.
Ver en la versión impresa las páginas: 10 A